La farmacia de noche Epílogo
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Epílogo

La farmacia diurna

Bo-ho regresó al barrio H a principios de invierno, cuando las noches volvían a alargarse. De entre los clientes habituales del barrio, Ji-hwan fue el primero en ir a verla.

—¡Farmacéutica!

Pero después de pronunciar aquella palabra no pudo decir nada más. Se quedó allí, de pie frente a ella, con los ojos llenos de lágrimas. Seguía siendo el mismo de siempre. La cicatriz del clavo que le había atravesado la mano izquierda permanecía allí, como un recuerdo de todo lo vivido.

—Gracias por volver.

—Y yo te doy las gracias a ti. Después de haber tenido la farmacia cerrada tanto tiempo, te agradezco que sigas viniendo.

Bo-ho le acarició suavemente la cabeza. Después de Ji-hwan, también Jeong-bun, Min-gyeong, Ran-i y Yoon-ui pasaron por la farmacia de noche.

Todos recibieron a Bo-ho con una sonrisa cálida, como si nunca se hubiera marchado.

Incluso los demás vecinos del barrio se acercaron, aunque no necesitaran ningún medicamento.

Solo querían verla, saber cómo estaba. Bo-ho sintió que volvía a ser acogida por aquel lugar.

Y se alegró al comprender que aquellos doce años como farmacéutica no habían sido en vano.

Jeong-bun encendió las luces con más intensidad que nunca, feliz de que la farmacia de noche hubiera vuelto a abrir sus puertas.

Al regresar, mientras reorganizaba el interior de la farmacia, lo primero que hizo Bo-ho fue cambiar el horario pegado en la puerta de cristal.

Retiró las palabras «abierto todo el año» y, en su lugar, colocó un nuevo letrero: «Cerrado los jueves».

El horario seguía siendo el mismo de siempre: desde el anochecer hasta el amanecer.

CERRADO LOS JUEVES.

ABIERTO DEL ANOCHECER AL AMANECER

El primer día de descanso de la farmacia de noche, que en doce años no había cerrado ni una sola vez, sonó una alarma en la habitación de Bo-ho, en el segundo piso del edificio.

Era un cuarto pequeño y acogedor, con una cama mullida donde Bo-ho cabía justa al tumbarse, una mesa pequeña, una diminuta cocina y una ventana que siempre había estado cubierta por cortinas opacas.

Bo-ho abrió los ojos al sentir la luz del sol que se colaba por las cortinas entreabiertas.

Era por la mañana. Había salido el sol, así que tenía que salir.

Debía hacer cosas que solo pueden hacerse de día.

Parecía que era la primera vez que Bo-ho salía del edificio de la farmacia a una hora tan temprana de la mañana.

El aire fresco matinal estimulaba sus cinco sentidos de una forma distinta al aire nocturno.

Los rayos de sol le hacían cosquillas en los ojos.

Bo-ho extendió la mano y tocó la luz con la palma.

Era un día cálido. Un día perfecto para felicitar a alguien.

Se dirigió a un instituto cercano. Frente a la entrada vendían ramos de flores.

Entre todos, Bo-ho eligió uno parecido al que Ja-yeon le había comprado tiempo atrás.

Sí, aquel ramo significaba que alguien apoyaba un nuevo comienzo.

Con el ramo en la mano, Bo-ho asistió a la ceremonia de graduación.

Entonces un chico echó a correr hacia ella.

Era Da-in. Tras recibir el alta del hospital, Da-in había podido reincorporarse al instituto con la ayuda de Hwan-gyeong.

Y, por fin, había llegado el día de su graduación.

Una celebración que se había hecho esperar un poco más de la cuenta, quizá.

—¡Tía!

—¡Enhorabuena por tu graduación!

Da-in sonreía con el rostro sonrojado. La camisa de su uniforme estaba impecablemente planchada.

En la ceremonia de graduación se habían reunido padres, hermanos y jóvenes que estaban a punto de emprender una nueva etapa.

El aire estaba lleno de emoción y de una energía luminosa, de esa confianza pura que nace cuando uno mira hacia delante sin saber todavía todo lo que le espera.

¡Piii!

Un acople resonó en el micrófono y una alumna subió al estrado para pronunciar el discurso en nombre de todos los graduados. Era Su-bin, la chica que siempre acudía a la farmacia para comprar lágrimas artificiales.

Clic, clic…

Alguien no dejaba de hacerle fotografías con entusiasmo. La mujer que sostenía la cámara, seguramente su hermana mayor, sonreía con una alegría radiante, incapaz de ocultar lo orgullosa que se sentía de ella.

—Mientras preparaba este discurso, intenté escuchar mucho a mis compañeros. Porque ¿no es eso lo que hace una verdadera delegada? Yo, como delegada, tengo que transmitir sus palabras. Así que les pregunté: ¿qué significa para vosotros la graduación?

Da-in le susurró a Bo-ho en voz baja:

—A mí también me lo preguntó.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Pues… «terminar», creo. En el otro instituto no pude hacerlo.

Su-bin continuó hablando.

—Algunos compañeros decían que tenían miedo.

Otros esperaban con ilusión el momento de convertirse en adultos.

Había quienes temían quedarse atrás porque tendrían que enfrentarse de nuevo a los exámenes de acceso.

Y también hubo alguien que me dijo que sentía que, por fin, había llegado al final de un largo camino.

Da-in se encogió de hombros.

—Creo que hoy es un día que llevaba mucho tiempo esperando.

¿Cuántas dificultades hemos tenido que superar para llegar hasta aquí?

Esta graduación representa precisamente eso: todos los esfuerzos, todas las dudas y todos los momentos difíciles que hemos dejado atrás.

Representa la alegría de poder mirar atrás y decir, por fin: «¡Lo hemos conseguido! ».

Las palabras de Su-bin arrancaron carcajadas entre los adultos. Para quienes llevaban muchos más años viviendo que aquella chica subida al estrado, resultaba inevitable encontrar tierna la idea de que una joven de diecinueve años hablara de «dificultades».

—Al oír reír a tantos padres y madres, empiezo a pensar que todavía nos quedan muchas dificultades por delante.

Con la graduación, nos encontramos ante un nuevo comienzo.

No puedo asegurar que todo vaya a salir bien.

Pero, puesto que este momento «por fin» ha llegado, ojalá podamos ser personas capaces de mirar hacia el futuro con ilusión.

Sin duda, mañana será mejor que hoy. Así que esperemos con ilusión algún momento del futuro que, algún día, «por fin» lleguemos a vivir.

Un aluvión de aplausos y vítores inundó el recinto. Entre todos, la hermana de Su-bin era la que aplaudía con más entusiasmo.

«¿Qué es lo que espero yo?», se preguntó Bo-ho de pronto, sumida en sus pensamientos.

La respuesta llegó después de apenas un instante: esperaba la noche siguiente, volver a abrir las puertas de la farmacia de noche.

¿Quién cruzaría el umbral esta vez? ¿Qué tipo de medicamento necesitaría?

¿Podría ofrecerle justo lo que buscaba? O quizá, más allá de la medicina, ¿lograría recetarle un poco de calma?

De pronto, Bo-ho sintió deseos de abrir la farmacia cuanto antes.

Había descansado más que suficiente. Ya era hora de regresar a aquel lugar donde, noche tras noche, podía escuchar las historias de quienes llegaban hasta ella y ofrecerles la ayuda que necesitaban.

Son las 19.05. La hora en que se pone el sol.

Es abril y la primavera ya ha llegado en todo su esplendor.

Es la época del año en la que uno empieza a sentir cómo el día se retira lentamente, cómo la luz se apaga poco a poco mientras la noche va ocupando su lugar.

Cuando el sol desaparece entre los edificios del barrio H y las sombras se extienden por sus calles, una luz permanece encendida: la de la farmacia de noche, escondida entre los bloques de viviendas.

Es entonces cuando comienza su jornada y sus puertas se abren.

Fin