La falla que no ardió (Casos de Mara Cid 5) Capítulo 20. Cuarenta y tres minutos
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Capítulo 20. Cuarenta y tres minutos

Las fotografías de la recepción no demostraban que Berta permaneciera allí. La primera la situaba junto a Mateu Valls a las nueve y cinco. La siguiente, ante el escenario, a las diez y dos.

La responsable de protocolo recordó que Berta había insistido en adelantar la primera fotografía, antes del saludo del concejal.

Llegó, dejó la chaqueta puesta y pidió que no esperaran a los demás patrocinadores.

Cuatro minutos después abandonó el salón.

La imagen acreditaba que estuvo allí a las nueve y cinco; su insistencia explicaba por qué luego intentó convertir ese instante en una noche completa.

La tarjeta del aparcamiento subterráneo registró una salida a las nueve y nueve y un regreso a las nueve y cincuenta y dos. El vehículo estaba a nombre de Llevant Escènic. Berta afirmó que lo utilizó una empleada para buscar material.

—¿Cuál? —preguntó Belda.

—No lo recuerdo. Dejé la llave en producción.

La llave llevaba una etiqueta con chip. El control interno del hotel detectó cuándo abandonó el armario de la recepción privada. La recogida se validó con la acreditación de Berta.

La distancia hasta Nau Dotze podía recorrerse en once minutos con poco tráfico. Aquella noche varias calles estaban cortadas; la ruta más rápida exigía diecisiete. Quedaban nueve minutos para entrar, discutir y regresar si los horarios eran exactos.

—No basta —dijo Mara al salir.

Belda asintió. La ausencia destruía una coartada, pero no probaba el homicidio.

Rubén colocó sobre la mesa un informe del sistema de apertura de Nau Dotze. La puerta de carga se accionó a las nueve y veintidós con el código general de Llevant. Cientos de empleados conocían ese código durante montajes. La puerta volvió a cerrarse a las nueve y cuarenta.

La pulsera de Alba dejó de registrar a las nueve y treinta. Si Berta llegó a las nueve y veintiséis, solo dispuso de cuatro minutos antes del primer golpe.

Guillem tampoco ocupaba esos minutos. Un ticket de carga, el tacógrafo de su furgoneta y dos trabajadores lo situaban en otro montaje hasta las nueve y treinta y ocho.

Aquello lo apartaba de la agresión, no de lo que ocurrió después: a las diez y seis quedó grabado comprando desengrasante con su tarjeta corporativa.

Mara revisó las horas. La pulsera podía haberse desajustado, la puerta podía quedar abierta o el vehículo podía no seguir la ruta calculada.

—Estamos intentando que los minutos elijan a la persona —dijo—. Que los minutos solo descarten lo imposible.