La falsa novia del CEO CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Después

Claire llevaba tres días levantándose antes de que saliera el sol.

No era insomnio, exactamente. Era algo más parecido a rendirse ante la idea de dormir, aceptar que las horas entre las cuatro y las cinco de la madrugada iban a encontrarla despierta de todas formas, con los ojos abiertos hacia el techo de su apartamento, repasando conversaciones que ya no podía cambiar.

Así que dejaba de fingir. Se levantaba, se vestía en la oscuridad, y caminaba las seis cuadras hasta Rivermill mientras la ciudad todavía dormía, porque al menos allí, entre el calor de los hornos y el ritmo mecánico de amasar, sus manos tenían algo que hacer que no fuera pensar en él.

Encendió el horno grande a las cuatro y media.

Empezó con el pan de centeno, después las baguettes, después la masa madre que su madre había mantenido viva durante quince años y que Claire trataba ahora con el mismo cuidado obsesivo con el que trataba todo lo demás en su vida cuando algo se le rompía por dentro: manos ocupadas, mente en blanco, no pensar, no pensar, no pensar.

No funcionaba del todo. Pero funcionaba lo suficiente para llegar hasta el mediodía.

—Vas a hacerte daño si sigues así —dijo Dana, la empleada que llevaba dos años en la panadería, observándola desde la puerta de la cocina con los brazos cruzados y esa mirada que Claire ya había aprendido a esquivar—. Llevas tres días haciendo el triple de pan del que vendemos.

—Mejor que se venda de más a que falte.

—Claire.

—Estoy bien, Dana.

—No lo pregunté.

Claire no levantó la vista de la masa que tenía entre las manos, presionando con más fuerza de la necesaria, sintiendo el ardor familiar en los antebrazos que al menos era un dolor que podía entender, uno que tenía una causa clara y una solución conocida.

No como el otro. El otro no tenía ni causa clara ni solución, solo una herida que se abría cada vez que alguien mencionaba su nombre, o peor, cada vez que alguien no lo mencionaba y ella lo pensaba de todas formas.

Una clienta habitual, la señora Ferris, entró un poco después de las siete, con su pedido de siempre y esa sonrisa amable de quien ha visto crecer a alguien desde niña.

—¿Cómo estás, cariño? Te veo un poco cansada.

Claire se obligó a sonreír. Le entregó el pan, cobró, dijo algo sobre el clima que ni siquiera recordaría diez minutos después.

Funcionó. La señora Ferris se fue satisfecha, sin saber que detrás del mostrador Claire había estado conteniendo, con la precisión de años de práctica emocional, la necesidad física de llorar delante de una clienta a las siete de la mañana.

Priya llamó dos veces esa tarde. Claire dejó que sonara hasta el buzón de voz las dos veces, porque sabía exactamente lo que su amiga iba a preguntarle, y todavía no tenía una respuesta que no implicara desmoronarse.

No es que Priya fuera a juzgarla. Era justo lo contrario: Priya iba a mirarla con esa compasión insoportable, esa que veía a través de cualquier fachada de normalidad, y Claire no estaba preparada para que nadie viera lo que había debajo.

Porque lo que había debajo no era solo tristeza por un contrato que había terminado antes de tiempo.

Era la certeza, humillante y completa, de que había dejado de fingir hacía semanas.

De que cuando firmó aquel contrato pensaba que sabría dónde trazar la línea entre la actuación y lo real, y en algún punto —quizás la noche del primer beso en el escenario, quizás mucho antes, en alguna de esas discusiones absurdas sobre nada que terminaban con los dos riéndose sin querer— esa línea había desaparecido por completo, y ella ni siquiera lo había notado hasta que fue demasiado tarde para protegerse.

Y entonces él había elegido aparecer en el compromiso de Natalie. Sin llamarla. Sin explicarle nada. Exactamente como lo había hecho su ex, años atrás, cuando decidió que el dinero y el apellido correcto pesaban más de lo que ella podía ofrecerle.

Claire cerró la caja registradora con más fuerza de la necesaria.

No. No iba a pensar en eso ahora. Tenía masa que hornear y un negocio que salvar, y esas dos cosas eran reales, tangibles, cosas que podía controlar con sus propias manos, a diferencia de un corazón que se negaba obstinadamente a escuchar razones.

Cerró la panadería a las ocho, sola, como llevaba haciendo tres noches seguidas, y se quedó un momento de pie en la acera vacía, mirando el letrero desgastado de Rivermill iluminado apenas por la farola de la esquina.

Pensó, brevemente, en sacar el teléfono.

En escribirle algo. En preguntarle por qué.

No lo hizo.

Volvió a casa caminando, sola, y se dijo a sí misma, como llevaba diciéndose tres días seguidos, que esto también pasaría.

Al otro lado de la ciudad, en el piso cuarenta de la Torre Ashford, Nate llevaba la misma corbata que se había puesto esa mañana hacía catorce horas, aflojada ahora alrededor del cuello, y la misma sensación de estar librando una guerra que ya había perdido sin que nadie se lo hubiera dicho todavía en voz alta.

Sobre su escritorio había tres carpetas abiertas: la primera, un análisis legal de las cláusulas de confidencialidad que sus abogados habían redactado apresuradamente para intentar contener cualquier filtración a la prensa.

La segunda, un memorando interno sobre posibles compensaciones financieras a Victor Hale, una oferta que su equipo de finanzas había calificado, con una franqueza brutal, de "insuficiente para disuadir a alguien que ya no busca dinero, sino control.

" La tercera, la más delgada de las tres, contenía apenas una hoja: una lista de nombres, contactos suyos en tres periódicos financieros distintos, gente a la que podría llamar para adelantarse a cualquier filtración con su propia versión de los hechos, controlada, editada, favorable.

Ninguna de las tres carpetas mencionaba a Claire. Ese era, precisamente, el problema.

Llevaba días encerrado en esa misma estrategia: contener, calcular, negociar en privado, aparecer donde su padre necesitaba que apareciera, decir lo que Victor necesitaba escuchar, todo con la esperanza silenciosa de que si jugaba sus cartas con suficiente precisión, podría resolver esto sin que Claire tuviera que enterarse de cuánto había estado en juego, sin que tuviera que cargar con el peso de una amenaza que nunca debió haber sido suya.

Se decía a sí mismo que era protección. La misma palabra que usaba siempre. La misma palabra que, en algún rincón que todavía se negaba a examinar del todo, sabía que también era una forma conveniente de evitar la conversación que de verdad tenía que tener.

Había ido a la panadería una vez, dos noches atrás.

Se había quedado en el coche, al otro lado de la calle, viendo la luz encendida detrás del mostrador, viendo la silueta de Claire moviéndose entre los estantes con esa determinación mecánica que él reconocía perfectamente porque también era la suya.

No había bajado del coche. No había tocado la puerta.

Se había quedado allí veinte minutos, con las manos apretando el volante, y después había vuelto a la Torre Ashford, convencido de que aparecer sin una solución completa solo empeoraría las cosas.

Era mentira, por supuesto. Pero era una mentira cómoda, y Nate llevaba toda la vida siendo experto en mentiras cómodas cuando la verdad resultaba demasiado difícil de decir en voz alta.

Su teléfono vibró sobre el escritorio. Un mensaje de su asistente legal, enviado con la urgencia seca característica de alguien que sabía exactamente cuánto pesaba cada palabra.

Necesitamos hablar de inmediato. Nueva información sobre Victor Hale.

Nate marcó el número sin dudar.

—Dime.

—Uno de nuestros contactos en Hale Holdings nos ha pasado información —dijo la voz al otro lado, tensa, apresurada—. Victor no está esperando la respuesta a su ultimátum, Nathaniel. Ya la tiene. Sabe que cumpliste, que apareciste en el compromiso de Natalie tal como exigió.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Hubo una pausa breve, del tipo que Nate había aprendido a temer en años de negociaciones difíciles, porque siempre precedía a la peor parte de cualquier noticia.

—El problema es que va a exponer todo de todas formas. El contrato, las fotografías, la cláusula de terminación... todo. Ha estado preparando el material para entregarlo a la prensa esta misma semana, independientemente de que hayas cumplido o no con su exigencia.

El silencio que siguió pareció durar mucho más de lo que realmente duró.

—Eso no tiene sentido —dijo Nate finalmente, con la voz más baja de lo que pretendía—. Cumplí. Hice exactamente lo que pidió.

—Al parecer, ya no le basta con la garantía del compromiso, Nathaniel.

Nuestra fuente cree que Victor quiere asegurarse de que no exista ninguna posibilidad de que tú y la señorita Bennett vuelvan a tener contacto en el futuro.

Cree que exponer todo ahora, públicamente, de forma irreversible, es la única manera de garantizar que eso no vuelva a suceder.

Nate cerró los ojos. Sintió, con una claridad helada que le recorrió el cuerpo entero, que cada estrategia que había estado construyendo en silencio durante los últimos días —cada carpeta sobre ese escritorio, cada llamada discreta, cada intento de contener el daño sin involucrar a nadie más— acababa de desmoronarse en un instante, sin previo aviso, exactamente de la misma manera en que él mismo había estado a punto de desmoronar la vida de Claire sin decírselo jamás.

—¿Cuándo? —preguntó, aunque una parte de él ya sabía que la respuesta no iba a darle ningún consuelo.

—Pronto. Días, no semanas. Tal vez menos.

Nate colgó sin despedirse, y se quedó de pie en medio de su oficina vacía, rodeado de carpetas que ya no servían para nada, comprendiendo, demasiado tarde, que el silencio que había elegido para protegerla no la había protegido en absoluto.

Solo le había quitado el tiempo que ambos ya no tenían.