La falsa novia del CEO CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La Decisión De Ir

Las manos le temblaban mientras se quitaba el delantal de la mañana —todavía lo llevaba puesto, se dio cuenta con una punzada de absurdo, como si una parte de ella se hubiera quedado atrapada en la rutina de la panadería aunque el resto ya estuviera a kilómetros de allí, en una habitación con Priya y una laptop y una verdad que le había reordenado el mundo entero en cuestión de minutos.

—Necesito cambiarme —dijo, más para sí misma que para Priya, y ya estaba caminando hacia su habitación.

—Claire.

Se detuvo en el umbral. Priya la miraba desde la mesa del comedor, todavía con la laptop abierta frente a ella, con una expresión que Claire no supo leer del todo: preocupación, sí, pero también algo parecido al orgullo, como si estuviera presenciando algo que llevaba tiempo esperando ver.

—¿Qué?

—Solo quiero que estés segura. —Priya se puso de pie despacio, cruzando los brazos—.

No de que tienes razón. De eso ya no hay duda, tengo los correos delante de mí.

Quiero que estés segura de que vas por ti.

No porque te sientas culpable, no porque creas que se lo debes, sino porque de verdad quieres ir.

Claire abrió la boca para responder algo automático — claro que voy por mí, ¿por qué otra cosa sería? — pero se detuvo. La pregunta de Priya no era retórica. Y merecía, después de todo lo que había pasado en los últimos días, una respuesta real.

Cerró los ojos un instante. Dejó que la pregunta se asentara en algún lugar más profundo que el pánico de las últimas horas, más profundo que la vergüenza de haber salido corriendo de la oficina de Nate sin dejarlo terminar una frase.

Y ahí, debajo de todo eso, encontró la respuesta. Simple. Sin adornos.

—Voy porque lo quiero —dijo, y la frase le salió con una claridad que la sorprendió a ella misma—.

No porque tenga pruebas. No porque me sienta mal por haberme equivocado.

Voy porque durante estos cuatro días he estado tan ocupada protegiéndome de que me volvieran a hacer daño que ni siquiera me detuve a preguntarme qué es lo que yo realmente quería hacer.

Y lo que quiero, Priya, es no pasarme el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si hubiera ido.

Algo en el rostro de Priya se suavizó.

—Esa es la respuesta correcta.

—Lo sé. —Claire respiró hondo, y por primera vez en cuatro días sintió que el aire le llegaba entero a los pulmones—. Voy a cambiarme.

Entró en su habitación y se paró frente al armario abierto, mirando la ropa colgada sin verla realmente durante unos segundos.

Pensó en Marcus. Pensó en la humillación silenciosa de haberse enterado, por terceros, de que su compromiso ya no significaba nada, y en cómo esa humillación se había convertido, con los años, en una regla no escrita que gobernaba cada decisión que tomaba desde entonces: nunca te quedes esperando explicaciones.

Vete primero. Que no te encuentren ahí, rota, delante de nadie.

Esa regla la había mantenido a salvo durante nueve años. También la había mantenido sola.

Sacó del fondo del armario el único vestido que tenía verdaderamente elegante —azul oscuro, sencillo, el que Nate le había regalado para la gala de la semana anterior a la que ella nunca terminó de decidir si asistir por rencor o por orgullo—.

Lo sostuvo un momento entre las manos, sintiendo el peso simbólico de la elección tanto como el peso real de la tela.

No se lo estaba poniendo para complacer a nadie. Se lo estaba poniendo porque, por primera vez en años, iba a entrar a un lugar lleno de gente que la miraría con curiosidad o con desdén, y no iba a hacerlo escondida ni disculpándose por existir. Iba a hacerlo de frente.

Se vistió con manos que todavía temblaban, pero que ya no dudaban.

Se recogió el pelo con rapidez, sin la meticulosidad de otras veces, porque lo que importaba esta noche no era la perfección del peinado sino llegar a tiempo.

Se miró un instante en el espejo del pasillo —los ojos aún enrojecidos, el rostro pálido, pero algo en la postura distinto, más firme, como si la decisión misma le hubiera enderezado la columna— y decidió que así, exactamente así, era suficiente.

Cuando volvió a la sala, Priya ya tenía las llaves de su auto en la mano.

—Conduzco yo —dijo, sin dejar espacio a discusión—. Tus manos todavía tiemblan demasiado, y necesito que llegues entera, no estrellada contra un poste en la Quinta Avenida.

Claire no discutió. Tomó su bolso, metió el teléfono, y en el último segundo, casi por instinto, guardó también una copia impresa de dos de los correos que Priya había conseguido —los más directos, los que no dejaban espacio a la duda—, doblados con cuidado dentro de un sobre.

No sabía todavía qué iba a hacer con ellos.

Solo sabía que necesitaba tenerlos cerca, como una prueba física de que no llegaba con las manos vacías, de que esta vez no estaba corriendo hacia una pelea a ciegas sino hacia una conversación con los ojos completamente abiertos.

En el ascensor del edificio, mientras bajaban, Priya le apretó el brazo con suavidad.

—¿Sabes lo que más me impresiona de todo esto?

—dijo, mirándola de reojo—. Que hace cuatro días saliste corriendo de esa oficina jurando que jamás volverías a confiar en un hombre rico.

Y ahora estás a punto de meterte en una sala llena de exactamente ese tipo de gente, sabiendo que puede volver a dolerte, y vas de todos modos.

—No es que ya no tenga miedo —dijo Claire, mientras las puertas se abrían al vestíbulo—. Es que decidí que el miedo ya no va a decidir por mí.

El trayecto hasta el salón donde se celebraba el evento —un hotel del centro, uno de esos edificios de fachada clásica y interior reformado con la frialdad exacta que Claire ya reconocía como el idioma visual del mundo de Nate— duró apenas veinte minutos, pero a Claire le parecieron una hora entera.

Miraba por la ventana sin ver realmente la ciudad pasar, repasando mentalmente lo que iba a decir, descartando cada versión por sonar demasiado ensayada, demasiado desesperada, demasiado poco ella misma.

—Deja de intentar preparar un discurso —dijo Priya, sin apartar la vista de la carretera, como si le hubiera leído el pensamiento—. No vas a un juicio. Vas a decirle la verdad. Y la verdad no necesita guion.

Claire soltó una risa breve, temblorosa, pero real.

—¿Desde cuándo eres tan sabia?

—Siempre lo he sido. Tú solo nunca me escuchas a tiempo.

El comentario, aunque hecho con cariño, le dolió con la precisión exacta de una verdad innegable.

Claire dejó que el dolor la atravesara sin resistirse, porque por primera vez en días no sintió la necesidad de defenderse de él.

Había pasado nueve años huyendo antes de escuchar el final de las frases.

Esta noche, se prometió, iba a quedarse hasta el final, sin importar lo que costara.

El auto se detuvo frente a la entrada del hotel, donde una fila discreta de autos de lujo dejaba pasajeros vestidos de gala bajo la luz cálida de la marquesina. Claire vio, más adelante en la acera, un pequeño grupo de fotógrafos ya posicionados, cámaras listas, esperando el momento del anuncio.

El corazón le dio un vuelco.

—Ya empezó —dijo, con la voz apretada—. O está a punto de empezar.

—Entonces no hay tiempo que perder. —Priya se estiró y apretó su mano una última vez—. Ve. Yo te espero aquí, cerca, por si me necesitas. Pero esto, lo que va a pasar ahí adentro, es tuyo, Claire. Solo tuyo.

Claire asintió, incapaz de encontrar palabras suficientes para agradecerle todo lo que Priya había hecho en las últimas horas —las llamadas, las pruebas, la insistencia terca de no dejarla desmoronarse sola—.

En vez de eso, la abrazó con fuerza durante un segundo, respirando hondo el perfume familiar de su amiga como quien busca, por última vez antes de saltar, un ancla conocida.

—Gracias —susurró.

—Ve —repitió Priya, empujándola suavemente hacia la puerta—. Antes de que te arrepientas.

Claire bajó del auto. El aire de la noche le golpeó el rostro, frío y cargado del murmullo distante de la gente que ya se congregaba dentro, del brillo de los flashes que empezaban a dispararse hacia alguien que acababa de llegar, del sonido amortiguado de una orquesta afinando los últimos compases antes de que comenzara oficialmente la velada.

Cruzó la acera con el sobre apretado contra el pecho, sintiendo bajo los tacones el mismo temblor que llevaba sintiendo toda la tarde, pero avanzando de todos modos, un paso después de otro, negándose por primera vez en su vida a dejar que el miedo eligiera por ella el camino de vuelta.

Las puertas del hotel se abrieron frente a ella, doradas y enormes, dejando escapar un fragmento de música y de voces superpuestas, el rumor inconfundible de un evento que ya había comenzado.

Claire respiró hondo una última vez.

Y entró.