Capítulo 48. La cuaderna
Joaquín colocó la maqueta reparada sobre la mesa del comedor. La quilla seguía ligeramente torcida, pero las cuadernas nuevas sostenían el casco sin obligarlo a fingir una línea recta.
—No la llevaste a la muestra —dijo Mara.
—Fui a verla. Había sitio de sobra.
—No he preguntado si había sitio.
Joaquín ajustó el audífono y pasó un dedo por la madera nueva. Había decidido quedarse con el barco hasta que el vecino eligiera qué hacer. No quería inscribirlo como suyo porque la mitad del trabajo pertenecía a una persona que ya no podía explicarlo.
Mara dejó sobre la mesa una caja de arroz que había comprado de camino. Joaquín examinó la etiqueta y dijo que había elegido la marca cara. Ella respondió que estaba de oferta. Ninguno comprobó el precio.
En la televisión, las noticias mostraron durante unos segundos el procesamiento de Berta Vives y la instrucción abierta contra Calatayud, Valls y Seguí. Joaquín bajó el volumen antes de que aparecieran imágenes de la falla.
—¿Terminó? —preguntó.
—La muerte de Alba está esclarecida. El procedimiento sigue.
—Nunca terminan a la vez.
Prepararon la cena. Joaquín se negó a dejar la maqueta en la cocina por el vapor y la trasladó él mismo hasta una estantería. Mara no intentó corregir la forma de sujetarla. A la mañana siguiente vendría el vecino a recogerla.
La cuaderna nueva quedó visible a través de una abertura del casco. No pertenecía al diseño original y no podía ocultarse sin desmontar otra vez el barco.
Joaquín no la tiñó para imitar la madera antigua. La reparación debía sostener el casco, no fingir que nunca se había roto.
El barco volvió a su dueño con la madera nueva a la vista.