CAPÍTULO 3 — El cable de Bruselas #5
—Mathieu —respondió ella de inmediato. Al otro lado de la línea se escuchaba el murmullo de papeles sobre una mesa de madera y el eco de una puerta cerrándose en el juzgado de Bergara—.
He recibido la confirmación electrónica de Eurojust hace diez minutos.
Bernard Marchand ha firmado la comisión de servicio.
—Marchand no tenía otra salida —dijo Mathieu, mirando hacia la pista de rodaje donde un avión de transporte regional encendía sus turbinas bajo la lluvia—.
La OLAF ya no puede desentenderse de lo que está ocurriendo en el Deba.
Tengo en mi poder la trazabilidad completa de los pagarés en Euroclear, Ainara.
La maniobra de Atalante Capital es mucho más peligrosa de lo que sospechábamos esta mañana.
Mathieu le resumió con precisión matemática los hallazgos de la sala de análisis: los ciento ochenta millones de deuda acumulada con un sesenta por ciento de descuento, la inyección de cuarenta y cinco millones de Sorokin desde Dubái a través de Horizon Trust , y la activación inminente de las cláusulas de cross-default el próximo martes para instar el concurso de acreedores necesario y la subasta de la patente de wolframio.
Al otro lado de la línea, la respiración de Ainara se acompasó con la gravedad de los datos.
—Eso encaja punto por punto con lo que acabamos de certificar en el juzgado de Bergara, Mathieu —explicó la fiscal con voz firme—.
El informe toxicológico y de residuos térmicos del Instituto Vasco de Medicina Legal acaba de dar positivo en clorato potásico y dióxido de manganeso.
Beloki no murió por un fallo técnico del crisol; fue golpeado en la nuca con una barra de desescoriado en el muelle de carga, aturdido y arrojado a la cuba con una carga incendiaria de alta entalpía para alcanzar mil seiscientos grados en vacío y desintegrar su ADN.
He firmado una orden de detención contra Imanol Zubizarreta, el director de compras de la cooperativa, y un mandamiento a la CNMV para suspender la liquidación de los pagarés en el MARF.
—Zubizarreta es solo el eslabón débil de la cadena en el valle, Ainara —advirtió Mathieu, mientras la megafonía de la sala de embarque anunciaba en francés y flamenco la llamada para el vuelo con destino a la cornisa cantábrica—.
La cabeza de la hidra está en la villa de Biarritz con Sylvain Deschamps y en las cuentas de Dubái.
Deschamps sabe que si la cooperativa no entra en insolvencia antes del martes, sus patrocinadores rusos no le perdonarán el fracaso de los setenta millones invertidos.
Esta gente no va a detenerse ante una suspensión cautelar de la CNMV; van a intentar destruir las pruebas que Beloki dejó ocultas antes de que podamos asegurarlas judicialmente.
—Beloki escondió los cuadernos de la patente y los protocolos cristalográficos de la aleación en los laboratorios históricos del Real Seminario de Bergara —dijo Ainara—.
La portavoz del Consejo Social, Amets Ibarra, me ha confirmado que Xabier no confiaba en los servidores centrales de la factoría.
Si Deschamps sabe que la patente está allí, intentarán asaltar el archivo esta misma noche.
Mathieu se puso de pie, se colgó al hombro la cartera de cuero con el ordenador portátil y la documentación sellada de Eurojust, y se ajustó el cuello de su abrigo de paño oscuro.
—No te muevas sola por el valle, Ainara. Mantén a Gorka Atxaga y a la escolta de la Ertzaintza pegados a ti en todo momento.
Se produjo una breve pausa en la línea. Cuando Ainara volvió a hablar, su voz había perdido la rigidez del atestado judicial para dejar aflorar esa calidez profunda y contenida que solo compartía con él:
— Lasai, Mathieu . Gorka no se separa de mi lado ni para tomar café. ¿A qué hora aterriza tu vuelo?
Mathieu consultó la pantalla de información de salidas sobre la puerta A42.
—Salimos en quince minutos. El turbopropulsor entrará por el corredor del Cantábrico hacia las ocho y media de la noche. Recogeré un vehículo de enlace camuflado en el aeropuerto de Hondarribia y tomaré la autopista del Deba hacia Arrasate. Estaré en el valle antes de las diez.
—Nos vemos mañana a las ocho en el campus de Mondragon Unibertsitatea, en Loramendi —coordinó Ainara con rapidez—.
He convocado a un catedrático emérito de derecho mercantil cooperativo para analizar cómo blindar las patentes frente a la ejecución concursal del MARF, y Amets Ibarra nos abrirá los talleres mecánicos para cotejar los ensayos de fatiga de la aleación.
—Allí estaré, Ainara —respondió Mathieu, bajando la voz mientras avanzaba hacia el mostrador de control de tarjetas de embarque—. Prends soin de toi . No bajes la guardia ni un solo segundo.
— Zaindu zaitez, Mathieu . Te espero aquí.
Mathieu cortó la comunicación, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y entregó su pase de embarque y su acreditación diplomática al personal de tierra de la aerolínea.
Al cruzar la pasarela telescópica de cristal, el olor a queroseno quemado, humedad fría y ozono industrial lo golpeó de lleno en el rostro, arrancándolo de la asepsia burocrática de Bruselas para devolverlo a la realidad física de la batalla.
El interior de la cabina del avión bimotor olía a tapicería limpia y plástico presurizado. Mathieu ocupó un asiento de ventanilla en la fila cuatro, estibó su cartera bajo el asiento delantero y abrochó el cinturón de seguridad.
A través del óculo de metacrilato doble, contempló cómo las luces de balizamiento del aeropuerto de Zaventem se difuminaban bajo el aguacero incesante.
El avión inició el retroceso desde la terminal, viró sobre la calle de rodaje y encaró la cabecera de la pista veinticinco derecha.
Los dos motores turbohélice aumentaron de revoluciones con un rugido metálico y potente que hizo vibrar los paneles del fuselaje, acelerando a lo largo del asfalto brillante hasta despegarse del suelo con una sacudida firme.
El aparato ascendió cortando la primera capa de nubes plomizas, dejando atrás los tejados mojados de Bruselas, las torres de cristal del barrio europeo y los despachos alfombrados donde los hombres de traje negociaban la soberanía de los pueblos sobre carpetas de papel timbrado.
Mathieu apoyó la frente en el cristal frío y miró hacia el sur, hacia la masa oscura de los Pirineos que se alzaba en la noche como una muralla de piedra entre el centro del continente y su propia tierra natal.
Ahora lo comprendía con una lucidez implacable: el asesinato de Xabier Beloki en el horno de Eskoriatza nunca había sido un conflicto laboral comarcal ni una disputa mercantil fortuita entre socios desavenidos.
Aquel crimen era el detonante calculado de una ofensiva geopolítica encubierta sobre la industria estratégica europea, una operación diseñada en las sombras para liquidar la soberanía productiva de un pueblo, quebrar el Concierto Económico foral y arrebatar la patente del wolframio en beneficio de los mismos oligarcas que ya habían dejado un rastro de cenizas en Zeebrugge y Bilbao.
El avión se inclinó suavemente hacia el suroeste, buscando la ruta de la costa atlántica hacia el golfo de Bizkaia. Mathieu cerró los puños sobre las rodillas en la penumbra de la cabina: la diplomacia de Bruselas había terminado su turno, y el fuego del Deba lo estaba esperando.