Capítulo 37
Tres semanas después
Han pasado tres semanas y algo me dice que hubo alguna discusión entre Júlio y su padre, porque dijo que nos presentaría a sus padres y, hasta ahora, no ha ocurrido nada; ni siquiera vuelve a mencionar el tema.
—¿En qué piensas tanto? —pregunta Mari al verme tan abstraída—. ¿En Safira?
La mujer ha desaparecido.
Y sigo sin entender cuál es la verdad sobre Safira.
Ahora que ya me estoy acostumbrando a esta nueva vida, los pensamientos sobre mi madre han vuelto, sobre todo desde que dejó de llamarme al cuarto día de que me fui de casa.
No hay llamadas perdidas ni montones de mensajes; es un vacío absoluto.
Y, por mucho que eso fuera lo que deseaba, me pregunto por qué ha desaparecido así.
Porque, en el fondo, todavía pienso en ella con cierta...
gratitud. A pesar de todo, fue quien me acogió cuando Mateo me agredió y me exigió que abortara.
Sé que puede parecer una tontería, pero pienso en ella.
También repaso mentalmente todos los momentos que vivimos, intentando encontrar algún rastro de maldad; quiero decir, de verdadera maldad, algo diabólico.
Cuando intentó detenerme para que no me marchara de casa, aquello fue muy extraño. No era la Safira religiosa extremista, era algo mucho más allá. Daba miedo, estaba severa, con una mirada llena de odio y, al mismo tiempo, de desesperación.
—Sigue siendo muy confuso —respondo—. Cuanto más intento entenderla, menos la entiendo.
—Una madre narcisista, ¿no? —pregunta Andreza. Es la hermana pequeña de Pedro, tiene mi edad y, en cuanto supo que tenía un sobrino, corrió a conocerlo. También considera ya a Nico como su sobrino.
—Sí, sospecho que Safira es así. Sin embargo, siempre hay algo que me hace pensar que existe algo más.
Que no es solo envidia, rabia o algo parecido.
Se quedó embarazada con veinte años, ¿será que me culpa de haberle robado su juventud?
¿Será que, por alguna razón, me culpa de que mi padre se marchara?
Tenía un cuerpo precioso y el embarazo hizo que cambiara, ¿quizá fue eso?
—¿Nunca has visto fotos suyas de antes? —pregunta Mari.
—No. Incluso sospecho que antes no era ninguna beata.
Quiero decir, no se vestía como yo, sino con ropa normal.
Mi padre no era religioso; lo recuerdo bebiendo cerveza, vodka, creo que hasta fumaba en el patio de atrás.
No sé si un hombre corriente estaría con una extremista religiosa como Safira.
Creo que Safira fue cambiando con el tiempo y esconde las fotos del pasado, o no tiene ninguna, para que nadie sepa cómo era antes.
Hay algo en esta historia que no encaja, quizá el pasado de Safira... Pero sigue sin ser motivo para una histeria repentina.
—¿Y sus parientes?
—Sé que los padres de Safira murieron cuando ella aún era adolescente y que se fue a vivir con unos tíos a los que nunca conocí. Del resto, no sé nada —respondo a la pregunta de Mari—. En cualquier caso, Safira siempre ha estado sola. Es la única Cardenas que conozco.
Las dos se quedan pensativas.
—Sé que os conté lo de la amenaza de Safira contra Mari y os pedí que no se lo dijerais a los hombres. Creo que fue una amenaza vacía.
—Viniendo de Safira, está loca de verdad; está claro que me amenazaría a mí, a Júlio, a Pedro, a cualquiera —Mari sonríe—.
Pero le he dado muchas vueltas y hay algo que no me cuadra.
Me enteré de que mi madre y mi hermana eran prostitutas gracias a Safira.
¿Cómo lo descubrió? ¿Cómo acabó precisamente en el club donde trabajaban ellas?
—¿Pasó eso? —pregunta Andreza.
—Sí —confirmo—. Según ella, le quedaba de camino a casa cuando hizo un trabajo puntual como limpiadora. Bueno, de verdad no fue al club a trabajar de otra cosa, por si eso es lo que estás pensando, y no me extrañaría que investigara tu vida para saber quién era mi única amiga de verdad.
—Muy paranoica —Andreza se queda pensando un momento—. Tal vez que su marido la abandonara le afectó muchísimo. No será la primera ni la última que pierda la cabeza después de que un hombre se marche.
—Siempre que pienso en eso, llego a la conclusión de que mi padre lo fastidió todo. Se me han quitado por completo las ganas que tenía de huir con él.
—Y sigues queriendo a Safira —concluye Mari.
—Estuvo ahí cuando la necesité.
—No te juzgo. Yo odiaba a mi hermana y hoy nos llevamos bien, sobre todo ahora que no vivimos juntas —me río—. Quizá la mejor solución con Safira sea eso: la distancia.
—Creo que cuestiono más a Safira que a mi propio padre.
—Ahora sí podrías encontrarlo —Andreza deja esas palabras en el aire.
—Solo tienes que dar el nombre —continúa Mari—. Tal vez hablando con él entiendas a Safira. Debió conocer una versión de ella que tú nunca viste; quizá pueda darte alguna respuesta.
—No quiero buscarlo. Ya lo borré de mi mente y Safira incluso se quitó su apellido. Lo quise una vez; hoy ya no.
—Solo era una sugerencia.
—Y tiene todo el sentido del mundo, pero ya tengo bastante con Safira, imagínate si además añado un padre —miro por la ventana.
Júlio, Pedro, Marcelo, Nico y Gui corren de un lado para otro jugando con la pelota, aunque los niños no tengan ninguna habilidad para correr y chutar, pero se lo están pasando bien.
Es una vida nueva, estoy enamorada y mi hijo está más feliz de lo que jamás lo había visto—.
Dejaremos esa historia a un lado, donde de verdad debe quedarse.
—Mamá —miro a Nico, que ha apartado los ojos de su cuadernito para mirarme—. ¿Y la abuela?
Precisamente hoy, que he pensado tanto en ella, Nico pregunta por Safira.
—¿Tienes abuela? —pregunta Gui.
—Sí.
—¿Yo tengo abuela?
—La conocerás pronto, Gui —responde Júlio.
—¿Y la abuela? —insiste Nico.
—Está de viaje, pronto la verás —no tengo ni idea de qué responder—. ¿La echas de menos?
—Ella leía los libritos de la Biblia.
—Ah, sí, los libritos bíblicos —sonrío—. Puedo comprarte...
—No, ella lee. Tú eres la de los dinosaurios y los animalitos.
—Cuando vuelva, te leerá la Biblia entera.
—¿Y a mí? —pregunta Gui.
—Si quieres ser católico —sonrío—. Le encantará convertir a tanta gente.
—No he entendido nada.
—Su madre es muy religiosa, cree mucho en Dios y le encanta leer libros de la Biblia, que cuentan muchas cosas sobre Dios, Jesús, los apóstoles... —Júlio me mira, buscando más elementos bíblicos—. Esas cosas.
—¿Conoces a la madre de la tía Jade?
—No —Júlio piensa un momento—. Es verdad, ni siquiera he visto una foto suya.
—No tiene fotos, siempre gritando...
—Gritaba mucho —coincide Nico—. También se peleaba con mamá.
—¿Por qué se peleaba? ¿Mamá se portaba mal?
—No seguía sus ideas.
—Pero hay que obedecer a papá y mamá.
¡Lo que me faltaba, que un niño me regañe!
—No siempre...
—¿Yo puedo decirle que no a mi padre?
—¡No! —Júlio lo niega rápidamente—. Es una conversación de adultos, ¿vale? La madre de Jade está de viaje; en algún momento la conoceremos.
—¿Y tus padres? —pregunto.
—¿Esto es un interrogatorio sobre nuestros padres?
—No, será mejor que volvamos a ver los dibujos y olvidemos este asunto de los padres.
Vuelvo a mirar la televisión, pensando en Safira y sintiendo unas ganas enormes de llamarla para saber cómo está.
Tomando impulso, me levanto del sofá sin decir nada y voy al baño. Cojo el móvil y busco su número, que domina el registro de llamadas rechazadas y perdidas.
Respiro hondo. Durante unos segundos pienso si debería ponerme en contacto con ella o no, hasta que mi dedo simplemente toca el icono de llamada. Me arrepiento enseguida, pero el primer tono ya ha sonado y, al segundo, ya escucho su voz.
—Sabía que acabarías llamándome en algún momento.
—Me llevo el móvil a la oreja con las manos temblorosas—.
Jade, ¿estás ahí? Claro que estás, escucho tu respiración agitada.
—Me llevo una mano a la boca y la nariz, como si eso pudiera detener mi respiración pesada—.
Siento mucho lo que hice. Espero que algún día me perdones por todo.
Debes de estar con Mariana, debes de estar bien; si hubieras desaparecido, tu amiga loca ya habría venido a montar un escándalo a mi puerta.
Os echo muchísimo de menos. No hay un solo día en que no piense en lo que hice...
—¿Por qué hizo aquello? —pregunto en un susurro.
—Porque no quiero que te metas cada vez más en la vida de Mariana, pero me equivoqué. Tú, con toda seguridad, estás con ella. Estoy convencida de que está compinchada con esa familia de delincuentes; dicen que Lizandra vive bien gracias al jefe, y los García son sus jefes.
—¿Cómo sabe tanto de su vida?
—¿Quién no sabe cosas de los García?
—No se volvió loca solo por eso.
—¿Loca? —se ríe—. ¿A qué madre le gustaría saber que su hija está tan cerca de Mariana? Una mujer con una familia de putas...
—No es eso, usted utiliza su nombre...
—Algún día entenderás por qué soy así.
—Es por mi padre, ¿verdad? Después de que se marchara usted se metió de lleno en ese extremismo...
—Porque claro, tu padre es el buenísimo. Nos abandonó, pero la loca soy yo.
—Después de que se fue, sí.
—Algún día lo entenderás.
—¿Y por qué no puede ser ahora?
—Porque todavía tengo mucho que hacer y no te preocupes, no tiene nada que ver con Mariana ni con su familia de putas, ni tampoco con quitarte la custodia de Nico.
—¿Qué...?
Cuelga.
¿Qué quiere decir con eso?
Intento llamarla de nuevo, pero esta vez no contesta.
¿Qué está planeando Safira?
Júlio me besa el hombro y va subiendo hasta mi cara, pero cuando se acerca a mi boca, la aparto.
—Vale, ¿qué has hablado con tu madre? —pregunta, sentándose en la cama a mi lado—. Sé perfectamente que te levantaste en mitad de la película para llamarla y desde entonces estás muy pensativa.
—Dijo que no hará nada contra Nico, pero va a hacer algo.
—¿Y debemos preocuparnos por eso?
Miro a Júlio, entendiendo perfectamente su pregunta.
—Como te dije, estaba muy rara durante los últimos días que estuve con ella.
Pasó algo, pero no quiere contármelo. Es como si me hubiera amenazado para que me quedara, no porque realmente fuera a cumplirlo.
Hoy ni siquiera habló con rabia de Mari; fue en plan: «¿Estás con ella?
Vale, está bien, pero yo todavía tengo que arreglar mis asuntos aquí».
Solo que no tengo ni idea de qué se trata.
—Puedo mandar a alguien para que la siga.
—Safira es desconfiada. Si cree que la están siguiendo, puede pensar que es cosa de Mari.
—¿Y qué tiene contra Mariana?
—Sabe que su madre y su hermana eran prostitutas.
—¿Y qué?
Respiro hondo.
—Dijo que denunciaría a Mari por proxenetismo, pero fue un farol, nada más.
—Por eso no fuiste a casa de Mariana cuando estabas en la calle —ahora entiende lo que pasó—. ¿Y no me lo contaste por miedo a que matara a tu madre?
—Estás buscando a mi ex sin haberlo conocido siquiera.
—Solo lo mato si me lo pides.
—¡Jesús!
—Nunca te he ocultado nada de eso, pero si tu madre hizo una amenaza de ese nivel, deberías habérmelo contado. No para que me vengara, sino para mantenerla vigilada.
—Nunca me tomé en serio a Safira, y me dices eso cuando tú te niegas a hablar de tus padres.
—No cambies de tema...
—¿Que no cambie? Prácticamente me estás acusando de no haberte hablado de mi madre cuando ni siquiera te conocía, pero tú dijiste que les contarías a tus padres lo de Gui, Nico y yo, y de repente el asunto murió. ¿Qué pasó? ¿A tu padre no le gustó la idea...?
—Dejó claro que estar con Geórgia fue un error. No quería escuchar el clásico «Te lo advertí». Después empezó a decir que lo correcto habría sido pensar en los negocios, casarme con alguna mujer que aportara algo al cartel.
Ahora lo entiendo todo. Hablarle de mí sería como cometer un segundo error.
—Eso no significa que no vaya a hablar de ti ni que vaya a esconderte.
—Me coge la mano—. Pero ya habíamos discutido por negocios, después me echó en cara lo de Geórgia y luego prácticamente se burló de la culpa que sentí por su muerte.
No quería seguir cabreándome y, si lo pienso bien, ni siquiera sé si quiero que forme parte de nuestras vidas.
—Yo no tengo padre y, sinceramente, ya ni lo echo de menos. Pero tú vas a seguir conviviendo con el tuyo...
—No es como si fuera mi padre de verdad. Lo malo es que, si se lo cuento a mi madre, ella tiene que contárselo a él, así que tampoco se lo digo. Sé que habrá una discusión gigantesca por el tema.
—Dices eso y empiezo a pensar que Mari tiene razón. Está convencidísima de que tu padre la odiaba al principio y por eso Pedro no se la presentaba.
—Anthony García vio a mi madre en un concurso de belleza rural.
Ganó el primer puesto y él se obsesionó con tenerla.
No porque le gustara, sino para convertirla en su trofeo.
Mi abuelo solo la aceptó porque, al menos, era guapísima, rubia y de ojos azules.
Pero mi padre no es mi abuelo. Tú eres preciosa, maravillosa...
—Pero soy pobre y madre soltera.
—Como he dicho, jamás voy a esconderte, pero ya he tenido suficientes enfrentamientos con Anthony García este mes.
Ya será una mierda contarle que Geórgia dejó a mi hijo, su nieto, en un orfanato.
Si además le digo que te he metido en mi casa sin saber siquiera quién es tu madre...
—niega con la cabeza—. Me va a desheredar.
Sé perfectamente que dice eso para ocultar que el problema es que soy demasiado pobre, madre soltera y que fui a su club para intentar ser stripper.
Sin embargo, no voy a hacer un drama, porque para un jefe de cartel, que seguramente tiene a varios hombres ofreciéndole a sus hijas en bandeja como parte de un negocio, que él esté conmigo debe de ser el fin del mundo.
—¿Ves? He sabido la verdad y estoy bien —sonrío—. Solo estoy así porque intento entender la cabeza de mi madre.
—¿Hablar nunca ha estado en la lista de cosas por hacer con esa señora?
—Lo mismo que con Anthony García.
—Hasta en eso combinamos. Nuestros padres pueden decir que nos quieren, pero lo que de verdad les gusta es controlarnos.
—Solo quería olvidarla, seguir adelante.
—Es tu madre, te ayudó. Es difícil olvidar a alguien así, sobre todo cuando deseas que sea diferente. Quizá no te des cuenta, pero quieres que sea tu madre de verdad.
—Pero es difícil y quizá sea mejor limitarme a seguir adelante.