Capítulo Veintiséis
Evie
Me despierto en el sofá. Otra vez. Parpadeo ante el sol que se filtra por las persianas y decido que el sofá es mi nuevo novio.
Cálido y acogedor, me encanta. Me quedo mirando las modernas lámparas curvas del techo, preguntándome si Adam estaría dispuesto a desprenderse de este sofá tan increíblemente suave.
Está claro que estoy perdiendo la cabeza.
El último día y medio ha sido algo alucinante.
No solo por las emociones confusas, sino por tener que retener todos los datos que necesitaré para superar el escrutinio en la boda de Steph y Brad.
Aun así, si esto es El día de la marmota, donde cada día es una copia del anterior, estaré perfectamente. Lo he pasado genial.
La celebración del fin de semana empieza en tres días, y aparte de un puñado de datos memorizados y algún que otro hito de su vida, Adam sigue siendo un desconocido.
Por supuesto, lo contrario también es cierto.
Tengo setenta y dos horas para ponerme al día con treinta y siete años. O en su caso, cincuenta.
Cincuenta.
¿Cuándo demonios pasó eso? Ayer mismo, estaba recogiendo a mis pequeños del preescolar, oyéndolos parlotear sin parar desde el asiento trasero de nuestro monovolumen —desde máquinas del tiempo hasta Star Wars—, de camino a casa para prepararles la cena a ellos y a mi marido.
Ahora soy una divorciada con el nido vacío.
Si me detengo demasiado en ello, me llevará por un camino melancólico que no tengo intención de volver a recorrer.
Después de que Marco me dejara —de la forma abominable en que lo hizo— pensé que mi vida había terminado.
Pero mi fiesta de autocompasión duró poco.
Tenía dos hijos excepcionales a mi cargo.
Ahogarme en autocompasión era un lujo que no podía permitirme.
Por suerte, era mi salario el que había estado manteniendo a la familia, no el de Marco.
Con la ayuda de amigos y familiares, salí adelante.
Mentiría si dijera que no quedan cicatrices.
Las hay, sin duda, pero me enorgullezco de haber salido bastante entera del otro lado.
Salgo de la ensoñación y cojo el móvil. Las 7:23. Es temprano. Pero no demasiado en Nueva York. En lugar de enviar un mensaje, llamo a Caroline.
—¿Dónde demonios te habías metido? —grita Caroline, sin molestarse en saludar.
—Hola a ti también —digo. Ahora estoy completamente despierta—. Vale, lo siento. Se me quedó el móvil sin batería, y luego era demasiado tarde para llamarte.
Caroline suspira.
—Intenté localizarte como ochenta y siete veces. Pensé que a lo mejor te habías caído por un acantilado o algo así.
La ironía de sus palabras no se me escapa.
—Qué curioso que menciones caídas.
—¡Oh, no! ¿Estás herida? Enviaré a Paul a buscarte. La atención médica será mucho mejor aquí en Nueva York...
La interrumpo.
—Yo no. En realidad, nadie. Estoy bien. Te lo explico en un segundo. Primero, dime cómo te encuentras. ¿Cuándo te dan el alta?
—Calvin dice que probablemente será el lunes. Luego necesitaré fisioterapia dos veces por semana. Me recomendó a su colega de Park Avenue.
—¿Calvin? A ver si lo adivino. Es tu médico.
—Es un médico excepcional. Muy entregado.
Oigo la sonrisa en las palabras de Caroline.
—¿Ah, sí? ¿Qué más es?
—Para. Es mi médico. Eso es todo. Y no estamos hablando de mí. ¿Qué ha pasado por ahí? Estás completamente sola recorriendo las montañas. No sé en qué estaba pensando al insistir en que fueras sin mí —dice. Luego—: ¿Qué tal el resort?
—Estuvo genial.
—¿Estuvo?
—Eh, me estoy quedando en casa de un... amigo.
—No tienes ningún amigo cerca de Yosemite.
Podría discutírselo, pero Caroline conoce a todo el mundo en mi vida.
—Vale. Conocí a alguien.
Oigo movimiento, como si Caroline se estuviera incorporando.
—¿Estás teniendo una aventura? Me has dejado sin palabras.
—¡¿Qué?! ¡No! Adam es...
—Adam. Bonito nombre. Espera, Adam y Eva. ¡Es buenísimo! Vale, cuéntamelo todo y no te dejes ni un solo detalle.
Me recuesto contra el cojín del sofá, me envuelvo en la manta y le cuento a mi mejor amiga todo lo que ha pasado. Bajo la voz, esperando no haber despertado a Adam.
—Esa es una historia de locos. No puedo creer que vayas a ir a esa boda como su falsa prometida. Esto no es nada propio de ti.
Sé que no es un comentario crítico. Si acaso, Caroline lo aprueba.
—Es una locura. Pero, sinceramente, ¿a quién va a perjudicar esto? Ayudará a Adam, y así compenso por casi haberlo matado.
—Entiendo lo que quieres decir, Evie, pero ¿cómo te lo digo? —hace una pausa—. Mentir es un arte. Y tú eres una novata. Sin ánimo de ofender.
—No me ofendo.
—Entonces, su hermana...
—Steph.
—Eso. Trabaja para el FBI —lo dice Caroline con un toque de incredulidad.
Meto los dedos de los pies entre los cojines de terciopelo.
—Eso es lo que me han dicho.
—Si os pillan, probablemente no se lo tome muy bien.
Caroline tiene razón.
—No lo descubrirá.
—¿Cómo piensas explicar tu rápida desaparición de la vida de Adam en cuanto termine el fin de semana de la boda?
—Bueno... todavía no hemos resuelto ese detalle.
—Mmm.
—¿Qué?
—Estás jodida.
Me apunto mentalmente que tenemos que pensar en la explicación para después de la boda.
Quizá Adam dirá que nos dimos cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro.
No, demasiado vago. ¿O que nos precipitamos?
¿O que la diferencia de edad era insalvable?
Mmm, tal vez. Tenemos que resolver esto.
Aparto la manta y me levanto del sofá con desgana. Voy descalza hacia las ventanas del fondo. La piscina brilla a la luz del día y de su superficie se eleva el vapor. Me entran unas ganas enormes de tirarme.
—¿Caroline?
—¿Mmm?
—No es nada del otro mundo, pero Adam es más joven que yo.
—No pasa nada. Ahora está de moda.
—Trece años más joven.
—Vaya.
La voz de Caroline baja una octava.
Al otro lado del teléfono, oigo ruido de fondo.
—¿Hay alguien ahí, Caroline?
—La enfermera. Sigue, por favor.
Abro la puerta de atrás y salgo al aire fresco.
—Te llamo mañana.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí. Tengo algo que hacer.
Me despido de Caroline y me quito la ropa hasta quedarme en ropa interior. Me preparo, cuento hasta tres y salto a la parte honda de la piscina.