CAPÍTULO 1 — El crisol frío #5
Ainara guardó los documentos en una carpeta estéril precintada con el sello de la Fiscalía y miró a través del ventanal hacia la nave inferior.
Las cuadrillas de operarios continuaban inmóviles alrededor del horno apagado, como un ejército obrero que aguardaba en silencio el inicio de una batalla decisiva para la que nadie los había preparado.
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El aire exterior en la explanada de carga de la planta de Eskoriatza cayó sobre el rostro de Ainara como una bofetada de hielo purificador.
Eran casi las siete de la mañana. El alba invernal despuntaba apenas como una franja cenicienta y lívida sobre las cumbres afiladas del monte Udalatx, recortando los riscos calizos contra un cielo plomizo del que seguía cayendo ese sirimiri tenaz y helado característico de las cuencas altas de Gipuzkoa.
El viento del noroeste canalizaba la humedad del desfiladero, haciendo oscilar los cables de alta tensión sobre las torres de transporte de la subestación eléctrica.
Junto a la rampa de expedición de mercancías, el furgón isotérmico judicial del Instituto Vasco de Medicina Legal cerró sus compuertas metálicas con un chasquido hermético.
En su interior viajaban las cajas de aluminio selladas que custodiaban los fragmentos óseos calcinados de Xabier Beloki, la chapa de acero inoxidable con el número mil cuatrocientos ocho y las muestras de ceniza para su análisis toxicológico y de absorción atómica en los laboratorios de Basurto en Bilbao.
El vehículo judicial inició la marcha con lentitud, haciendo crujir la grava empapada bajo sus neumáticos, y se incorporó a la carretera comarcal perdiéndose entre la bruma del valle.
Ainara permaneció de pie junto al guardarraíl metálico del muelle, con las manos hundidas en los bolsillos del anorak impermeable.
A pocos metros, el río Deba bajaba enfurecido por las lluvias torrenciales de la noche, arrastrando ramas quebradas, espuma pardusca y piedras sueltas que golpeaban con violencia sorda contra los pilares de hormigón del puente de acceso.
El rumor incesante del caudal encajonado entre las peñas sonaba como un rugido mineral que llenaba toda la vaguada.
Ainara extrajo la mano izquierda del bolsillo y miró la esfera de su reloj Certina DS.
La aguja minutera de acero inoxidable avanzaba implacable sobre las siete y doce minutos.
Al acariciar con el pulgar la muesca lateral que el torno de su padre había dejado en la caja metálica en los años setenta, sintió una punzada física en el centro del pecho: la memoria viva de aquel taller de mecanizados de precisión en Durango que en 1994 fue devorado por una cascada de pagarés falsificados emitidos por una constructora bilbaína, una estafa impune que arrastró a su padre Josu a la quiebra y al suicidio en el desván del caserío familiar.
Aquel despojo nunca llegó a juicio; los tribunales mercantiles despacharon la ejecución hipotecaria en tres semanas, y los acreedores buitres se quedaron con los tornos y las fresadoras por el valor de la chatarra.
El mecanismo de destrucción era idéntico.
Treinta años después, los mismos depredadores financieros habían perfeccionado sus herramientas: ya no necesitaban cheques sin fondos ni pagarés de ventanilla; ahora utilizaban emisiones sindicadas en mercados alternativos de renta fija, sociedades instrumentales en Luxemburgo y partidas de chatarra contaminada para asfixiar a una comunidad entera desde las sombras.
Ainara sacó de su bolsillo interior el teléfono satelital seguro, provisto de tarjeta SIM criptográfica del Ministerio de Justicia, y marcó la extensión directa de nueve cifras correspondiente al despacho de la Unidad de Fraude Financiero de la OLAF en la capital comunitaria.
La llamada cruzó los repetidores de enlace transfronterizos y fue atendida al segundo tono.
—Etcheverry —respondió la voz masculina al otro lado, con ese timbre grave, pausado y ligeramente carrasposo que Ainara conocía tan bien. De fondo se escuchaba el tecleo rápido de un teclado de ordenador y el zumbido lejano del tráfico matinal en la Rue Joseph II de Bruselas.
Al escuchar su acento labortano, Ainara sintió cómo la tensión acumulada durante las últimas tres horas en la fundición se disolvía por un instante en un remanso de calidez íntima.
—Mathieu —dijo con voz contenida, apoyando la frente en el cristal húmedo de la cabina de expedición—. Soy Ainara. El fuego del que nos advirtió Arostegui ha saltado al Deba.
Se produjo una pausa al otro lado de la línea. Mathieu dejó de teclear de inmediato. El silencio denso que transmitió el auricular demostró que el investigador de la OLAF comprendía al instante la gravedad del aviso.
—¿Dónde estás exactamente? —preguntó él, y su tono perdió de golpe la frialdad burocrática para adoptar esa inflexión protectora, tensa y cercana que solo reservaba para ella.