La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

Evie

Sostengo mi taza de café humeante, incapaz de mirar a Adam a los ojos.

Está sentado frente a mí en la mesa de la cocina.

Llevo puesto el lujoso albornoz de felpa que me prestó después del diluvio.

Las iniciales AD están bordadas en el bolsillo del pecho, con el cinturón ceñido a la cintura.

El aroma de Adam me envuelve por completo. Puede que no vuelva a vestirme nunca.

Cuando apareció junto a la piscina y se quitó la camiseta, dejando al descubierto unos músculos esculpidos, no pude ocultar mi asombro. Luego, cuando se zambulló con elegancia en la piscina, la sorpresa se transformó rápidamente en emoción.

Al verlo nadar hacia mí, con sus brazadas potentes acortando la distancia entre nosotros, supe que iba a besarme. Y entonces, cuando sus labios estaban justo ahí...

—Evie, ¿estás bien?

Parpadeo para apartar el recuerdo sensual y doy un sorbo a mi café mientras recupero la voz.

—Esa tormenta fue una locura. Apareció de la nada. El cielo estaba azul, con apenas unas nubes. Y de repente, ¡bam!

Aunque intento sonar ligera y despreocupada, no paro de parlotear. Estoy hecha un manojo de nervios.

Adam se ríe y le sostengo la mirada. Parece distinto. ¿Avergonzado, quizá?

¿Me lo habré imaginado todo? A lo mejor solo estaba jugando. Dios, casi lo beso.

Me reprendo por volver a dudar de mis instintos, por dejar que la inseguridad y las dudas me invadan.

Adam se acerca al gran ventanal y mira hacia fuera. Me da la espalda.

—El tiempo puede cambiar así por aquí. En junio, estaba de excursión por el parque y me pilló una granizada de diez minutos. El clima aquí cambia constantemente. Muy diferente de las costas.

Hace una pausa y se vuelve hacia mí con expresión seria.

—Sobre lo de antes... en la piscina...

Noto cómo el calor me sube a la cara. Y entonces suena mi teléfono. Bill el Toro.

Me muero por saber qué quiere decirme Adam. O al menos eso creo. Pero algo pasa en la oficina.

—Es mi jefe —digo—. Tengo que contestar.

—Por supuesto —dice Adam. Coge una manzana de la mesa y le da un mordisco. Parece nervioso.

Me disculpo y paso al salón. Gruesas gotas de lluvia rebotan en la superficie de la piscina y en el cemento, formando charcos por todas partes.

—Hola, Bill. Perdona que no te cogiera ayer. Se me quedó el móvil sin batería.

—Ya veo.

Su tono es cortante. Me lo imagino sentado tras su escritorio, con el pelo engominado hacia atrás, aplastado a base de fijador.

—¿Qué pasa? Nunca llamas en fin de semana.

—¿Qué tal las vacaciones?

Saltan todas las alarmas en mi cabeza. Bill el Toro nunca pregunta qué tal me va. El viento arrecia; la lluvia golpea la puerta de cristal y las gotas resbalan por el vidrio como lágrimas espesas.

—¿Qué pasa, Bill? —repito.

—Jerry me llamó el viernes a última hora. No quería arruinarte las vacaciones.

Jerry es el director ejecutivo del bufete y el suegro de Bill. No tengo ni idea de qué puede ser.

—Por favor, suéltalo ya. Me estás asustando.

—¿Te acuerdas de cuando vinieron los abogados de Becker y Stone hace un par de meses?

Rebusco en mi mente embotada hasta dar con el recuerdo.

El bufete rival había intentado antes una OPA hostil sobre Stilton y Everett, pero luego cambió de táctica y propuso una fusión.

Jerry se había mostrado receloso, y sospeché que el trato no pasó de la primera reunión.

Sobre todo porque no había vuelto a oír nada al respecto.

—Sí, ¿qué pasa con eso? ¿Llegaron a un acuerdo?

—Sí, sí, lo cerramos.

Algo en su forma de hablar me hace desconfiar. ¿Bill va a tomar el relevo de Jerry? Dios, espero que no. Sin la supervisión de Jerry, hundirá el bufete.

—El trato se ha mantenido en secreto. Quería avisarte con más tiempo, pero...

Una punzada de terror me atraviesa.

—¡¿Qué ha pasado?! —me oigo gritar, y enseguida me controlo—. Bill, cuéntamelo todo... por favor.

Cuelgo y me acerco a la puerta del patio. El sol se asoma entre las nubes dispersas. Me ciño el albornoz con fuerza, salgo y me deshago en lágrimas.

Oigo abrirse la puerta del patio a mi espalda. No me vuelvo.

Adam guarda las distancias.

—Lo siento, Evie. No he podido evitar oír parte de tu conversación.

Debo de haber gritado mucho para que me oyera desde la cocina con semejante tormenta. Me invade una oleada de vergüenza al recordar las últimas palabras condescendientes de Bill: «Encontrarás algo más».

Tengo cincuenta años. Encontrar trabajo a estas alturas de mi carrera será casi imposible.

Me seco la cara y hablo en voz baja.

—Me acaban de despedir.

—Oh. —Y luego—: ¿Ha sido inesperado?

—Totalmente. Me ha pillado por sorpresa.

Al decir esas palabras, algo me reconcome. Bill tenía que saber que esto se avecinaba, pero no dijo ni una palabra. De hecho, el muy cabrón intentó hacerme sentir culpable por irme de vacaciones. Me hierve la sangre; la rabia es algo vivo que me late dentro.

Me vuelvo, invadida de pronto por una férrea determinación. Adam está frente a mí, mordiéndose el labio inferior.

Hablo más para mí misma que para él:

—Se lo he puesto demasiado fácil a mi jefe. No pienso rendirme sin luchar.

Es como si hubiera saltado un resorte. Me siento llena de energía.

—Tengo que volver a Nueva York. Cuanto antes. Lo siento muchísimo. Sé que me comprometí a ayudarte en la boda de tu hermana, pero esta llamada lo cambia todo.

Adam frunce el ceño, pero no discute. —¿Puedes contarme qué pasa?

—No hay tiempo —digo mientras paso junto a él a toda prisa—. Tengo que hacer las maletas. Pero te llamaré en cuanto resuelva esto y te pondré al día.

—Pero...

Me detengo en seco. ¿Qué estoy haciendo?

Me doy la vuelta y me siento fatal. Adam parece conmocionado. Me acerco a él y lo tomo de la mano. Dividida, hablo en voz baja. —Gracias por tu hospitalidad. Estos últimos días han sido increíbles. Encontraré otra forma de compensarte. Te lo prometo.

Me doy la vuelta y esta vez entro a toda prisa.