La Esposa Secreta del Magnate Turco 6 - La Mujer Que Nunca Era Presentada
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6 - La Mujer Que Nunca Era Presentada

Los días volvieron al silencioso ritmo de la mansión.

Por las mañanas, Emir salía temprano para asistir a reuniones, visitar los hoteles y encontrarse con inversionistas, regresando casi siempre después del atardecer.

Bianca pasaba gran parte del tiempo recorriendo la propiedad, leyendo en la amplia biblioteca, estudiando turco e intentando convertir aquella inmensa casa en un verdadero hogar.

El lujo seguía siendo impresionante, pero ya no conseguía ocultar el vacío provocado por la ausencia de una vida que pudiera vivirse a plena luz.

Los empleados trataban a Bianca con un respeto discreto.

Nadie la llamaba señora Demirhan, pero todos sabían perfectamente quién era.

Bastaba observar cómo preparaban su café favorito incluso antes de que bajara al salón, cómo colocaban flores frescas en su habitación o cómo consultaban a Emir cada vez que Bianca mostraba interés en cambiar algo de la casa.

Aun así, ese respeto existía únicamente dentro de los muros de la mansión.

Fuera de ellos, volvía a ser simplemente Bianca.

Una mujer sin un lugar definido.

Una mañana, mientras caminaba por los jardines, encontró a la ama de llaves acomodando unas rosas recién cortadas en grandes jarrones de porcelana.

—Han quedado preciosas —comentó Bianca.

La mujer sonrió.

—El señor Emir siempre pide flores nuevas cuando sabe que a la señora le gustan.

La ama de llaves interrumpió la frase de inmediato.

Se había dado cuenta demasiado tarde de la palabra que se le había escapado.

Las dos permanecieron en silencio durante unos segundos.

—Perdón... yo...

Bianca sonrió con amabilidad.

—No hace falta que se disculpe.

Pero, cuando volvió a caminar, comprendió cuánto la había emocionado aquella sencilla palabra.

Hacía días que nadie la llamaba esposa.

Aquella misma tarde, Emir asistió a una reunión en la sede principal del Grupo Demirhan.

El edificio de cristal y acero reflejaba el cielo de Estambul mientras los ejecutivos recorrían los pasillos cargando documentos y tabletas.

Al entrar en la amplia sala de reuniones, encontró a su madre, a varios consejeros y directivos esperándolo.

En cuanto terminaron los asuntos financieros, Aylin apoyó las manos con calma sobre la mesa.

—Hay otro tema que debemos discutir.

Emir conocía perfectamente aquel tono.

Respiró discretamente.

—La escucho.

—La familia Arslan desea fortalecer su alianza con nosotros.

Él permaneció en silencio.

Aylin continuó.

—Su hija mayor ha regresado recientemente de Londres.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Todo.

Sostuvo la mirada de su hijo.

—Un matrimonio entre ustedes consolidaría definitivamente esa alianza.

La sala quedó en absoluto silencio.

Algunos directivos evitaron incluso respirar demasiado fuerte.

Emir respondió con serenidad.

—No tengo interés en casarme.

Aylin sonrió discretamente.

—Todavía no.

Él se levantó lentamente de la silla.

—Madre... este asunto ha terminado.

Sin esperar respuesta, abandonó la sala.

Mientras tanto, Bianca visitaba una pequeña galería de arte recomendada por una empleada de la mansión.

Emir había insistido en que siguiera conociendo la ciudad siempre que quisiera.

Dos discretos guardaespaldas la acompañaban a cierta distancia, presentados únicamente como conductores de la empresa.

Ella contemplaba cuadros que representaban paisajes turcos cuando escuchó a dos mujeres conversando junto a un escaparate.

—Dicen que Emir Demirhan por fin aceptará casarse.

—Yo también lo he oído.

—Parece que será con alguien de la familia Arslan.

Bianca permaneció inmóvil.

Las mujeres siguieron caminando sin advertir su presencia.

Intentó convencerse de que todo eran simples rumores.

Aun así, aquellas palabras siguieron resonando en su mente durante todo el camino de regreso.

Esa noche, Emir encontró a Bianca sentada en la terraza contemplando las luces de la ciudad. Sobre la pequeña mesa solo había una taza de té ya casi fría.

Él se acercó en silencio.

—¿Estás bien?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Hoy escuché a unas personas hablando sobre un posible matrimonio tuyo.

Emir cerró los ojos por un breve instante.

—Mi madre volvió a insistir con ese tema.

—¿Y qué le respondiste?

Él se sentó a su lado.

—Exactamente lo mismo de siempre.

Bianca volvió el rostro hacia él.

—¿Que ya amas a otra mujer?

Él sonrió con ternura.

—Que mi corazón ya hizo su elección.

Ella tomó su mano.

Quería creer en aquellas palabras.

Pero empezaba a comprender que amar a alguien en secreto era muy distinto a ser elegida delante de todo el mundo.

Durante los días siguientes, Emir intentó compensar la tristeza de Bianca con pequeños gestos.

Llevaba flores a la habitación antes de salir a trabajar, dejaba notas escritas a mano entre los libros que ella leía, regresaba temprano siempre que podía y se aseguraba de cenar con ella todas las noches.

Una de esas noches preparó personalmente una mesa en el jardín interior de la mansión. Las velas iluminaban discretamente el ambiente, mientras un violinista interpretaba suaves melodías junto a la fuente central.

Bianca sonrió al verlo esperándola.

—¿Has preparado todo esto?

—Pensé que nos merecíamos una noche solo para nosotros.

Durante la cena hablaron de viajes, recordaron su primer encuentro en el Gran Bazar y rieron por las dificultades de Bianca para aprender algunas palabras en turco.

Durante unas horas olvidaron por completo el peso del secreto.

Después del postre caminaron lentamente entre los árboles iluminados.

Emir abrazó a Bianca por la espalda.

—Gracias por seguir aquí.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.

—A veces tengo miedo de que me estés dando las gracias por aceptar vivir escondida.

Él giró suavemente su rostro hacia el suyo.

—Nunca pienses eso.

—Entonces dime... ¿cuándo terminará todo esto?

La pregunta quedó suspendida entre los dos.

Por primera vez, Emir no encontró una respuesta inmediata.

Simplemente desvió la mirada.

Y aquel silencio respondió mucho más que cualquier explicación.

En ese instante, Bianca comprendió que ni siquiera el hombre al que amaba sabía cuándo conseguiría liberarla de aquella vida invisible.

A la mañana siguiente, mientras Emir salía para otra reunión, un elegante sobre fue entregado en la mansión. El escudo dorado de la familia Arslan ocupaba el centro de la invitación.

Bianca observó discretamente cómo un empleado lo llevaba directamente al despacho de Emir.

No necesitó preguntar cuál era su contenido.

En el fondo, ya lo sabía.

Mientras ella esperaba el día en que sería presentada como esposa, el mundo seguía preparando al hombre que amaba para un matrimonio que jamás debería suceder.