La farsa del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 1) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Evie

Le doy un sorbo a la cerveza. No soy muy cervecera, pero quiero conocer gente nueva y estos dos tipos parecen bastante inofensivos.

Bueno, quizá no los dos.

El hombre musculoso de las rastas dice lo que piensa, y más.

Pero el otro, Adam, es unos quince años más joven que yo.

Me saca unos centímetros y está como un tren.

Lleva una chaqueta de cuero sobre una camiseta negra, el pelo lo justo para rozarle el cuello.

Cuando me presento, el aroma almizclado de su loción de afeitar me marea por un momento. Este es peligroso.

Zane está al otro lado de la mesa de billar, taco en mano, aparentemente impaciente porque tire. Me coloco, me inclino y alineo el tiro. Tiro. Y meto tres bolas.

Un grito fuerte sale de la mesa. Me giro y veo a Adam partiéndose de risa, varios clientes que se vuelven a mirar, algunos con la vista clavada en Zane, que tiene la cara roja como un tomate. Sonrío de oreja a oreja.

—¡Bien hecho, Evie! —grita Adam.

—Ha sido suerte —digo, encogiéndome de hombros, encantada en secreto con sus ánimos.

Zane refunfuña.

—Me has engañado.

Niego con la cabeza mientras maniobro a su alrededor para preparar el siguiente tiro.

—Tú diste cosas por sentado.

—Touché —dice Adam.

Antes, cuando vi a los dos hombres sentados cerca de la mesa de billar, algo me empujó a sugerir una apuesta.

Ese algo fue Zane. Sé que no fue justo tenderle una trampa, pero tengo un problema con el mote sexista, así que ¿por qué no dejar que piense que soy una «asaltacunas» despistada?

Por eso me tomé el comentario con calma, fingiendo no oírlo. Ahora lo pagará.

Además, estoy a punto de cumplir cincuenta, estoy divorciada y necesito desesperadamente un chute de confianza.

Cuando fallo, Adam dice:

—Venga, Zane, demuestra lo que vales.

Y lo hace. Me impresiona su habilidad. Está claro que se toma el juego en serio. Pero yo soy mejor. Crecí con una mesa de billar en casa de mis padres en Connecticut. Todavía juego con frecuencia cuando voy de visita.

La partida acaba enseguida.

—¿Doble o nada? —pregunto.

Zane se deja caer en la silla y me pasa el dinero.

—Paso.

Me guardo el dinero en el bolsillo.

—Si te sirve de consuelo, eres el mejor rival que he tenido en mucho tiempo. Adam, ¿te animas?

Levanta las manos.

—Eso me viene grande.

Zane pone los ojos en blanco.

Adam señala una silla vacía.

—¿Te sientas con nosotros, Evie?

Me siento y le doy otro sorbo a la cerveza.

—Me muero de hambre.

Adam le hace señas a la camarera, que toma nota de mi pedido y me sonríe.

—No todos los días vemos a Zane morder el polvo así —dice antes de pasar a la siguiente mesa.

Zane se pica y se va al baño.

Adam me sonríe.

—No le hagas caso. Mañana volverá a ser el de siempre. ¿Estás de visita por la zona?

—He venido para mi semana de cumpleaños. Pensaba pasarla en las montañas con una amiga. Cambio de planes de última hora.

Dorothy se gira.

—¿He oído bien? ¿Es tu cumpleaños?

—Sí.

Sesenta segundos después, Dorothy me planta delante un trozo de tarta de chocolate bien melosa.

—Invita la casa. Feliz cumpleaños.

Zane ha vuelto a la mesa.

—¿Y cuántos años cumples?

Adam parece mortificado por la falta de tacto de su amigo.

—Cumplo cincuenta —digo, mirando el reloj—. Dentro de tres horas y media.

Adam dice:

—¿Cincuenta? Estás increíble.

Me pregunto qué pinta se supone que tiene que tener alguien de cincuenta hoy en día. He visto fotos de mi abuela a esta edad y parecía una anciana. Gracias a Dios por el pilates y el tinte.

Zane dice:

—Solo eres unos años más joven que mi madre.

Vaya mal perdedor.

Sonrío y me como la tarta, luego me levanto.

—Gracias por el rato. Será mejor que me vaya al hotel. Mañana me espera una buena caminata.

Adam pregunta:

—¿Cuál?

—Mañana me enfrento a Cloud's Rest.

A Adam se le iluminan los ojos.

—Qué casualidad. Yo también voy allí.

Zane le lanza una mirada a Adam.

—¿Ah, sí?

—Pues sí.

No me pierdo la mirada fulminante que le lanza a Zane. Contengo una sonrisa.

Zane también se levanta.

—Tengo que madrugar. Gracias por la cena, tío. Si no le hubiera tenido que dar mis ganancias a Evie, invitaría yo.

Se va.

—A la próxima, más suerte —le digo mientras se aleja.

A Adam:

—Yo también debería irme.

Adam se levanta y se echa la chaqueta de cuero al hombro. La camiseta se le pega a los abdominales y los músculos de los brazos parecen a punto de reventar. ¿Todos los hombres de este pueblo son familia de Hulk?

Dice:

—Oye, ya que los dos vamos al parque mañana, ¿quieres que te lleve?

Siento una sensación inesperada. Me asalta como un tigre al ataque.

Deseo.

¿Pero qué me pasa? ¡Es demasiado joven!

Carraspeo.

—Salgo al amanecer. Y me alojo en dirección contraria al parque. Y en realidad no te conozco.

Adam sonríe. Tiene los dientes perfectos. —Eso son muchas «y».

Abro la puerta y le devuelvo la sonrisa. —Gracias, pero paso. Tengo mi propio coche.

—No hay problema —dice—. Quizá te vea mañana en el parque.

—Claro.

En serio, ¿qué probabilidades hay en un parque que viene a ser del tamaño de Rhode Island?

Lo observo alejarse con paso tranquilo, convenciéndome de que hice bien en rechazar su oferta.

Sé que no debería sorprenderme el hotel. Caroline tiene gustos caros y el dinero para dárselos. Pero cuando llego a la recepción y un aparcacoches con guantes blancos viene a recoger mis maletas, no puedo evitar quedarme boquiabierta.

El hotel, en Merced, es el más lujoso en el que me he alojado en mi vida.

Algo inesperado en una ciudad tan cerca de un parque nacional.

Vale, tuve que conducir otros cuarenta kilómetros desde el bar, en dirección contraria.

Pero merece la pena por la bañera con patas de garra y vistas espectaculares, los productos de baño de diseño y una ducha con chorros que te envuelven desde todos los ángulos.

Me pongo el camisón de franela, apago las luces y me meto bajo las sábanas, suspirando de placer al sentir la ropa de cama fresca y lujosa sobre el cuerpo.

Emocionada por el día siguiente, aguardo los pocos minutos que faltan hasta la medianoche. —¡Por otro medio siglo en el planeta!

Media hora antes del amanecer, me despierta «Good Day Sunshine» de los Beatles a todo volumen en el móvil. Por la ventana, las montañas siguen a oscuras, con las crestas recortadas bajo la luz de la luna.

A pesar de la tentación de quedarme bajo el acogedor edredón, me incorporo, deseando salir al sendero. Primero lo primero. Son las ocho y media en Nueva York. Llamo a Caroline.

—No puedo hablar. Mi médico está aquí —dice Caroline en voz baja, y me quedo un momento en silencio, imaginándola en una lúgubre habitación de hospital completamente sola.

Caroline no es de las que se quedan quietas.

Le gusta salir, ir al gimnasio, de compras, quedar con las amigas.

Pero algo en el tono de esas pocas palabras me pilla por sorpresa.

Si no me equivoco, Caroline está embobada. El médico debe de estar como un tren.

Le digo que la llamaré luego y me levanto de la cama. Hago cincuenta abdominales, veinte flexiones y diez minutos de una clase de yoga en línea antes de meterme en la ducha.

Pienso en lo de anoche. Espero que a Zane ya se le haya pasado el berrinche.

Mientras me enjabono, el aroma celestial del aceite de argán llena la ducha. Me viene Adam a la cabeza.

Adam está buenísimo. Esa mata de pelo espesa, con los rizos en las puntas. Cómo se le pegaba la camiseta a los abdominales. Sea más joven o no, la atracción es brutal. Para mí, al menos.

¿A quién quiero engañar? Adam jamás se fijaría en una mujer mucho mayor.

Quizá debería haber aceptado ir con él al parque. ¿Qué probabilidades hay de que un tío que me animó en la mesa de billar, en contra de su amigo, sea un asesino?

Da igual. Ya es tarde. No tengo forma de contactarlo. Y de todos modos, no estoy buscando hombre. Ya lo viví.

Me echo un montón de protector solar y meto una bolsa de frutos secos y dos barritas de cereales en la mochila. Después de llenar las botellas de agua, cojo el móvil, las gafas de sol y la gorra de la Universidad de Columbia, y salgo hacia el Porsche, emocionada por pasar el día en Yosemite.