CAPÍTULO 1 — El crisol frío #6
—En Eskoriatza. En la planta de fundición pesada de Fagor Ederlan —explicó Ainara, mirando hacia las chimeneas apagadas—.
Acabamos de levantar el cadáver de Xabier Beloki del interior de un horno de inducción electromagnético.
Lo asesinaron a las dos de la madrugada con un golpe contundente en la nuca y puentearon el autómata de seguridad para fundirlo en vacío.
En su maletín hemos encontrado una tabla de emisiones de pagarés en el MARF con vencimiento en siete días por valor de más de ciento cuarenta millones de euros.
Los títulos están en manos de una sociedad pantalla luxemburguesa llamada Vandamme Metals S.A. , controlada por Atalante Capital .
Un suspiro áspero y prolongado resonó en el auricular.
— Mon Dieu ... —masculló Mathieu en un susurro cargado de impotencia y furia contenida—.
Llegas diez minutos tarde para darme la sorpresa, Ainara.
Hace exactamente media hora que el sistema SIENA del Centro Europeo de Delitos Financieros de Europol en La Haya me ha saltado con una alerta roja de inteligencia sobre esa misma mercantil.
Ainara levantó la mirada hacia las crestas grises de Udalatx.
—¿Qué tiene Europol sobre Vandamme, Mathieu?
—Flujos masivos de capital de alto riesgo procedentes de los Emiratos Árabes —respondió Mathieu con voz rápida y cortante—.
Entre el jueves y el viernes de la semana pasada, dos cuentas nodriza de Horizon Trust en Dubái transfirieron sesenta y cinco millones de euros a través del Banco Nacional de Chipre hacia las cuentas fiduciarias de Atalante y Vandamme en Luxemburgo.
El dinero de Viktor Sorokin, Ainara. El mismo operador financiero que financió la red de blanqueo de Bilbao y ordenó el atentado contra Isabelle en Zeebrugge.
Está utilizando a Sylvain Deschamps en Biarritz para ejecutar una compra depredadora sobre toda la deuda secundaria de los proveedores siderúrgicos del Alto Deba.
Quieren forzar el vencimiento anticipado de la deuda para quedarse con la cooperativa en pública subasta judicial.
El viento sopló con violencia desde el río, arrastrando una cortina de agua helada que azotó la marquesina de hormigón. Ainara apretó el auricular contra el oído con los nudillos blancos por la fuerza de la presión.
—No es solo una operación de deuda, Mathieu —dijo Ainara, mientras sus ojos se clavaban en el informe de no conformidad que guardaba en su carpeta—.
Beloki descubrió que Vandamme estaba suministrando chatarra contaminada con fósforo para sabotear las piezas de automoción y provocar accidentes en carretera que justificaran la quiebra técnica por demandas de garantía.
Y hay algo más: en los registros del Consejo Rector figura que Beloki custodiaba en el Real Seminario de Bergara las actas y prototipos de una patente internacional de aleaciones ligeras de wolframio para turbinas de hidrógeno que las multinacionales aeroespaciales de Alemania y Francia llevan meses codiciando.
—La patente de wolframio... —repitió Mathieu, y Ainara pudo percibir la aceleración de su respiración—.
Eso explicaría por qué la inteligencia exterior alemana lleva dos semanas presionando a la Comisión Europea para que declare las cooperativas vascas como entidades vulnerables fuera del marco regulatorio comunitario.
Si quiebran Mondragón, no solo destruyen la mayor cooperativa industrial del mundo; desmantelan la base fiscal que sostiene el Concierto Económico foral. Buscan la rendición económica del país.
—No voy a permitir que destruyan este valle, Mathieu —dijo Ainara con una determinación que no admitía réplica—.
Mi padre vio cómo le arrebataban su taller de mecanizado con pagarés basura en el noventa y cuatro, y nadie movió un dedo en los tribunales para salvar a su familia. Esta vez no se van a salir con la suya.
—No estás sola, Ainara —la voz de Mathieu sonó nítida, cálida y absoluta a través de la distancia—.
Voy a entrar ahora mismo en el despacho del Director General de la OLAF para exigir la activación inmediata de la comisión de enlace de Eurojust en Donostia.
Si Bernard Marchand se niega a firmar la orden de desplazamiento urgente, dimito de la oficina comunitaria esta misma mañana y tomo el primer avión comercial con destino a Hondarribia como ciudadano privado.
Ainara sonrió en la penumbra del muelle bajo la lluvia, sintiendo el calor reconfortante de esa lealtad incondicional que los unía desde los tiroteos de la muga.
—No dimitas todavía, inspector —susurró ella con suavidad—. Necesitamos tus credenciales europeas para entrar en los servidores luxemburgueses de Deschamps. Te veo en el valle antes del mediodía.
— Prends soin de toi, maitea —dijo Mathieu antes de cortar la comunicación—. Mantén a Gorka Atxaga a tu lado en todo momento. Esta gente no juega a la política; juega a matar.
Ainara guardó el teléfono satelital en el bolsillo de su anorak, se ajustó la capucha impermeable y caminó a paso firme sobre el asfalto mojado hacia su vehículo.
El rugido del río Deba resonaba contra las paredes de la fundición como el presagio de una tormenta que acababa de desatarse sobre las entrañas del hierro vasco.