Capítulo 2
Miro fijamente a mi madre, que sigue hablando de su dolor de espalda y de todo lo que se ha sacrificado para mantenernos. Sí, le duele la espalda, ¡pero no es nada grave! Nada que le impida trabajar.
Siempre intento metérmelo en la cabeza. Muchas veces siento pena por ella, por todo lo que hizo y hace por mí y por Nico, pero después vuelvo a la realidad y veo que todo es chantaje emocional, que lo hace para utilizarme.
Estoy segura de que no trabaja tanto precisamente para hacerme pagar por todo lo que hizo por mí.
Porque en cuanto empecé a trabajar, cambió su horario, redujo sus horas y dejó uno de sus empleos.
Y cada vez que intento hablar de que necesitamos trabajar, empieza a echarme en cara que siempre trabajó por mí, que tiene dolores por mi culpa y por la de Nico...
Hay veces que ni siquiera arregla la casa, porque ya hace bastante cuidando de mi hijo.
Intento aferrarme a esos pensamientos, intento no sentirme culpable, pero soy tan idiota que ahora está derramando lágrimas y yo me siento mal, porque sé cuánto ha hecho por mí.
¿Soy una egoísta? ¿Mi madre me ha ayudado tanto y yo quiero exigirle algo?
¡No! ¡Safira es tóxica! Hace esto porque sabe que soy demasiado buena para enfrentarme a mi propia madre. ¡Me utiliza!
—Tengo que ducharme —le doy la espalda.
—Jade, te quiero —oigo sus sollozos mezclados con el llanto—. Te quiero muchísimo. Es que todo es tan difícil para mí... —solloza—. Tu padre se marchó y yo me quedé completamente perdida...
—Tengo que irme...
—No quiero que estés enfadada conmigo. Somos una familia, tenemos que apoyarnos...
—¡No quiero seguir hablando! —levanto la voz—. Ya basta de discutir, tengo que trabajar.
O, mejor dicho: tengo que encontrar una salida.
Voy al salón, cojo a Nico en brazos y me lo llevo a mi habitación, dejando atrás el drama de mi madre.
Siento a mi hijo en la cama.
—¿Por qué llora la abuela?
—Porque siempre llora —me encojo de hombros—. ¿Qué habíamos acordado?
—Estarme quieto.
—Buen chico —le beso la frente—. Si te manda comer, intenta comerte por lo menos la mitad, ¿vale? —asiente—. Tengo que irme. Si grita, no le hagas caso. Tu abuela no sabe hablar bajito.
Todos los santos días es lo mismo. Repito las mismas cosas intentando que Nico no cometa errores, es decir, que no estrese a mi madre. Ella nunca le ha gritado. Cuando están juntos, recuerdo cómo era mi madre cuando era normal, pero siempre es mejor prevenir.
Safira se comporta con normalidad con su nieto y no muestra ni rastro de extremismo religioso con él. Incluso le habla de Dios y de religión, pero no le transmite esas barbaridades suyas de juzgar a todo el mundo y gritar que todo es pecado.
Aun así, prefiero darle esas instrucciones para que no irrite a mi madre.
—A mí no me grita —dice—. Solo a ti.
—¿Te explica por qué? —pregunto y él niega con la cabeza—. Tu abuela no sabe hablar con adultos, solo con niños, por eso me grita a mí.
—No te gusta...
—Lo odio —intento sonreír—. Pero tu abuela es así —le beso la mejilla—. Mamá llegará más tarde hoy, ¿vale? —asiente—. Te quiero. Todo lo que hago es por ti.
Trago saliva, intentando no llorar, porque ahora ya está decidido.
Ayer llegué a casa desesperada, prácticamente llorando de rabia por haber pensado en convertirme en stripper.
Estaba resignada a que no trabajaría allí ni tendría dinero, a que tendría que recorrer otra vez la ciudad buscando empleo y, posiblemente, trabajar en otra ciudad y estar todavía más lejos de mi hijo.
Pero ahora estoy motivada.
Y ya no se trata de mantener la casa. No puedo seguir viviendo así. Vivir pensando que mi madre está equivocada y, después, creer que no se merece nada de esto, que me quiere y que debo mantenerla porque me ayuda, aunque sé perfectamente que todo es chantaje emocional.
Una relación abusiva entre madre e hija.
Parpadeo, intentando alcanzar un equilibrio emocional que estoy muy lejos de tener.
¡A la mierda! No quiero ser un objeto sexual; solo pensarlo me da asco, pero así podré ganar dinero. Y podré dejar de preguntarme si mi madre es buena o está loca.
Mariana podría ayudarme, claro que lo haría, pero no quiero que ella y su marido me mantengan.
Porque el problema seguiría siendo el mismo.
Y sé perfectamente que Mari no tiene ningún trabajo que ofrecerme: en su casa y en la de Pedro ya hay empleados; si me contratara, tendrían que despedir a alguien.
Y conozco a Mariana lo bastante bien como para saber que se inventaría un puesto solo para ayudarme y hasta me organizaría un horario para que pudiera cuidar de Nico, lo que nos devolvería al mismo punto: que Mariana y Pedro me mantuvieran.
Prefiero hacerlo sola. Claro que, si no lo consigo, no rechazaré ayuda, pero primero lo intentaré por mi cuenta.
Sonrío, ahora esperanzada y llena de determinación.
Conseguiré dinero y encontraré fuerzas precisamente en la persona que quiere volverme loca. La fuerza vendrá de mi madre.
La fuerza de voluntad para librarme de esta vida completamente tóxica a su lado.
Cada día que pasa siento que gano menos que el anterior. La propina de hoy solo me dará para comprar diez panes y dos paquetes de leche en polvo, de la más barata, que sabe fatal, como a producto químico.
La clientela sigue bajando. Han abierto una cafetería/restaurante enfrente de donde trabajo, con precios más bajos, y la gente está yendo a probar la novedad. El jefe incluso está pensando en hacer promociones y cosas así.
Solo puedo lamentarme al comprobar que voy a necesitar el club.
Guardo el dinero en mi enorme bolso, junto con la bolsa del pan y los paquetes de leche. En la mochila llevo la ropa.
Estoy en la estación de tren, más concretamente en el baño, esperando a reunir el valor suficiente para empezar a arreglarme.
—Puedes hacerlo, Jade —me miro en el espejo—. Ya no es por ti, Nico y Safira. Ahora es por ti y por tu hijo. Piensa en la libertad de que él pueda jugar sin Safira gritándome, sin que mi hijo tenga que vivir en esta locura que ella ha creado.
A veces pienso en mi padre. Cuando Mari me habló del suyo, recordé al mío.
Me pregunto si me quiere, si piensa en mí, si me libraría de Safira...
Después de que se marchara, nos fuimos del otro Estado y vinimos aquí.
No sé si lo sabe, si alguna vez me buscó...
Lo recuerdo. Era maravilloso y siempre jugaba conmigo.
Mi madre era seria, no estaba loca. Yo pensaba que hacían una pareja perfecta hasta que él se largó.
Ya no soportó las locuras de mi madre, que no hacían más que empeorar.
Entonces pienso que me da igual. Aquel hombre huyó de mi madre sabiendo lo loca, extremista y posesiva que se estaba volviendo, y me dejó atrás con ella...
Y Safira nunca me abandonó.
Golpeo la encimera del lavabo, furiosa conmigo misma por volver a verla como mi salvadora y llegar otra vez a la conclusión de que quizá estoy siendo egoísta con mi madre.
—Buenas noches —miro hacia un lado, a la mujer que acaba de entrar en el baño con su hija.
—Buenas —respondo, agradeciendo mentalmente que haya aparecido, porque así se termina mi tortura de pensamientos.
Me miro en el espejo, respiro hondo y entro en uno de los cubículos del baño con todos mis trastos. Me cambio de ropa y me pongo el mismo vestido de la otra vez, porque no tengo dinero y tampoco lo gastaría en otro. Pero, si paso la prueba, tendré que comprar algo más sexy.
Mis bragas ni siquiera son un tanga de hilo, de encaje ni nada por el estilo. Son sensuales, pero tampoco demasiado. ¡Ni siquiera tengo dinero para comprar bragas!
—¡Ayúdame, Señor! —pienso en voz alta—. Aunque... ¿estoy pidiéndole ayuda para pecar?
¡Para, Jade! ¡Deja ya de pensar así!
Salgo del cubículo y encuentro a dos chicas delante del espejo, maquillándose. Me pongo a su lado y saco el maquillaje que Mari me regaló hace unos meses para ocultar las ojeras.
Después de mi tercer intento, por fin consigo hacerme un maquillaje decente. Lo guardo todo en la mochila, respiro hondo y salgo del baño.
¡Jade, no decepciones!
¡Lo voy a conseguir!
¡Conseguiré ese puesto en el club!
Después de entregar mi mochila y mi bolso a la chica de recepción, me pongo los zapatos de tacón.
Ahora me preocupa no llevar el móvil conmigo.
Está prohibido entrar en el club con aparatos electrónicos porque podrían grabar vídeos o hacer fotos, y todo tiene que ser muy discreto.
Me inquieta no poder recibir una llamada de mi madre si Nico necesita algo, aunque en muchos trabajos normales también está prohibido usar el móvil.
—El jefe todavía no ha llegado —miro a la chica que está a mi lado—. Pero has venido a hacer la prueba, ¿verdad? —asiento—. Ha pedido que te lleve abajo para que veas el club y lo conozcas un poco mejor.
—Pero la prueba será como la última, ¿no? —pregunto, notando cómo empieza a invadirme el pánico. No quiero hacerla delante de todo el mundo.
¿Y me tranquiliza más que sea delante de ese tal Ander?
¿Y por qué estoy nerviosa si he venido precisamente a desnudarme delante de todo el mundo?
¿Por qué me he metido en esto?
—Normalmente se hace una prueba antes de entrar a trabajar en el club —empieza a explicarme la chica—. En tu caso, creo que la harás con él, igual que la otra vez.
—¿Entonces los otros hombres participan en la contratación?
Sé que reprime una sonrisa.
—Bueno, hay que ver a la chica nueva, ¿no? —se encoge de hombros—. El jefe no siempre está por aquí. Aquel día estaba y hoy también estará. Entonces, ¿bajamos?
Miro al frente, tomo más aire y respondo:
—Vale, bajemos.
La chica me acompaña hasta las escaleras. De momento solo oigo música baja, voces dando órdenes y gente riéndose.
—Todavía no hemos abierto —explica—. Pero ya puedes hacerte una idea del ambiente que habrá aquí.
Nos detenemos delante de las escaleras y miro el enorme espacio. Hay más de veinte mujeres aquí y, pese a la escasa iluminación, noto que parecen preciosas, todas distintas: varias etnias, cuerpos diferentes, ropa diferente... No es algo tan uniforme como imaginaba.
Imaginaba mujeres llenas de silicona y muy sexys, algo vulgar, la verdad.
Son preciosas, pero nada de aquello es exagerado.
—¿Te sorprende algo? —pregunta la chica a mi lado.
—Solo imaginaba que sería diferente —murmuro.
—¿Sexo al aire libre?
—No, solo... —busco las palabras—. En las películas enseñan otra cosa. Enseñan prótesis de silicona exageradas.
Se ríe de lo que he dicho y la miro.
—Las hay operadas, llenas de retoques; también hay mujeres consideradas normales, delgaditas, gorditas, con mucho pecho, con culazo... Hay para todos los gustos. Solo hay que elegir.
—¿Los clientes son hombres y mujeres?
—Sí, hasta vienen parejas.
—Bueno, yo no voy a ser prostituta.
—Eso dicen todas, cariño —me aprieta el hombro—. Después, cuando ven la oferta delante de sus narices, todas cambian de opinión. Al fin y al cabo, solo es sexo.
Solo sexo... ¡Ah, claro! Si ya quiero llorar y salir corriendo solo por desnudarme, ¿os imagináis por sexo?
Solo estoy aquí por pura desesperación. Si no estuviera desesperada y no tuviera un hijo, haría la maleta y buscaría trabajo en cualquier otra ciudad o Estado. Pero, teniendo un niño pequeño, necesito una solución rápida.
En cuanto consiga una buena cantidad de dinero, me iré de aquí y viviré mi vida normal, bien lejos, para olvidar que un día fui una... Una... ¿Una puta?
—Siéntate allí —la chica señala un banco detrás de la barra.
Ahora me doy cuenta de que ni siquiera sé cómo se llama—.
Dentro de poco empezará el espectáculo y, como no eres una de las chicas del club, será mejor que te quedes escondida para no llamar la atención de los clientes.
Cuando llegue el jefe, vendrán a buscarte.
—¿Puedo pedirte un favor? —ella asiente—. ¿Trabajas arriba? —vuelve a asentir—. Si suena mi móvil y aparece el nombre «Safira» en la pantalla, ¿puedes avisarme?
—¿Es alguien de tu familia? —pregunta.
—Sí, podría ser algo importante —como aquella vez que Nico acabó en el hospital por una fiebre muy alta.
—Es bastante habitual por aquí. Chicas con una vida normal que necesitan estar pendientes de alguna llamada urgente. No te preocupes, te avisaré si llama Safira. Buena suerte.
—Gracias.
Voy a necesitar muchísima suerte.