CAPÍTULO 10 - Lo que no le decimos a nuestras mujeres
Daniel entró en su casa sintiendo que el aire acondicionado, siempre tan eficiente y aséptico, intentaba en vano borrar el rastro de lo que acababa de suceder en el sótano de la obra.
El silencio de su hogar, interrumpido solo por el tictac de un reloj de pared y el murmullo lejano de la televisión en el piso de arriba, le resultó una afrenta.
Sus pies, que aún guardaban el recuerdo de la vibración del hormigón, caminaron sobre la alfombra persa con una extrañeza casi dolorosa.
Daniel se detuvo frente al espejo del recibidor; allí estaba el abogado de prestigio, el marido devoto, el hombre que pagaba los impuestos a tiempo.
Pero debajo de la camisa de seda, que ahora le pesaba como una mortaja, sentía el rastro seco del semen de Mateo y de Lucas, una costra invisible de virilidad compartida que le tiraba de la piel con cada movimiento.
Su mujer, Elena, bajó las escaleras con esa elegancia tranquila que Daniel siempre había admirado, pero que ahora sentía como una barrera insalvable.
—Has llegado muy tarde hoy, Daniel. Te he guardado algo de cena —dijo ella, acercándose para darle un beso de cortesía en la mejilla.
Daniel se tensó. En ese momento, el aroma a flores blancas y a hogar limpio de Elena chocó frontalmente con el olor que él todavía exhalaba: ese perfume denso a sudor rancio de hombres maduros, a cemento húmedo y a la fragancia metálica de la simiente acumulada.
Daniel inclinó el rostro, fingiendo cansancio, temiendo que Elena pudiera detectar en sus poros el sabor a Mateo, ese sabor amargo y salado que todavía sentía en la base de su lengua.
Se sentía como un impostor que llevaba un botín prohibido oculto bajo la ropa, un cuerpo que ya no le pertenecía a ella, sino que había sido reclamado por las manos rudas y callosas del capataz.
—Mucho trabajo en el despacho, ya sabes —mintió Daniel, y su propia voz le sonó hueca, una imitación barata de la verdad—. Voy a ducharme antes de cenar.
Subió las escaleras con una urgencia que rayaba en el pánico.
Al entrar en el baño, cerró la puerta con llave y se despojó de la ropa con una parsimonia casi ritual.
Al quedar desnudo, se observó en el espejo del baño, bajo la luz blanca y cruel.
Tenía el pecho enrojecido por la fricción del vello áspero de Mateo, y sus muslos aún conservaban las marcas de los dedos de Lucas.
Daniel pasó su propia mano por su vientre generoso, sintiendo la humedad fría de los fluidos que empezaban a secarse.
No quería lavarse; quería quedarse así, siendo el lienzo donde dos hombres habían escrito su deseo, pero la realidad doméstica exigía la limpieza del pecado.