Capítulo Doce
Adam
Dos horas y dos litros de agua después, llevo solo pantalones cortos y una camiseta Under Armour. Mi compañera de senderismo me impresiona. Será una mujer de ciudad, pero está hecha para la montaña. Con los músculos firmes brillando bajo una fina capa de sudor, me sigue el ritmo sin problemas.
Levantarme antes del amanecer fue buena idea, aunque hizo falta una alarma estridente y un Red Bull. El corazón me late deprisa, y no es por el esfuerzo ni por la bebida energética. Es por Evie.
Cuando la vi por primera vez en el Yosemite Sam's, mi reacción fue inmediata. Es deslumbrante. Esos ojos cautivadores me atraparon tan rápido que casi olvidé hasta mi nombre. Verla darle una paliza a Zane con tanta seguridad fue la guinda del pastel.
Hemos hablado poco desde que empezamos la caminata, lo cual agradezco, y parece que ella también. Dos veces la he visto cerrar los ojos, y sé que estaba escuchando la brisa entre las hojas, el zumbido de los insectos, el correteo de los animales del bosque entre la maleza. Como hago yo.
Llegamos a un claro estrecho con vistas impresionantes de las montañas de alrededor, varias de cuyas cimas están cubiertas de nieve. Dejo la mochila junto a un tronco caído.
—¿Tienes hambre? —pregunto—. Voy a hacer una parada técnica y luego picar algo.
—Suena bien —dice Evie—. Yo también.
Cuando volvemos al tronco, Evie saca dos sándwiches y me ofrece uno.
Lo miro, y luego a ella.
—¿Nada de ensalada ni chips de kale?
Evie le da un mordisco al sándwich y traga.
—Soy hija de un dueño de delicatessen. Me crié a base de pastrami y salami curado.
—Lo que daría por un sándwich de pastrami bien cargado en pan de centeno ahora mismo.
—La próxima vez que pases por Hartford, Connecticut, te consigo uno.
—Chica de Connecticut.
—Lo era. Me mudé a la Gran Manzana para ir a la universidad y allí sigo.
—¿Te gusta?
—Está bien. Y con «bien» quiero decir caro y abarrotado.
Mastico mientras escucho.
Evie continúa:
—No pienso irme a ningún lado por ahora. Mis dos hijos viven en Manhattan, la mayor parte del tiempo. Y mi trabajo está allí. Soy abogada en un bufete mediano. Mucha presión.
—¿Tienes hijos?
—¿Sorprendido? Estoy a punto de cumplir los cincuenta. No es tan raro.
—Es que no te veía como madre —digo, sin saber muy bien cómo la veía exactamente.
—Gracias, supongo.
—¿Así que has venido sola?
Evie asiente.
—Las circunstancias cambiaron a última hora.
Saca el móvil.
—No hay cobertura.
Cuando la miro con gesto interrogante, dice:
—Mi mejor amiga, Caroline, se rompió la pierna horas antes del vuelo. Insistió en que viniera sola.
—¿Te sientes culpable por haberla dejado?
La respuesta se le nota en la cara.
—Sí, me siento culpable. Pero por lo que parece, se las está apañando muy bien. Si tuviera que apostar, diría que su médico le está llamando la atención.
Sonrío mientras veo pasar a un grupo de cinco excursionistas. Los oigo hablar en italiano.
—¿Y tú? —pregunta Evie.
Siento un momento de inquietud. Es lo que me pasa siempre que conozco a alguien que no sabe mi historia.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Cuál es tu historia?
—No hay historia. Mi vida es bastante aburrida.
Hace una mueca.
—¿Aburrida? Vives cerca de Yosemite, haces senderismo todos los días. Eso suena a cualquier cosa menos aburrido.
Me encojo de hombros.
—¿Cómo es que puedes pasarte los días así, aquí?
—¿Cómo sabes que yo no estoy de vacaciones también?
Me mira.
—El personal del Yosemite Sam's te conocía bien. No te has afeitado en días y tienes marcas de bronceado que parecen de hace meses. Así que no trabajas en una oficina. Y por lo que veo, no eres uno de los guardabosques del parque, así que...
—Quizá deberías haber sido detective en lugar de abogada —digo, y le doy un mordisco al sándwich mientras miro hacia otro lado.
La mirada de Evie se vuelve comprensiva.
—No tiene nada de malo perder el trabajo o estar en paro.
Al principio me quedo confundido, pero luego caigo en que debe de haber interpretado mi actitud como evasiva. Y lo es, pero no de la forma que ella cree.
—Tengo muchos contactos a través de mi bufete —dice—. ¿Qué formación tienes?
Me cuesta contener la risa.
—¿Vas a ayudarme a encontrar trabajo? Ni siquiera me conoces.
Es un detalle, la verdad.
—Tienes razón —dice—. Pero cuéntamelo de todas formas.
—Estudié informática en Stanford. Estuve trabajando en desarrollo de software una temporada.
Evie guarda el envoltorio en la mochila.
—Imagino que hay bastante demanda de eso por aquí. No estamos tan lejos de Silicon Valley.
—Cierto.
Parece captar las señales y cambia de tema.
—¿Y tú qué? ¿Tienes hijos?
—¿Yo? No. Quizá algún día. Pero mi hermana se casa dentro de un par de semanas. Eso va a ser divertido.
—Por tu tono, supongo que no lo dices en serio. ¿Por qué la boda de tu hermana no iba a ser divertida?
Me detengo un momento. Solo Zane sabe lo mío. Pero Evie es una desconocida. No conoce a ninguno de los implicados. ¿Qué daño puede hacer contárselo?
—Porque esperan que lleve a mi prometida.
Alcanzo a ver cómo Evie frunce el ceño un instante.
—Oh, felicidades —dice.
No estoy seguro de que lo diga en serio. Siento un extraño hormigueo por dentro.
—No sabía que te ibas a casar. ¿Cuándo es el gran día?
Suelto un suspiro.
—Bueno, ahí está el problema. Técnicamente no estoy comprometido.
—Oh, ya veo. Pero es algo serio.
—Bueno...
Evie me hace un gesto para que continúe.
—En realidad, no hay prometida... ni novia. Solo lo dije para que mi familia me dejara en paz.
Sus preciosos ojos se abren de par en par.
—Hablas en serio.
Me aprieto los labios y asiento.
—Vaya. ¿Y qué vas a hacer?
—Todavía no lo he pensado.
Evie suelta una risa, un sonido maravillosamente musical.
—Buena suerte con eso.
—Gracias —digo, poniéndome de pie. Cojo mi mochila y ella hace lo mismo—. Voy a necesitarla.