La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 25
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Capítulo 25

Recorro el frío pasillo, con esas paredes blancas y sin vida; es el camino directo hacia mi salvación, hacia mi nuevo comienzo.

Bajo la mirada durante una fracción de segundo hacia la gigantesca caja que llevo sujeta bajo uno de los brazos.

Es un coche de juguete. Un modelo deportivo eléctrico, el más grande, ruidoso e interesante que pude encontrar cuando supe que soy el padre de Gui.

Alguien diría que es una exageración inútil, pero que le jodan, le pondré el mundo entero en las manos a mi hijo, envuelto con un lazo, y este coche estúpidamente grande no es más que la primera gota del océano que tiene derecho a poseer.

El corazón me late con tanta fuerza que llega a dolerme contra las costillas. A cada metro que avanzo por este pasillo, siento el peso de cuatro años de un infierno solitario desplomarse violentamente de mis hombros.

Mi hijo por fin estará a mi lado. A partir del preciso milisegundo en que ponga hoy los ojos en él, el dolor del abandono quedará en el pasado.

Sonrío cuando la imagen de nuestra casa invade mi mente. Ya no será una mansión fría, llena de hombres armados, vacía de significado y financiada con el dinero sucio del cártel. Cuando vuelva a casa con mi hijo en brazos, tendremos un hogar de verdad esperándonos.

Jade. El rostro de la mujer más cabezota y absurdamente sexy que he conocido me cruza por la cabeza, y una sonrisa involuntaria me tira de la comisura de los labios.

Ella ya está allí. Ella y el pequeño Nico.

Puedo imaginar la escena con una perfección que me hace hervir la sangre de expectación: Jade, con ese instinto maternal feroz y precioso, recibiendo a mi Gui con los brazos abiertos, y Nico corriendo a su alrededor, jodidamente feliz por haber ganado un hermanito con el que poner la casa patas arriba.

Sí, hermanito, porque soy muy impulsivo y ¡que le jodan!

¡Si lo quiero, lo tengo!

Gui por fin tendrá todo lo que le arrebataron; tendrá un padre que idolatra el suelo que pisa. Un hermanito con el que correr hasta quedarse sin aliento, saltar a la piscina, jugar al fútbol, leer libros de dinosaurios y qué sé yo. Y tendrá la presencia de Jade, una figura materna.

Éramos personas rotas, con traumas del pasado. Pero ahora seremos una familia. Y quemaré, ahogaré en sangre a cualquier hijo de puta que se atreva a intentar quitarme esto otra vez.

Me detengo en seco en mitad del pasillo. El número de la puerta de su habitación está justo ahí, a dos pasos de distancia.

Respiro hondo, con el aire temblándome en los pulmones mientras aprieto la caja del juguete contra el cuerpo. Siento que me arden los ojos y mis manos, que han empuñado tantas armas y quitado tantas vidas sin vacilar, tiemblan como las de un chaval asustado.

Estoy a un simple giro de pomo de cambiar la vida de mi chico.

Me detengo en el umbral de la puerta entreabierta y observo en silencio la escena que tengo delante.

Dentro, Blanca está agachada junto al borde de la cama del hospital, sujetando los piececitos de mi hijo para ponerle unas zapatillas.

Gui ya lleva ropa limpia, listo para dejar atrás el hospital.

Mi corazón late a un ritmo enloquecido. Por primera vez en mi vida, prácticamente rezo.

Deseo en silencio, con cada jodida fibra de mi ser, que Blanca ni nadie se atreva a impedírmelo, que no haya ningún problema burocrático, ningún protocolo de mierda ni ningún retraso.

No quiero pelear, no quiero intimidar a nadie ni usar mi nombre como un arma.

Solo quiero paz. Quiero coger a mi hijo, salir por esas puertas y volver a casa.

Quiero entrar en mi casa, ver a Jade mirándome con esa timidez suya, con el pequeño Nico corriendo alrededor, y simplemente existir.

Quiero vivir la puta vida que me robaron, con mi familia, en nuestro hogar.

Guillermo balancea las piernecitas mientras Blanca le sujeta la zapatilla y, de repente, se queda paralizado.

Como si la fuerza de mi presencia fuera magnética, Gui gira lentamente la cabecita hacia la puerta.

Y nuestras miradas se encuentran. La transformación es inmediata y arrolladora.

Su carita se ilumina con una sonrisa tan enorme, tan absolutamente radiante y maravillada, que suspiro con el amor más puro.

No espera. A Guillermo le importan una mierda Blanca o la zapatilla que todavía tiene los cordones desatados y medio suelta en el pie izquierdo.

Con un salto torpe y eufórico, mi hijo se baja de la cama y corre hacia mí.

El zapato suelto casi lo hace tropezar, pero sus piernecitas se mueven tan deprisa como pueden, impulsadas por una desesperación pura y preciosa.

Dejo que la caja del cochecito se me escurra de las manos y caiga al suelo, pero me importa una mierda.

Guillermo se lanza contra mí con todo su cuerpo. Sus bracitos regordetes se aferran a mis piernas con una fuerza increíble, hundiendo la carita contra la tela de mi pantalón, y su voz —emocionada y cargada con todo el alivio del mundo— resuena por la habitación:

—¡Papá! ¡Has venido a buscarme!

«Papá».

No es la primera vez que dice esa palabra, pero escucharla ahora, gritada con esa certeza, con ese alivio de quien por fin sabe que pertenece a alguien... ¡Joder! Todo el mundo a mi alrededor deja de existir. Lo único real en todo el universo es el pequeño cuerpo tembloroso aferrado a mis piernas.

Mis piernas, que ya han soportado el peso del imperio de los García y nunca han temblado delante de un arma, pierden por completo la fuerza. Me derrumbo, caigo de rodillas al suelo. Que le jodan a quien esté mirando o a lo que puedan pensar. Soy un hombre completamente rendido.

Abro los brazos y lo atraigo hacia mí de golpe. El impacto de su cuerpo chocando contra mi pecho es la sensación más hermosa, más dolorosa y más curativa que he experimentado en toda mi vida. Envuelvo a Guillermo en un abrazo apretado.

Él hunde la cara en mi hombro, sus bracitos me aprietan el cuello con una fuerza que casi me asfixia mientras solloza con fuerza.

—Siempre estaré aquí, hijo —susurro con la voz ahogada por la emoción—. No importa dónde estés, no importa lo que ocurra, siempre iré a buscarte.

Guillermo solloza aún más fuerte.

—Tenía miedo de que no volvieras...

—Nunca volveré a dejarte solo. —Le beso la coronilla una y otra vez—. Ya puedes despedirte de ese miedo, nunca más tendrás que tener miedo.

Me aparto apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarlo directamente a sus ojos azules —tan absurdamente idénticos a los míos— que ahora brillan inundados de lágrimas.

Le sujeto la carita entre las manos, secándole las mejillas mojadas con los pulgares, tocando su piel como si fuera la joya más rara y frágil de la Tierra.

—Quiero que me escuches y que recuerdes bien estas palabras, porque son completamente ciertas.

—Mi voz sale firme ahora, cargada de una promesa que ni la propia muerte sería capaz de romper—.

A partir de hoy, nunca más vamos a separarnos.

Nunca más. Nadie en este mundo volverá a apartarte de mí.

Papá está aquí y vamos a ir a nuestra casa.

Pasaremos por el orfanato para que te despidas y recojas tus juguetes, pero después de eso iremos a nuestra casa.

Mis palabras, en lugar de calmarlo de inmediato, parecen abrir la última compuerta que estaba conteniendo.

En cuanto la promesa de que nunca volveremos a separarnos sale de mi boca, el rostro de Guillermo se contrae. Suelta un sollozo fuerte y rompe a llorar aún más, lanzándose otra vez contra mi pecho.

Siento sus lágrimas calientes empapando el cuello de mi camisa, su respiración entrecortada por los intensos sollozos. El corazón se me encoge de una forma dolorosa.

—Eh, eh... Shhh... —susurro, con la voz cargada de desesperación y ternura, besándole la mejilla mojada.

Deslizo la mano por su espalda, acariciándolo con un ritmo constante, intentando absorber toda esa angustia para quedármela yo.

—Ya está, hijo. Se acabó. —Sigo murmurando contra su pelo, acunando a mi hijo entre los brazos—. Papá está aquí. Ya no necesitas llorar, ¿me oyes? Nadie volverá a hacerte llorar, Gui. Estoy aquí.

Él sorbe por la nariz con fuerza, frotando la cara roja y mojada contra mi camisa. Poco a poco, Guillermo aparta la cabeza lo justo para mirarme. Tiene los ojos hinchados y rebosantes de lágrimas, pero en el fondo hay un brillo que me paraliza.

—No estoy triste... —su voz sale temblorosa y ahogada por un sollozo, mientras sus deditos aprietan mi brazo como si quisiera mantenerme en el sitio—. Estoy muy feliz.

Está feliz por ser mi hijo.

Está llorando de felicidad simplemente porque he venido a buscarlo. Esa certeza no me rompe, me recompone. Cose cada agujero negro que había en mi alma.

Cierro los ojos con fuerza al sentir que una nueva oleada de mis propias lágrimas me resbala por el rostro y no puedo evitarlo: esbozo la sonrisa más grande y sincera de toda mi vida.

—Llorar de felicidad sí está permitido. —Mi voz sale en un susurro ronco y emocionado, pero lleno de alivio.

Le sujeto la cara y dejo un beso largo y sonoro en su frente antes de atraerlo hacia otro abrazo apretado, sintiendo que el pecho me va a estallar de tanto amor.

Con un suspiro largo y tembloroso, me obligo a apartarme solo lo suficiente para mirarle bien la cara. Me seco mis propias lágrimas con el dorso de la mano, respiro hondo para recuperar cualquier resto de control y sonrío de medio lado.

—Casi se me olvida, con todo este lío. —Estiro el brazo y cojo la caja que dejé caer al suelo, poniéndole el paquete delante—. Mira lo que te he traído.

Los ojitos de Gui, todavía hinchados y rojos por el llanto, se abren de par en par. Mira la foto del coche deportivo eléctrico impresa en la caja, brillante, enorme y lleno de botones, y la boca se le queda abierta formando una «O» perfecta de asombro.

—¡Un coche grande! ¿Es para mí? —pregunta maravillado, pasando las manitas por la caja de cartón como si estuviera tocando la cosa más irreal y valiosa del mundo.