La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 1
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La estratega y el conde (Deveran 2)

La estratega y el conde (Deveran 2)

Por Eliza Dunmore

© inepub.com

Capítulo 1

A las siete de la mañana ya sé cómo va a terminar el día. No es un don, es método.

Reviso los libros de entrada mientras Wren, que lleva conmigo nueve años y aún cree que no me doy cuenta cuando redondea las cifras a su favor, me sirve un té que no le he pedido.

Sé que el cargamento de sedas de Cantón llegará con dos cajas menos de las declaradas, porque el capitán ha empezado a beber y los que beben empiezan a robar poco después.

Sé que el prestamista de Shadwell vendrá a mediodía a pedir una prórroga que no le voy a dar, y sé al detalle las tres frases con que intentará ablandarme y las tres con que voy a devolvérselas.

Sé que mi hermano aparecerá esta tarde de un humor imposible, porque Isolde Ellerby ha vuelto a meterse en su cabeza y Marcus todavía no ha entendido que eso es lo mejor que le ha pasado en la vida.

Anticipar no es magia. Es negarse, durante diez años y sin una sola excepción, a que algo te pille sin respuesta preparada.

Dudar es un lujo de gente que puede permitirse equivocarse.

Yo no lo soy. En este negocio, la duda de un segundo es la ventana por la que entra el cuchillo, y llevo diez años cerrando esa ventana con tanta disciplina que ya no recuerdo cuándo dejé de sentir la corriente.

La gente confunde la seguridad con la arrogancia.

No son lo mismo. La arrogancia cree que no puede fallar; yo sé de sobra que puedo, y por eso no me concedo el instante de vacilación en que el fallo ocurriría.

Es agotador. No se lo he contado a nadie, entre otras cosas porque contarlo lo volvería real de un modo que prefiero evitar.

Por eso, cuando Pell entra desde el muelle con la cara de quien trae una noticia que no sabe clasificar, ya estoy molesta antes de que hable. Las noticias que mis hombres no saben clasificar son, por definición, las que yo no anticipé.

Y pocas cosas me molestan más que no haber anticipado algo. No por orgullo: por supervivencia. Lo que no preveo es, por definición, lo único capaz de hacerme daño. Así que, cuando Pell abre la boca, una parte de mí ya está calculando qué he pasado por alto y a cuenta de qué.

—El lord de los libros —dice Pell—. Ha vuelto.

Levanto la vista de los registros.

—¿Qué lord?

—El de la semana pasada. El de las vigas. —Pell se remueve—. Dice que su manuscrito tenía una segunda parte, y que la segunda parte está aquí.

Considero la información. Holloway vendió parte de su fondo antes de mudarse, y una fracción de esa parte terminó, por caminos que no me interesa detallar, en mi depósito, entre cajas que compramos por el continente que llevaban dentro y no por el papel.

Es plausible que un tratado del siglo XV esté ahora mismo a treinta pasos de donde estoy sentada.

Lo que no es plausible —lo que se sale de toda previsión razonable— es que el hombre que lo busca haya deducido su ubicación y haya vuelto a un sitio donde la semana pasada tres hombres armados lo miraron pensando en cuál sería la forma más limpia de sacarlo de en medio.

—Hazlo pasar —digo.

Pell duda. Es un hombre que ha visto cosas que quitarían el sueño a media aristocracia y duda ante la orden de dejar entrar a un conde con gafas.

—Señorita, la última vez le dijo a Cobb lo del cabestrillo. Cobb lleva la semana entera raro.

—Lo sé. Hazlo pasar de todos modos.

El conde entra como si entrara en una sala de lectura de Oxford, y no en el almacén mejor vigilado del este de Londres.

No mira a los hombres. Mira las cajas, el techo, una gotera antigua que yo misma dejé de ver hace años, con el interés cálido de quien encuentra encantador todo lo que examina.

Se detiene ante mi escritorio y se quita el sombrero, y hay en el gesto una cortesía tan genuina que resulta casi ofensiva en este sitio.

—Otra vez usted —digo.

—Otra vez yo. —Lo admite como si le hiciera cierta gracia ser él—. El manuscrito tenía una segunda parte. He seguido su rastro con más suerte que la vez anterior, y el rastro, contra todo pronóstico, vuelve a traerme a su puerta. Le pido disculpas por la reincidencia.

—Casi nadie reincide en este muelle y vive para hacerlo una tercera vez —le informo, sin amenaza, como el que comparte un dato del tiempo.

—Lo tendré presente. —Lo dice con interés sincero, como si acabara de aprender una costumbre local pintoresca—. Confío, eso sí, en que se me conceda cierto margen, dado que mi reincidencia es de orden solo bibliográfico.

—El margen, en este sitio, no se concede. Se calcula.

—Entonces confío en salir bien parado del cálculo. —Sonríe, y la sonrisa no pide nada, que es lo que más me desarma de ella.

—La vida rara vez tiene segundas partes útiles, milord.

—Discrepo. —Lo dice sin agresividad, con el aplomo tranquilo del que ha pensado mucho sobre algo pequeño—.

La segunda parte suele ser justo donde está la información que la primera omitió a propósito.

Un autor honesto pone en la primera parte lo que quiere que se lea.

Guarda para la segunda lo que solo entenderá quien haya llegado hasta allí.

Es aplicable a los tratados medievales y, sospecho, a bastantes cosas más.

Lo miro cuatro segundos.

Los cuento porque cuento todo, y porque cuatro segundos son justo tres más de los que necesito para decidir qué hacer con una persona.

Con este hombre, al cuarto segundo, todavía no lo he decidido.

No porque represente una amenaza —lo he descartado como amenaza en la primera frase, del mismo modo que descarté que las cajas de la puerta pesaran algo—, sino porque no encaja en ninguna de las categorías con las que ordeno a la gente que cruza esa puerta.

No viene a pedir. No viene a presionar. No viene a medirme para saber si puede usarme.

Viene, por increíble que parezca, a por un libro, y de camino se dedica a encontrar bonito mi almacén.

Debería incomodarme más de lo que me incomoda.

Un hombre al que no consigo clasificar es, en mi oficio, un riesgo antes que una curiosidad.

Reviso la lógica: si no puedo predecir a alguien, no puedo controlarlo, y lo que no controlo puede volverse contra mí.

La lógica es impecable. La conclusión que ordena —hacerlo desaparecer de mi radio, con cortesía o sin ella— la tengo formulada antes de terminar de pensarla.

Y no la ejecuto. Me limito a observar el hecho de que no la ejecuto, lo archivo junto al conde, y decido, por hoy, no examinar por qué esas dos entradas han acabado en la misma casilla.

—Siéntese mientras espera —digo—. Buscar su segunda parte llevará su tiempo.

Le señalo la silla que hay junto al escritorio, la que no ofrezco nunca, la que está ahí para que nadie pueda decir que en el despacho de los Deveran no hay una silla.

El conde se sienta con la naturalidad de quien ha sido invitado a sentarse en cientos de sitios y no distingue este de los demás, que es, justo, lo que lo hace distinto de todos los que se han sentado ahí antes: los demás sabían el honor y el peligro que era esa silla. Él ve una silla.

—Es muy amable —dice.

—No lo soy. —Vuelvo a mis registros—. Es que buscar entre trescientas cajas de pie es incómodo, y prefiero no tener a un conde desmayándose en mi almacén por agotamiento. Sería un papeleo tedioso.

—Una consideración logística. —Asiente, como si le hubiera dado la razón en algo—. Las respeto sin reservas. La logística es la disciplina más subestimada de la historia. Se ganan y se pierden imperios por ella, y nadie le dedica un solo verso.

—Usted le dedicaría uno —observo, sin saber por qué lo observo.

—Sería un verso malo. —Lo considera con seriedad—. Tengo muchas virtudes documentadas y ninguna es la poesía. Le dedicaría, con gusto, un tratado en tres tomos. Se me dan mejor que los versos; en un tratado uno puede corregir el entusiasmo con notas al pie.

No respondo. Bajo la vista a los registros para no darle la satisfacción de ver que he estado a punto de contestar.

El conde, lejos de tomar mi silencio como retirada, lo interpreta como una invitación. Es un error de lectura que, descubriré con el tiempo, comete sin remedio y que, para mi desgracia, a veces le sale bien.

—¿Puedo hacerle una pregunta impertinente mientras sus hombres trabajan? —propone.

—Puede hacerla. No garantizo respuesta.

—Es un trato justo. —Cruza las manos sobre el regazo, sin prisa, como si dispusiera de toda la tarde y de ninguna preocupación—.

¿Cómo supo usted, la semana pasada, que yo no representaba una amenaza?

Sus hombres tardaron un buen rato en decidirlo.

Usted lo decidió antes de que yo terminara la primera frase.

Me interesa el método. Reconocer patrones es mi oficio, y el suyo parece más afinado que el mío.

Considero la pregunta. Es, en efecto, impertinente, y es también la primera pregunta inteligente que me hace un visitante en meses.

—Un hombre que viene a hacer daño mira las salidas —respondo—.

Usted miró el techo. Un hombre que viene a robar mira lo que vale algo.

Usted miró unas vigas que no valen nada.

Un hombre que miente sobre por qué ha venido vigila mi cara, para ver si lo creo.

Usted ni comprobó si lo creía; le daba igual, porque decía la verdad.

Tres gestos que no hizo. Me bastó con eso.

—Fascinante. —Lo dice de veras, sin ironía, con el brillo del que acaba de aprender algo—. Ha construido un sistema entero sobre lo que la gente no hace. Casi todos leen solo lo que la gente hace.

—Lo que la gente hace se finge. Lo que no hace, casi nunca.

Anota la frase por dentro. Lo veo hacerlo, con la misma nitidez con que él ve las muescas de una viga. Y me descubro, con fastidio, disfrutando de que la anote.

Mando a Wren y a otro hombre a buscar entre las cajas del fondo, las de procedencia continental, y durante un rato el almacén se llena del ruido de madera y papel viejo y del silencio del conde, que no es un silencio incómodo, lo cual me incomoda.

La gente, cuando se calla en mi presencia, lo hace por miedo o por cálculo.

Su silencio no es ninguna de las dos cosas.

Es el silencio de un hombre que está a gusto sin necesidad de que yo haga nada para que lo esté, y no tengo ni idea de qué hacer con eso, así que hago lo que hago siempre que algo no cabe en el sistema: lo dejo estar y sigo trabajando, y me digo que ya lo clasificaré cuando tenga más datos.

Wren aparece con un volumen encuadernado en piel oscura y una expresión de triunfo desproporcionada para un hombre que acaba de encontrar un libro sobre rutas comerciales.

—Es este —dice el conde antes de tocarlo, y hay en su voz, por vez primera, algo que no es cortesía distraída, sino una emoción limpia y sin dobleces—. La sé por el lomo. Llevo dos años buscándolo. —Levanta la vista hacia mí—. No sé cuánto le debo por él.

—Nada —respondo, y me sorprende oírme, porque nada no es una palabra que yo regale—. No sabía que estaba aquí. No cobro por lo que no sabía que tenía. Considérelo una corrección de mi propio inventario.

—Dos años buscándolo —digo, porque el dato me interesa a mi pesar—. ¿Y qué espera encontrar dentro que justifique dos años?

—No lo sabré hasta abrirlo. —Acaricia el lomo con un dedo—. Esa es la parte que casi nadie entiende de buscar algo tanto tiempo: uno no busca la respuesta, busca la pregunta que la primera mitad dejó a medias. La respuesta, si llega, es un regalo. La pregunta es el trabajo.

—Eso —digo, antes de poder frenarlo— es lo más sensato que se ha dicho nunca en este almacén. No se acostumbre.

Se lleva el libro con las dos manos, como se lleva algo que importa, y al llegar a la puerta se gira.

—Volveré a pasar —dice—. Cuando termine este, tendrá una segunda parte, y sospecho que también estará en el sitio menos probable.

Se va. Wren me mira esperando la orden que zanje el asunto, la que archive al conde de los libros en la categoría de anécdotas cerradas.

No la doy. Bajo la vista a los registros, donde tengo apuntado, con mi letra pequeña, todo lo que va a pasar hoy en este muelle, y me quedo mirando el único renglón en blanco: el de las cosas que no había previsto.