Capítulo Veintiuno
Evie
Abro los ojos, confundida. ¿Dónde estoy?
El salón diáfano se llena de luz matutina, que resalta los acabados lujosos y la decoración cuidadosamente seleccionada.
La casa de Adam.
La noche había sido la más divertida que había pasado en... no sé cuánto tiempo.
Adam y yo nos quedamos despiertos hasta tarde, compartiendo detalles de nuestras vidas: desde dónde habíamos crecido hasta qué solíamos desayunar.
A juzgar por dónde estoy, parece que me quedé dormida sin llegar a la habitación de invitados. Debí de quedarme dormida antes de que pudiera contarme sobre su vida amorosa. Qué lástima.
Me estiro, bostezo y me levanto del sofá, sonriendo ante mi extraño atuendo. La ropa de Adam.
Camino hacia las puertas de cristal y las abro deslizándolas. Con la luz del día, lo que anoche no pude ver bien ahora es perfectamente visible.
La casa está encaramada en lo alto de una loma.
Los rayos de sol se filtran a través de los árboles cubiertos de rocío reluciente, proyectando un cálido resplandor sobre el valle.
Descalza, salgo al exterior; el hormigón está frío bajo mis pies.
La piscina está rodeada de un jardín diseñado con esmero, con hierbas altas y coloridas aguileñas.
El aire es fresco y limpio, con un toque de pino y flores silvestres que trae la suave brisa.
Un panorama impresionante de picos escarpados y colinas ondulantes se extiende hasta donde alcanza la vista.
Es la mañana perfecta y me siento bendecida por estar viva para presenciarla.
Bendecida por haber llegado a los cincuenta.
—Buenos días —dice una voz ronca detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo a Adam, con el pelo adorablemente despeinado.
El corazón me da un vuelco y una sonrisa se dibuja en mis labios.
No puedo negar la atracción que siento hacia él, pero me recuerdo a mí misma que esto no es más que una forma divertida de pagar una deuda con un hombre al que casi maté.
Un hombre sexy como el demonio.
Lo saludo con la mano.
—Es precioso esto —digo.
Se acerca.
—Es mi lugar favorito del mundo.
Lo entiendo. En otra vida, viviría aquí y no me iría jamás.
Permanecemos el uno junto al otro en silencio, absortos en un mundo que despierta.
—¿Café? —pregunta Adam, rompiendo el silencio.
—Desde luego, pero antes debería asearme.
—Estás preciosa.
Sus ojos brillan al mirarme y noto que me sonrojo.
Adam es un enigma. Es audaz, pero no de la forma a la que estoy acostumbrada. No con esa agresividad despiadada de la gran ciudad. Más bien desprende una confianza relajada, con un toque de vulnerabilidad. Hay algo en Adam que resulta innegablemente encantador.
Todo eso me resulta increíblemente atractivo. Su mera presencia a mi lado es un elixir embriagador.
Carraspeo, intentando romper el hechizo en el que parezco atrapada.
—Perdona por haberme quedado dormida en tu sofá.
—No pasa nada. Estabas agotada. No quería despertarte.
Un perro ladra a lo lejos, lo que me da la oportunidad de recomponerme.
Adam dice:
—En el baño del pasillo tienes todo lo que necesites.
Me disculpo y voy a la habitación de invitados, donde me aseo y me pongo la ropa recién lavada. Encuentro a Adam en la cocina. La casa huele a café recién molido.
—Hola —digo.
—Hola a ti también.
Me pasa una taza humeante y señala la leche, el azúcar y los palitos de canela.
—Sírvete.
Meto un palito de canela en la taza y me siento frente a Adam en la isla de la cocina.
Se me ocurre algo.
—Si tenemos que fingir que estamos enamorados todo el fin de semana, no podemos salirnos del personaje ni un segundo.
Adam asiente.
—Esa es la idea. Mi hermana se nos echará encima si sospecha que algo va mal.
—Entonces, ¿cómo hacemos que funcione? ¿Tenemos que ir de la mano y mirarnos a los ojos todo el fin de semana?
Adam se ríe.
—Qué va. Solo tenemos que actuar como si estuviéramos a gusto el uno con el otro. Y quizá añadir algún que otro toque y algún beso.
Lo miro escéptica.
—¿Besos?
Adam sonríe.
—Venga ya, Evie. Será divertido.
Pongo los ojos en blanco, intentando quitarle hierro a toda esta locura, pero en el fondo no puedo negar el cosquilleo de emoción que siento en el estómago.
—Vale, lo intentaré.
—Gracias. Haré lo posible para que no sea una tortura.
Si está ofendido, lo disimula bien.
—¿Cuál es nuestra historia? —pregunto, enderezándome en el asiento—. ¿Cómo nos conocimos?
Adam da un sorbo al café antes de responder.
—Nos conocimos en una app de citas y congeniamos enseguida. Llevamos saliendo unos meses y nos prometimos hace tres semanas.
—Parece demasiado rápido.
—No cuando estás locamente enamorado.
Su expresión es tan sincera que empiezo a preguntarme si estudió interpretación. Asiento, intentando seguirle el juego.
—Cierto. ¿Y qué nos gusta el uno del otro?
Adam se inclina con aire de conspirador.
—Bueno, me gusta que seas inteligente y divertida, y que no te dejes pisotear por nadie. Y que seas independiente y guapa.
Noto que me sonrojo.
—Gracias. Y a mí me gusta que seas... alto. Y que tengas una casa bonita.
Adam se ríe.
—Bueno, me conformo con eso. Pero en serio, Evie, tengo suerte de tenerte como falsa prometida.
Le sonrío, con una calidez repentina en el pecho. Quizá esto no sea tan mala idea después de todo.
Adam frunce los labios.
—¿Y el anillo?
Abro los ojos como platos.
—¿El anillo? ¿Necesitamos un anillo?
Adam asiente.
—Nos vamos a casar, ¿no? Necesitamos un anillo.
Niego con la cabeza.
—No tengo anillo.
Adam se levanta de la silla y sale de la cocina. Vuelve con una cajita y la abre, dejando ver un precioso anillo con un diamante ovalado y delicados detalles de filigrana. La piedra centellea con la luz del sol que entra por las ventanas.
Me quedo boquiabierta.
—¿De dónde has sacado eso?
—Era de mi abuela —dice Adam—. ¿Puedo?
Antes de que pueda decir nada, Adam me desliza el anillo en el dedo. Como por arte de magia, encaja. Ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Perfecto.
—Es precioso —digo, consciente de que este fiasco se vuelve más extraño por momentos. Solo hace un día que nos conocemos. Un silencio incómodo se instala entre nosotros.
—Entonces, ¿qué más tenemos que planear? —pregunto, intentando cambiar de tema. El anillo me pesa como una roca en el dedo.
Adam respira hondo.
—Bueno, probablemente deberíamos decidir cómo nos comprometimos.
—De acuerdo.
Adam piensa un momento.
—Podríamos decir que fue una propuesta sorpresa. Como que te llevé de excursión y luego me arrodillé en la cima de la montaña.
Abro mucho los ojos.
—Eso es bastante romántico, la verdad.
Adam sonríe de oreja a oreja.
—Sí, eso pensé yo también.
Me ruge el estómago.
—Ups, perdona.
—Tienes hambre.
—Quizá un poco.
—¿Qué tal un poco de avena?
—¿Nada de Froot Loops?
Se ríe.
—Qué va, hoy toca vivir al límite.
Me levanto, buscando una olla.
—Tú siéntate, yo me encargo.
Hago lo que me dice y miro la roca en el dedo, convencida de que el día solo puede volverse más raro todavía.