La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Encuentro a mi hombre entre los libros de donaciones, justo donde le dije a Vivienne que estaría: en la pauta del dinero que llega demasiado deprisa a demasiados sitios que no le corresponden.

El nombre es Edmund Thorne, vizconde de Ravenscroft.

En los dos últimos años ha aparecido, de la nada, como mecenas de media docena de sociedades cultas, con donaciones cuantiosas y una prisa por figurar en los patronatos que a un ojo entrenado le grita lo que es: un hombre comprando respetabilidad al por mayor, con un dinero que necesita blanquear.

Un mecenas legítimo se cuece a fuego lento durante una generación.

Ravenscroft se ha hecho ilustre en veinticuatro meses, que es el tiempo que lleva, según he podido cruzar con los datos de Marcus, respaldando a Merrick en el sur.

Cuadra. Cuadra con una limpieza que me inquieta, porque las cosas que cuadran tan bien suelen tener, escondida, la arruga que aún no he visto.

Es un placer sombrío, este: seguir un rastro de cifras hasta un nombre, ver cómo los datos dispersos se cristalizan en una persona.

Lo he sentido muchas veces con manuscritos, persiguiendo a un falsificador de hace tres siglos a través de las inconsistencias que dejó.

Nunca lo había sentido con un hombre vivo, y advierto que sabe distinto: más agudo, más peligroso, porque el falsificador de hace tres siglos no podía devolverme la mirada.

Este sí. Y mientras yo lo cristalizo a él en mi lista, no se me ocurre pensar que quizá él me esté cristalizando a mí en la suya.

Lo señalo en mi lista con un punto, sin subrayarlo, y me propongo observarlo desde lejos el resto de la cena, con la discreción del erudito que no molesta a nadie.

El problema es que Ravenscroft me observa a mí primero.

Lo noto a media velada: la sensación, familiar de mis meses en el almacén, de ser catalogado por alguien tan hábil como yo en catalogar.

Levanto la vista de una conversación sobre cerámica romana y me encuentro con los ojos del vizconde clavados en mí desde el otro extremo de la sala, y en ellos no hay la curiosidad ociosa de un desconocido, sino el interés preciso de quien ya sabe quién soy y está decidiendo qué hacer conmigo.

Me sostiene la mirada un segundo de más, y sonríe, y alza su copa en un brindis mínimo, privado, dirigido a mí solo, que dice con toda claridad: te veo.

Comprendo, con un frío que me baja por la espalda, que he cometido el error del cazador novato. He venido a encontrar a mi presa, y mi presa me estaba esperando.

Repaso, en un instante, dónde he fallado, porque un error hay que entenderlo para no repetirlo.

No fallé en la deducción: Ravenscroft es, en efecto, el hombre.

Fallé en la vanidad. Di por hecho que mi discreción de erudito me hacía invisible, que un conde preguntando por donaciones no levantaba sospechas, y olvidé la regla que la propia Vivienne me habría recordado: que en un juego donde el otro también es inteligente, tu discreción solo funciona si el otro no está mirando, y un hombre que blanquea dinero a través de la cultura vigila, sobre todo, a quien husmea en la cultura.

Me metí en su territorio creyéndolo mío.

El erudito era yo, sí; también lo era él.

Se acerca al final de la cena, con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar.

—Lord Casworth. —Su voz es cálida, cultivada, agradable; todo en él es agradable, y esa perfección de lo agradable es, sé por experiencia, la cara que ponen los peligros más serios—.

Perdone el atrevimiento. Soy Ravenscroft.

Le he estado observando toda la noche, y confieso mi curiosidad: un hombre de su reputación erudita, que rara vez se digna a estas cenas, aparece de pronto muy interesado en los libros de donaciones de media docena de sociedades.

Como coleccionista de rarezas, no he podido evitar preguntarme qué busca.

—Nada tan interesante como sugiere su tono. —Le devuelvo una sonrisa que espero anodina—. Estudio los patrones del mecenazgo cultural en el último siglo. Quién financia qué, y por qué. Es más árido de lo que parece.

—Ah. —Sus ojos brillan—. Quién financia qué, y por qué.

Un tema fascinante. Y peligroso, si uno mira demasiado de cerca.

El dinero, milord, es como los manuscritos que usted ama: a veces la procedencia es más comprometida que el contenido.

—Deja la frase suspendida, saboreándola—.

Tengo, por cierto, un manuscrito que le interesaría.

Un herbario italiano del XVII, muy raro, con anotaciones sobre...

sustancias. Toxicología, se diría hoy. Sé que es una de sus especialidades.

¿Me haría el honor de examinarlo? Lo tengo depositado en el Museo Británico, para su estudio. Mañana, si le viene bien.

La palabra «toxicología», dicha por este hombre, con esa sonrisa, es un mensaje que no necesita descifrarse.

Sé lo que me está diciendo. Me está diciendo: sé que salvaste a la mujer del veneno que yo mandé.

Y me está diciendo, con la invitación, que quiere hablar a solas, en un terreno que él controla, para dejarme claras las reglas de un juego que yo creía llevar y que él lleva desde el principio.

Un hombre prudente declinaría. Yo acepto, porque necesito saber cuánto sabe, y porque rechazar la invitación sería confesarle que le tengo miedo, y no pienso darle esa información gratis.

El Museo Británico, a media mañana, está casi vacío.

Elijo la hora y el sitio con el cuidado que me ha contagiado Vivienne: un lugar público, aunque tranquilo, donde a Ravenscroft no le convenga una violencia que dejaría testigos, y a plena luz, cuando los cuchillos trabajan peor.

No es que espere que me ataque en una sala del Museo; un hombre tan cuidadoso no ensucia así su respetabilidad recién comprada.

Es que he aprendido a pensar en estos términos, a calcular la geografía de una conversación como el que calcula la de una emboscada, y me sorprende cuánto he cambiado desde aquel primer día en que entré en un almacén de contrabando confundiéndolo con un depósito de anticuario.

Vivienne me ha enseñado a ver el peligro.

Ojalá me hubiera dado tiempo de aprender también a manejarlo.

Ravenscroft me recibe en una sala lateral, con un manuscrito de verdad sobre la mesa —es real, es magnífico, y una parte insensata de mí lamenta que su dueño sea quien es—, y durante diez minutos hablamos de él como dos eruditos, con una competencia que en otras circunstancias yo disfrutaría.

Sabe de lo que habla. Es la arruga que no había visto: Ravenscroft no finge la cultura para blanquear dinero.

La cultura es real, y el dinero sucio también, y esa combinación —un hombre culto y criminal— es más peligrosa que cualquiera de las dos cosas por separado, porque no tiene la torpeza del matón ni los escrúpulos del erudito.

Me perturba, mientras lo escucho disertar sobre el herbario con verdadero conocimiento, lo mucho que se me parece.

Ravenscroft es lo que yo podría haber sido si el azar hubiera repartido de otro modo: un hombre culto, inteligente, sin más ley que su propio gusto.

La única diferencia entre los dos no está en la cabeza, que tenemos parecida, sino en algo más humilde y más decisivo: que a mí me tocó no necesitar nunca hacer daño, y a él, en algún cruce de su historia, le tocó decidir que hacerlo era aceptable si venía envuelto en buen gusto.

Es la prueba viviente de que la cultura no salva a nadie.

Se puede amar a Petrarca y envenenar a una mujer el mismo mes.

La cultura es un instrumento, y como todo instrumento sirve a la mano que lo empuña, y la de Ravenscroft está sucia bajo los guantes finos.

Después deja el manuscrito, y se quita la máscara, con el alivio del que llevaba rato deseando hacerlo.

—Hablemos claro, Casworth, que los dos somos hombres inteligentes y las cortesías nos aburren.

—Se sienta al borde de la mesa—. Usted sabe quién soy.

Yo sé quién es usted, y sé, lo que es más interesante, a quién sirve.

La encantadora señorita de los muelles. La que sobrevivió, contra todo pronóstico, a un percance el mes pasado.

Gracias a usted, tengo entendido. Un trabajo notable, lo del veneno.

Me quito el sombrero: no esperaba que nadie en Londres conociera el error de traducción de aquel tratado.

Fue mala suerte que ella tuviera cerca al único hombre capaz de leerlo.

—No fue suerte. —No pienso darle la satisfacción del miedo, aunque lo siento entero—. Fue una biblioteca bien surtida. Recomiendo la lectura; se aprenden cosas útiles. Por ejemplo, a reconocer a quien envenena.

—Touché. —Se ríe, encantado—. Es usted más divertido de lo que su fama de aburrido promete.

Le tengo aprecio ya, y eso complica las cosas, porque me obliga a advertirle en lugar de, sin más, resolverlo.

—Su voz baja un tono, y todo el encanto se le vuelve filo—.

Escúcheme bien, milord, porque solo lo digo una vez, como cortesía entre caballeros cultos.

Usted ha metido la nariz en asuntos que le costaron la salud a su dama y que a usted podrían costarle bastante más, porque una dama de los muelles que muere es una tragedia que a nadie sorprende, y un conde que muere es un escándalo que trae preguntas.

Yo detesto las preguntas. Así que le ofrezco un trato generoso: olvide lo que ha averiguado.

Vuelva a sus manuscritos. Dígale a su encantadora amiga que el asunto del sur ya no le concierne.

Y los dos seguiremos vivos, cultos y felices, admirando herbarios.

—Sonríe de nuevo, y la sonrisa es peor que la amenaza—.

La alternativa es que yo repita, con más cuidado esta vez, el trabajo que quedó a medias el mes pasado.

Y dudo que tengan la misma suerte dos veces con la traducción.

Escucho la amenaza entera sin mover un músculo, y por dentro hago dos cosas a la vez.

Con una parte, la fría, archivo cada palabra: la confesión implícita, el conocimiento del veneno, la referencia al mes pasado, todo lo que acabo de obtener y que vale su peso en oro para lo que viene.

Con la otra, la que Vivienne no ha conseguido enseñarme a silenciar, siento el miedo puro y físico de un hombre al que acaban de amenazar de muerte, a él y a la mujer que ama, en una sala vacía, con una sonrisa.

Las dos partes trabajan en paralelo, la del erudito y la del enamorado, y es la del erudito la que me sostiene la voz firme mientras la del enamorado querría cerrarle a este hombre la garganta con las manos, cosa que no sé hacer y que descubro, con cierto asombro, que en este momento aprendería con gusto.

Me levanto despacio. Tengo el nombre, tengo la confesión, tengo, por fin, al enemigo con cara.

Y tengo también, con una claridad que me hiela, la certeza de que he fracasado en lo único que le prometí a Vivienne: no exponerla más.

Porque no he descubierto al enemigo sin que el enemigo me descubriera a mí.

Vine a cazarlo y le he entregado, con mi visita, la confirmación de todo lo que sospechaba: que ella tiene un flanco, que el flanco soy yo, y que hacerme daño a mí es ahora la forma más limpia de hacérselo a ella.

—Le agradezco el manuscrito —digo, con una calma que no siento—.

Es, en efecto, magnífico. Y le agradezco la franqueza, que le devuelvo: no voy a olvidar nada, milord, y no voy a decirle a la dama que se retire, entre otras cosas porque nadie le ha dicho a esa mujer que se retire de nada en diez años sin arrepentirse.

Ha calculado usted un solo factor de este asunto: a mí.

Le falta calcular a los otros dos, y le aseguro que son peores que yo. Buenos días.

La bravata del final es cierta y es un escudo a la vez.

Cierta, porque Marcus y la propia Vivienne son, en efecto, peores que yo para un enemigo, y Ravenscroft haría bien en temerlos.

Escudo, porque necesito salir de esa sala con la cabeza alta, sin darle el gusto de verme tan asustado como estoy.

He aprendido de Vivienne el arte de que no se te note la cara, y lo estreno aquí, con el corazón golpeándome las costillas, sosteniéndole al vizconde una sonrisa serena mientras por dentro calculo a toda prisa las rutas de vuelta a Wapping menos vigiladas, porque acabo de convertirme, con esta visita, en alguien a quien conviene seguir.

Salgo del Museo a la mañana de diciembre con el nombre que vine a buscar y el corazón como una piedra, porque he ganado la partida que creía jugar —tengo a Ravenscroft— y he perdido la que no sabía que estaba en juego: mi promesa de mantenerla a salvo.

Camino hacia Wapping ensayando cómo decirle a Vivienne Deveran que la he expuesto más, y sabiendo que no hay forma de decirlo que no confirme lo que su madre le enseñó: que querer es la puerta por la que entra el daño.

Le he traído el nombre del enemigo. Y le he traído, con él, la prueba de que amarme la ha puesto, otra vez, en la diana.