La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

James entra en mi despacho a media tarde con una noticia en la cara antes de abrir la boca, y yo, que llevo la vida leyendo caras, leo la suya en un segundo y me pongo de pie sin darme cuenta de que lo hago.

Es un reflejo nuevo, este de ponerme de pie cuando James entra, y lo noto con cierto asombro cada vez.

Durante años recibí a todo el mundo sentada, desde detrás del escritorio, porque quien recibe sentado a quien entra de pie marca sin palabras quién manda.

Con James se me ha roto la costumbre. Me pongo de pie sin querer, como se levanta uno ante lo que le importa, y hoy no ha sido por cortesía, sino porque su cara me ha dicho, antes que su voz, que trae peligro, y mi cuerpo ha reaccionado al peligro que le rodea a él como reaccionaría al que me rodea a mí.

Los he confundido. Su peligro y el mío son ya, para mi cuerpo, el mismo.

Marcus está conmigo, repasando los tres nombres que trajo, y levanta la vista también, porque la entrada de James ha cambiado la temperatura de la habitación.

—Lo tengo —dice James, y deja sobre mi escritorio una hoja con un nombre—. Edmund Thorne, vizconde de Ravenscroft. Es él quien financia a Merrick. Es él quien pagó el estilete. Lo he confirmado de su propia boca.

—¿De su propia boca? —Marcus se incorpora—. ¿Ha hablado con él?

—He hablado con él. —Y aquí James hace una pausa, y en esa pausa está todo lo que teme decirme—.

Me citó en el Museo Británico. Sabía quién era yo antes de que yo lo señalara.

Sabía lo del veneno, lo de la traducción, lo de que salvé a Vivienne.

Lo sabe todo. Me tendió el manuscrito como cebo para decirme, a la cara, que sabe que trabajo para ella, y para advertirme de que si no lo dejamos, repetirá el trabajo con más cuidado.

—Me mira, y en sus ojos hay una culpa que me duele verle—.

He fracasado en lo único que te importaba, Vivienne.

Fui a cazarlo sin que me viera, y me vio.

Le he confirmado, con mi visita, que existes, que me importas, y que hacerme daño a mí es la forma más limpia de hacértelo a ti. Te he vuelto a exponer. Lo siento.

Se hace un silencio.

Y en ese silencio ocurren, dentro de mí, dos cosas a la vez, y por primera vez en mi vida no consigo que la primera gane a la segunda.

La primera es la estratega. La estratega registra, con satisfacción fría, que acabamos de dar un salto enorme: tenemos el nombre, tenemos una confesión, tenemos a un enemigo que se ha descubierto por exceso de confianza.

Un vizconde que amenaza en un museo es un vizconde que se cree seguro, y los que se creen seguros cometen errores.

La estratega quiere sentarse ya a planear la caída de Ravenscroft, que ahora es cuestión de tiempo.

La segunda es la otra. La que llevo meses aprendiendo a tener.

Y la segunda no oye nada de lo que dice la estratega, porque está ocupada en una sola cosa, una que le borra todo lo demás: que James ha estado a solas, en una sala vacía, con el hombre que pagó por matarme.

Que ese hombre, culto y sonriente, ha mirado a James y ha decidido que hacerle daño es útil.

Que el hombre que amo ha caminado, sin escolta, dentro de la guarida del que envenena, y ha vuelto, esta vez, aunque podría no haber vuelto.

Me llega, con la fuerza de una ola, el catálogo de lo que podría haber pasado y no pasó, porque mi cabeza, entrenada para prever desastres, me los muestra ahora todos a la vez: James en esa sala, y un cuchillo en vez de un manuscrito; James en el camino de vuelta, y una barca esperándolo en el río; James confiado, culto, desarmado, frente a un hombre que ya ha matado por menos.

Cada escena me la sirve la imaginación con un detalle insoportable, y en cada una lo pierdo, y en cada una noto que perderlo no es una casilla más en mis cuentas de riesgo: es el fin de algo sin lo cual ya no sé estar.

La estratega calcula pérdidas aceptables toda su vida.

Y acaba de toparse con la primera que no acepta, que no negocia, que no encaja en ninguna columna: esta.

Y la segunda gana. Gana de calle.

Rodeo el escritorio —mi trinchera, la mesa tras la que gobierno, que cruzo ahora sin pensarlo— y llego hasta James, y hago algo que no he hecho nunca delante de mi hermano, ni delante de nadie: le pongo las dos manos en la cara, y se la giro hacia la luz, y lo examino entero, buscándole en la piel una marca, un corte, una señal de que ese hombre lo haya tocado.

—¿Te ha hecho algo? —Mi voz sale rara, ronca, sin nada del filo de siempre—. ¿Te ha puesto la mano encima? Dime la verdad. Si te ha tocado un pelo, esto se acaba de otra manera.

—No me ha tocado. —James me cubre las manos con las suyas, desconcertado y conmovido—. Estoy entero. Vivienne, estoy bien. Solo me ha amenazado con palabras.

—Con palabras. —Cierro los ojos un segundo, dejo que el alivio me atraviese, y cuando los abro sé que ya no puedo esconder nada, porque acabo de mostrarlo todo—.

No vuelvas a hacer eso. No vuelvas a meterte solo donde no puedo llegar.

Prefiero no tener el nombre. ¿Me oyes? Prefiero cazar a ciegas diez años más antes que perderte por un nombre.

Que conste, milord. Que conste que lo prefiero.

Lo digo y me oigo decirlo, y una parte de mí, la vieja, la de la muralla, se horroriza: acabo de anunciar, en voz alta, delante de mi hermano y del hombre, cuál es mi punto débil.

Acabo de decir qué precio pagaría, qué renunciaría, por quién.

En mi oficio, eso es un suicidio: revelar lo que no soportas perder es entregarle al mundo el mapa de cómo destruirte.

Lo sé. Y lo digo igual, porque he cruzado, sin darme cuenta, una línea desde la cual ya no puedo, ni quiero, volver a ser la mujer que se guardaba esas cosas.

Prefiero decir la verdad y ser vulnerable a callarla y seguir sola.

Es la peor decisión estratégica de mi vida, y es la primera que tomo con el pecho en vez de con la cabeza, y no la cambiaría.

Cuando me vuelvo, con las manos de James todavía sobre las mías, me encuentro a Marcus mirándonos.

Y en la cara de mi hermano hay algo que no le había visto nunca, ni cuando velamos juntos mi fiebre.

Marcus me ha visto enfadada, me ha visto fría, me ha visto calcular la ruina de un hombre sin pestañear.

No me había visto nunca así: cruzar mi propio escritorio para tomarle la cara a alguien, con miedo en la voz, ofreciendo renunciar a una venganza por una persona.

Lo que Marcus está viendo, comprendo por su expresión, es a su hermana convertida en una mujer que él no conocía, una capaz de decir «prefiero perder antes que perderte», y esa frase, en boca de la Vivienne que él crio a golpes de superstición materna, es tan imposible como si me hubiera puesto a volar.

Debería darme vergüenza que me haya visto así.

Marcus es la última persona ante la que me permito flaquear; somos, él y yo, los dos supervivientes de la misma guerra, y entre supervivientes hay un pacto tácito de no mostrarse las heridas, para no recordarse cuánto costó cerrarlas.

Enseñarle mi miedo es romper ese pacto. Y sin embargo, cuando busco en su cara el reproche que espero —«¿esto es en lo que te has convertido, en una mujer que tiembla por un hombre?

»—, no lo encuentro. Encuentro otra cosa, más difícil de sostener que el reproche: encuentro alivio.

Como si mi hermano llevara treinta años esperando, sin decírmelo, ver a su hermana querer a alguien, y acabara de verlo, y no supiera qué hacer con la emoción salvo mirarme como se mira algo que uno daba por perdido y regresa.

—Vaya —dice Marcus, en voz baja, y no hay burla en ello, solo asombro—. Vaya con mi hermana.

—Cállate, Marcus.

—No he dicho nada malo. —Se levanta, despacio, y viene hacia los dos, y su mole nos cubre a James y a mí de una sombra que, por una vez, es protectora y no amenazante—.

He dicho «vaya». Llevo veintidós años viéndote no querer a nadie.

Cumpliste la promesa de madre mejor que ninguno de los dos, mejor que yo, que al menos me permití querer a Isolde.

Tú no te permitías nada. Y acabo de verte ofrecer una venganza a cambio de un hombre.

—Me pone una mano en el hombro, la otra, para mi sorpresa, en el de James—.

Ya está. Ya lo he visto con mis propios ojos y ya no tengo dudas.

Esto va en serio. Y si va en serio, deja de ser solo asunto tuyo y pasa a ser asunto de la familia, que es como llamamos nosotros a la gente por la que matamos.

—Mira a James—. Bienvenido a la familia, conde. Es un honor peligroso. Acostúmbrese.

James, que ha entendido la magnitud de lo que acaba de pasar, tiene el buen juicio de no bromear.

—Es el mejor recibimiento que me han dado nunca —dice, con sencillez—. Y pienso merecerlo.

Y sé que lo dice de verdad, porque lo conozco: para un hombre que se crio huérfano, solo, sin un alma que lo reclamara, sin hermanos, sin nadie que lo llorara si desaparecía, «bienvenido a la familia» no es una fórmula de cortesía.

Es lo que ha buscado sin saberlo toda su vida.

Veo lo que le hace esa palabra, «familia», dicha por un rey del hampa sobre un cuerpo apenas repuesto de un veneno, y entiendo que hoy no solo Marcus me ha visto a mí: yo he visto a James.

He visto, en su cara, al niño solo que fue, y lo mucho que necesitaba, sin decirlo jamás, que alguien lo reclamara como suyo.

Los dos hemos pasado la vida sin dejar entrar a nadie.

Él por falta de quien quisiera entrar. Yo por exceso de muralla.

Y hemos encontrado, cada uno en el otro, la puerta.

—Ya lo veremos. —Marcus se aparta, recupera su aspereza como quien recupera un abrigo, y vuelve al escritorio, a los papeles, al trabajo, que es su forma de sobrellevar haber sentido algo—.

Ahora, si los tortolitos han terminado, tenemos a un vizconde que planear.

Porque una cosa te digo, hermana, ahora que veo lo que hay en juego: a este Ravenscroft no lo vamos a arruinar como a Hartmere, con un banquero y un susto.

A este lo vamos a hundir hasta que no quede de él ni el título.

Nadie amenaza a los nuestros en un museo y se va de rositas a tomar el té.

—En eso —digo, y noto que la estratega, por fin, vuelve a encenderse, ahora que el susto afloja y sabe que no estoy sola — estamos de acuerdo, hermano.

Aunque hay una diferencia entre lo que tú quieres hacerle y lo que le vamos a hacer.

Tú quieres hundirlo por haberme amenazado a mí.

Yo lo voy a hundir por haber amenazado a James.

—Miro la hoja con el nombre—. Ravenscroft cometió un error que ni siquiera sabe que cometió: cuando calculó atacarme, calculó a una mujer sola, que era lo que yo era cuando empezó a vigilarme.

No actualizó el dato. No sabe que, desde entonces, he dejado de estar sola, y que una mujer con algo que perder no es más débil, como él cree.

Es más peligrosa, porque ya no pelea por sobrevivir.

Pelea por conservar. Y no hay nada que muerda más fuerte que quien defiende lo que quiere.

—Esa —dice Marcus, con algo parecido al orgullo— es mi hermana.

Me siento, con las piernas todavía flojas del susto, y por vez primera desde que empezó todo esto, no me siento sola frente a un enemigo.

Tengo a un lado a mi hermano, que acaba de ver lo que soy ahora y ha decidido, en lugar de temerlo, blindarlo.

Tengo al otro a James, cuya mano no he soltado.

Y tengo delante, sobre el escritorio, el nombre de un hombre que ha cometido el peor error de su carrera: creer que la mujer de los muelles seguía tan sola como cuando él calculó su muerte.

Es el error más antiguo del mundo, el que cometen todos los que atacan a una mujer aislada: creer que el aislamiento es permanente, que quien estuvo sola lo estará siempre, que un flanco sin defensa seguirá sin defensa mientras ellos preparan el golpe.

Ravenscroft me estudió hace meses y archivó lo que vio: una mujer sin ataduras, sin nadie que la vengara, matable sin coste.

Y ha basado su plan en un retrato que ya no se parece a mí.

Entre que me retrató y que me atacó, me crecieron dos escudos que él no contó: un hermano que acaba de jurar hundirlo y un conde que sabe más de venenos que su envenenador.

Ya no lo estoy. Y un enemigo que te calcula solo cuando ya tienes con quién es un enemigo que va a perder.