La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 39
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Capítulo 39

La postura obliga a Mateo a mantener el torso erguido, dejando el pecho, las costillas y el abdomen completamente expuestos. Es la posición perfecta. El lienzo en blanco para mi obra de arte macabra.

Empiezo a remangarme la camisa. El terror de Mateo aumenta con cada centímetro de piel que queda al descubierto.

—¿Sabes una cosa, Mateo? —continúo—. Me he dado cuenta de que tienes unos gustos peculiares. Bastante cobardes, en realidad. Te gusta pegar a mujeres más jóvenes que tú, mucho más jóvenes. Te gusta encerrarlas, encadenarlas y usarlas como tu saco de boxeo particular.

Me detengo justo delante de él y cierro los puños. La sonrisa que le dedico solo promete dolor y muerte.

—Hoy voy a darle la vuelta a este puto juego. Hoy tú serás mi saco de boxeo.

Se revuelve en la silla, con las muñecas rozando las cadenas hasta casi desgarrarse la piel. Su llanto es agudo, patético.

—¡No! ¡No, por el amor de Dios, te lo suplico! —grita, con la voz quebrándose en un llanto histérico de desesperación—. ¡Pagaré! ¡Te lo juro, tío, lo pagaré todo! ¡Conseguiré el triple del dinero de la coca! ¡Solo dame un poco de tiempo!

Le aprieto el cuello lo suficiente para impedirle respirar, pero no tanto como para estrangularlo. Acerco su cabeza a la mía, obligándolo a mirarme, obligándolo a mirar a los ojos del hombre que va a mandarlo al infierno.

El silencio reina en el almacén y mi voz sale como el gruñido bajo de una bestia que acaba de acorralar a su presa.

—Ningún dinero de este maldito mundo pagará lo que le hiciste a Jade.

Parece que el mundo de Mateo se detiene. Siento el temblor que recorre su cuerpo. Veo el instante exacto en que la sangre abandona su rostro, dejándolo con la palidez de un cadáver. Abre los ojos de forma tan grotesca que parecen a punto de salirse de las órbitas, fijos en los míos.

Lo comprende. Ya no es solo el miedo de un adicto que debe dinero a unos traficantes locales; es el golpe de realidad, el pánico puro y arrollador de una rata que acaba de darse cuenta de que golpeó, humilló y torturó a la mujer que ahora me pertenece.

—Ja... ¿Jade? —le falla la voz, estrangulada por mi mano, que todavía le aprieta la garganta—. Tú...

—Es mi mujer y estoy aquí para vengarla.

Sus ojos abiertos e inyectados en sangre tiemblan de pura incredulidad. Intenta procesar cómo la chica sumisa e indefensa a la que aterrorizaba se cruzó con el hombre que ahora sostiene su vida en la palma de la mano.

Aflojo la presión sobre su cuello solo lo suficiente para que vuelva a aspirar aire con desesperación, pero no me aparto ni un milímetro.

—Jade —repito su nombre, dejando que el amor que siento por esa mujer se mezcle con la letalidad de mi tono—.

La mujer que creíste que podías romper, humillar y tirar a la basura.

La mujer a la que habrías encadenado si no hubiera conseguido escapar de ti.

Aquella a la que querías obligar a abortar.

—El pecho de Mateo sube y baja frenéticamente, con el llanto atascado en la garganta—.

Pero ¿adivina qué, Mateo? —sonrío con frialdad, sin un solo rastro de humanidad—.

El mundo da muchas vueltas y ahora tiene a alguien que la proteja.

Me tiene a mí y la fuerza de todo un cartel la protege ahora.

Yo soy el puto muro que la rodea. Por cada segundo de sufrimiento que la hiciste pasar, estoy aquí.

Y no he venido a cobrarte dinero de drogas, he venido por venganza.

Le suelto el cuello con un empujón. Antes de que pueda aspirar aire suficiente para suplicar de nuevo, antes de que salga un solo sonido de su boca, cierro el puño derecho y lanzo el brazo con toda la fuerza que tengo, clavando el golpe directamente contra sus costillas izquierdas, totalmente expuestas.

Mateo suelta un grito animal. Su cuerpo sale violentamente despedido hacia atrás, pero, como la silla está fijada al suelo, el tirón sacude las articulaciones de sus hombros y lo obliga a recibir toda la fuerza del impacto.

El aire desaparece de sus pulmones al instante. Se atraganta con violencia, con los ojos casi girándose en las órbitas. Su rostro adquiere un tono púrpura enfermizo mientras abre la boca en un grito agónico, buscando un oxígeno que se niega a entrar.

—Eso ha sido por la primera bofetada que te atreviste a darle en la cara.

—Sacudo la mano derecha con indiferencia para aliviar la tensión de los nudillos, sin apartar la mirada de su sufrimiento—.

Respira, Mateo. Tenemos toda la madrugada por delante, y te juro que suplicarás al diablo que venga a buscarte mucho antes de que yo decida terminar.

Mateo llora con los ojos cerrados, el rostro deformado por la agonía, temblando, pero mi hambre de venganza está muy lejos de quedar saciada. De hecho, ver el comienzo de su sufrimiento solo ha despertado el lado más oscuro y sádico de mi alma.

Doy la vuelta a su alrededor lentamente, rodeándolo como un depredador que juega con una presa agonizante.

—¿Fue con esta mano, Mateo? —susurro muy cerca de su oído, con una calma enfermiza en la voz—. ¿Fue con esta mano derecha con la que tiraste del pelo de mi mujer? ¿Fue con estos dedos con los que le apretaste los brazos hasta dejarle moratones?

Sacude la cabeza frenéticamente, mientras las lágrimas le caen sin control.

—No... No, yo no quería... ¡Lo juro, no me acuerdo! Suéltame, por favor —suplica, con esa voz aguda y fina quebrándose en sollozos desesperados, sonando exactamente como un niño asustado que acaba de perder a su madre—. ¡Quiero irme! Haré lo que sea, por favor, déjame marchar.

—No vas a ir a ninguna parte.

Con la mano izquierda le sujeto la muñeca con firmeza y, con la derecha, agarro su dedo índice.

No le aviso, no le doy tiempo a volver a suplicar.

Le fuerzo el dedo hacia atrás. El chasquido del hueso al partirse se oye con total claridad.

El tendón se rompe y el dedo queda doblado hacia el dorso de la mano.

El grito que escapa de Mateo es agudo y desesperado. Se revuelve en la silla, lo que solo empeora el dolor de sus costillas y lo hace ahogarse.

—Uno —cuento, con la expresión vacía, completamente indiferente a su dolor. Sin vacilar, agarro el dedo corazón. Otro chasquido brutal. Otro alarido enloquecido—. Dos.

El anular. El meñique. El pulgar... Se los rompo uno por uno. Con cada hueso hecho pedazos, Mateo grita hasta que la voz le falla, hasta que la garganta parece desgarrársele por dentro. Llora de forma compulsiva, con la saliva resbalándole por la barbilla.

—¡Para! ¡Por favor, para! —balbucea, completamente delirante y destrozado, con la cordura evaporándose ante la tortura. Solloza, las piernas delgadas temblándole sin control—. Perdón... Perdóname, Jade... Perdóname...

Oír el nombre de ella salir de esa boca asquerosa, mezclado con ese llanto cobarde, me provoca un asco indescriptible.

Suelto su mano derecha, que ahora no es más que un trozo de carne inútil y deformado colgando de la cadena.

Doy dos pasos atrás y extiendo una mano abierta hacia un lado, sin apartar los ojos de mi presa.

Marcelo, sabiendo exactamente lo que necesito, deposita en mi palma el mango frío y pesado de un tubo de hierro macizo y oxidado.

Aprieto el metal, valorando su peso.

—¿Crees que pedir perdón ahora cambia el hecho de que la aterrorizaste durante años? —doy un paso al frente, levantando el tubo de hierro—. ¿Crees que unas lágrimas cobardes curan el miedo que sentía cuando oía tus pasos al llegar a casa?

Mateo abre los ojos de par en par al ver el tubo de hierro; su llanto se convierte en un gemido animal. Intenta encogerse, intenta retirar las piernas para escapar de mi alcance, pero no tiene adónde ir.

—La agrediste, la aterrorizaste... —declaro, con la voz firme—. Y por eso nunca volverás a dar un solo paso sin acordarte de lo que le hiciste.

Giro el cuerpo con violencia, concentrando todo el peso y la fuerza del torso en el golpe, y bajo el tubo de hierro describiendo un arco perfecto e implacable directamente contra su rodilla izquierda.

El impacto es ensordecedor. El sonido del hierro aplastando la rótula y triturando el cartílago lo cubre todo. Su rodilla simplemente cede bajo su propio peso, hundiéndose.

El cuerpo de Mateo sufre un espasmo violento.

El grito que suelta no tiene nada de humano, es un bramido gutural, como el de un animal al que están sacrificando poco a poco.

Los ojos se le van hacia atrás y el cuerpo intenta encontrar el alivio del desmayo, con la mente suplicando oscuridad para escapar de la agonía infernal.

Lo agarro del pelo, tirándole de la cabeza hacia atrás y obligándolo a volver a la realidad.

—Ni se te ocurra desmayarte, desgraciado. La noche ni siquiera ha llegado a la mitad.

Le suelto el pelo con un empujón, dejando que la cabeza le caiga hacia delante. Doy un paso atrás y respiro hondo.

Miro el cuerpo destrozado que tengo delante y siento una satisfacción colosal. La mierda que aterrorizaba a mi ángel ahora no es más que un gusano lloriqueante, roto en pedazos por mí.

Pero, por mucho que la sed de tortura siga ardiendo en mis venas y exija unas cuantas horas más de diversión, un pensamiento atraviesa mi mente y doma a la bestia dentro de mi pecho: Jade. No quiero perder ni un minuto más de mi noche lejos de mi familia por culpa de esta basura.

—¿Sabes una cosa? —digo en voz alta, limpiándome con el dorso de la mano una gota de su sangre que me ha salpicado la cara—. No quiero quedarme mucho más tiempo aquí. No por alguien que ni siquiera es capaz de aguantar un puñetazo.

Como si leyera mi mente, Pedro da un paso al frente y sale de entre las sombras. La sonrisa de mi hermano demuestra que ya sabía lo que haríamos aquí.

—Para acelerar el trabajo y rematarlo por todo lo alto —dice Pedro, con un tono cargado de diversión puramente sádica, extendiendo hacia mí el equipo que ha traído.

Mis ojos brillan de euforia cuando cierro los dedos alrededor del mango de la motosierra.