La Falsa Esposa del Magnate Arrogante Capítulo 17
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Capítulo 17

Sophie

El escándalo con Fiorella había sido sofocado gracias a la precisión de los abogados de Maxwell Group, lo que había apaciguado la euforia de los tabloides, pero el polvo que se había asentado en la empresa parecía haberse acumulado por completo sobre mis hombros.

Me había metido de cabeza en una rutina que rozaba la locura.

Durante el día, era la secretaria esposa perfecta.

Por las noches, me encerraba en el estudio que Logan me había montado en el ático y pintaba hasta que me dolían los dedos y me ardían los ojos, corriendo contra el reloj para terminar los últimos cuadros de mi exposición.

Era mi mecanismo de defensa. Si estaba demasiado cansada, no necesitaba pensar. No necesitaba sentir.

Y, sobre todo, no necesitaba enfrentarme a la turbulenta confusión en la que me había convertido en los últimos días.

—Vas a romper la tela si sigues tirando así —la voz de mi madre me devolvió a la realidad.

Parpadeé, enfocando la vista. Estaba parada en medio de una boutique de alta costura en el Upper East Side, sujetando la percha de un vestido de seda azul con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

—Perdona —murmuré, soltando la tela fina y alisándola con cuidado—. Es que estoy distraída.

Mi madre me evaluó de una manera que parecía leerme el alma.

Estaba sentada en un sofá de terciopelo rosa desde donde observaba el perchero de ropa.

Logan había insistido en que me comprara un vestido nuevo y exclusivo para la gala benéfica de Maxwell Group el próximo fin de semana.

Un evento de alto nivel donde toda la alta sociedad de Nueva York vigilaría cada paso de la nueva pareja.

—Estás trabajando demasiado, Sophie —dijo, levantándose y acercándose a mí—. Desde que volviste de esa luna de miel en Italia, pareces una cuerda de violín a punto de romperse. ¿Logan te está presionando en el trabajo?

—No. Logan ha sido… comprensivo. Demasiado, incluso —respondí, y una punzada de culpa me atravesó el pecho.

No era mentira. Logan estaba cumpliendo su palabra al pie de la letra.

En aquel enorme ático, éramos como dos planetas orbitando en el mismo sistema, pero sin llegar nunca a chocar.

Compartíamos la misma cama king-size todas las noches por pura necesidad, pero una línea invisible e infranqueable cortaba el colchón por la mitad.

Sin roces. Sin tonterías. Solo el sonido de su respiración en la oscuridad y el aroma a sándalo y colonia cara que parecía impregnar mis sábanas y mis pensamientos.

El problema no era Logan. El problema era yo.

Algunas madrugadas, cuando el silencio del apartamento se volvía demasiado denso, me encontraba mirando fijamente su espalda ancha contra la penumbra.

Y, que Dios me ayude, lo echaba de menos.

Echaba de menos el calor de sus manos en mi cintura, la urgencia de sus besos aquella noche, la arrolladora ilusión de que, durante unas horas, yo era suya y él era mío.

Pero me obligaba a cerrar los ojos y tragarme el deseo.

Enamorarse del hombre que iba a firmar mi divorcio en menos de un año era un billete de ida a la destrucción emocional.

Había visto lo que el abandono le hizo a mi madre cuando mi padre se fue.

Yo no cometería ese mismo error. El contrato era mi escudo, y lo necesitaba intacto.

—¿Sophie? ¿Me estás escuchando?

—Sí, mamá. Perdona. Es que yo solo…

Antes de que pudiera terminar la frase, el techo de la boutique pareció inclinarse hacia un lado.

Una oleada repentina de calor me subió por el cuello, seguida de un mareo tan violento que me flaquearon las piernas.

El vestido azul se escurrió de mis manos y di un paso en falso hacia atrás, extendiendo el brazo a ciegas hasta encontrar la barra del perchero de metal para no caer al suelo.

Mi estómago dio una vuelta completa, una náusea ácida subiéndome por la garganta, haciendo que se me llenara la boca de agua.

—¡Sophie! —el tono de voz de mi madre cambió al instante de tranquilo a alarmado.

Me sujetó por los brazos, ayudándome a dar los dos pasos necesarios hasta el sofá de terciopelo.

Me desplomé en él, apoyando los codos en las rodillas y bajando la cabeza entre las piernas, intentando hacer que la sangre volviera a mi cerebro.

El mundo a mi alrededor parecía amortiguado, como si estuviera bajo el agua.

—¡Señorita, por favor, un vaso de agua! ¡Rápido! —oí a mi madre llamar a la dependienta.

Unos segundos después, un vaso de cristal con agua fría fue colocado en mis manos temblorosas. Di unos sorbos lentos. El choque térmico del agua fría ayudó a anclar mis sentidos. El sudor frío de mi nuca empezó a evaporarse y la habitación dejó de girar.

—Dios mío, estás pálida como un fantasma —dijo mi madre, arrodillándose delante de mí y cogiendo mis manos. Estaban heladas—. ¿Qué ha sido eso? ¿Tienes dolor? ¿Quieres que llame a Logan o a una ambulancia?

—¡No! No, por el amor de Dios, no llames a Logan —respondí demasiado deprisa, y la mención de su nombre hizo que mi corazón se acelerara de una forma que no tocaba.

Respiré hondo, intentando forzar una sonrisa tranquilizadora—.

No es nada, mamá. No te preocupes. Es solo…

la tensión baja. No he desayunado bien y me pasé la noche en vela terminando un cuadro.

Súmale el cansancio y el cuerpo pasa factura. Ya estoy bien, de verdad.

Me bebí el resto del agua y dejé el vaso sobre la mesita auxiliar, intentando aparentar una compostura que definitivamente no tenía.

Mi madre no se movió. Seguía arrodillada allí, pero la expresión preocupada había desaparecido, dejando paso a una mirada analítica y perspicaz. El tipo de mirada que solo una madre que conoce cada milímetro del comportamiento de su hija es capaz de poner.

—¿La tensión baja? —repitió, con la voz cargada de una desconfianza que me dejó helada.

—Sí. Siempre me pasa cuando estoy muy estresada. Ya lo sabes.

Mi madre me soltó las manos despacio. Se levantó, cruzó los brazos y me miró desde arriba.

—Sophie… ¿cuándo fue la última vez que te vino la regla?

El aire me abandonó los pulmones con tanta fuerza que pareció como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Mi mente, que hasta un segundo antes iba lenta por culpa del mareo, se disparó a mil por hora.

—¿Qué? —intenté reír, pero el sonido salió agudo y claramente forzado—. Mamá, ¿de qué estás hablando? Eso… eso es imposible.

—¿Imposible por qué? —dio un paso al frente, arqueando una ceja—. Eres una mujer joven, sana y llevas semanas casada. ¿Por qué sería imposible, Sophie?

—¡Porque no, mamá! —me aclaré la garganta, levantándome del sofá para intentar recuperar la ventaja de la altura y demostrar una normalidad que se estaba desmoronando.

Recogí el vestido azul del suelo y lo colgué en el perchero con las manos todavía temblorosas—.

Nosotros… estamos centrados en el trabajo.

La empresa está pasando por una fusión enorme, mi exposición es dentro de nada…

El retraso debe de ser por el estrés, nada más.

—¿Entonces lleva retraso? —la trampa de mi madre se cerró con precisión.

Me mordí el interior de la mejilla, maldiciendo mentalmente mi propia falta de filtro.

—No lo sé, no he estado controlando las fechas con tanta exactitud estos días —mentí, sintiendo cómo me ardía la cara—. Pero te aseguro que no es eso. Olvídalo. Vamos a centrarnos en los vestidos, ¿vale? El azul es bonito, pero quizás debería probar un tono verde. ¿Qué te parece?

Intenté caminar hacia otro perchero, parloteando sobre cortes de sastrería y tejidos como si me fuera la vida en ello.

Mi madre suspiró, percibiendo claramente que estaba levantando mis muros, y decidió no tensar más la cuerda.

Me siguió, opinando sobre los colores, pero su silencio guardaba la promesa de que aquella conversación no había terminado.