La Esposa Secreta del Magnate Turco 5 - El Palacio de las Apariencias
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5 - El Palacio de las Apariencias

Poco más de dos semanas después de la boda, Emir le anunció a Bianca que se celebraría una importante cena en la residencia principal de la familia Demirhan.

Todos los miembros más influyentes estarían presentes para celebrar la inauguración de un nuevo hotel a orillas del Bósforo y debatir proyectos internacionales.

Bianca imaginó que por fin sería presentada como su esposa.

Durante unos segundos, se permitió creer que el secreto estaba a punto de terminar.

Mientras tomaban café en la terraza de la mansión, ella preguntó con una sonrisa llena de esperanza:

—Entonces... ¿ha llegado el momento de conocer oficialmente a tu familia?

Emir bajó lentamente la taza.

—Vas a conocerlos.

Ella sonrió aún más.

—Me alegra.

Él respiró hondo antes de continuar.

—Pero no como mi esposa.

La sonrisa fue desapareciendo poco a poco.

—¿Todavía no?

—Todavía no.

Bianca desvió la mirada hacia los jardines, intentando ocultar la decepción que volvía a oprimirle el pecho.

Al final de la tarde, una estilista llegó a la mansión llevando varias prendas cuidadosamente embaladas.

Vestidos largos de seda, delicados tejidos, elegantes zapatos y pequeñas joyas fueron colocados sobre la cama de la habitación.

Bianca eligió un vestido verde esmeralda de mangas largas, cintura ceñida y falda fluida que caía suavemente hasta los pies.

Llevaba el cabello parcialmente recogido, formando suaves ondas sobre los hombros, mientras unas pequeñas perlas iluminaban discretamente sus orejas.

Cuando Bianca apareció completamente lista, Emir permaneció unos segundos sin poder decir una sola palabra.

Ella sonrió con timidez.

—¿Es demasiado?

Él negó con la cabeza.

—No.

Se acercó lentamente.

—Estás absolutamente hermosa.

Ella sonrió, aunque una pregunta silenciosa permanecía escondida en su mirada.

Si él realmente la veía de esa manera... ¿por qué el resto del mundo todavía no podía saberlo?

El automóvil atravesó los portones de la residencia principal de la familia Demirhan poco antes del anochecer.

A diferencia de la mansión donde vivían, aquella residencia parecía un auténtico palacio moderno.

Columnas de mármol sostenían la fachada iluminada, jardines perfectamente simétricos rodeaban enormes espejos de agua y decenas de empleados organizaban la llegada de los invitados.

Hombres vestidos con impecables esmóquines y mujeres con vestidos de alta costura conversaban bajo enormes lámparas de cristal. El perfume de las flores recién colocadas en los arreglos se mezclaba con el aroma de los platos preparados por los chefs que recorrían los salones.

En cuanto bajó del automóvil, Bianca sintió que Emir le ofrecía discretamente el brazo.

Ella sonrió.

Pero, antes de llegar a la entrada principal, él bajó lentamente el brazo.

El gesto fue pequeño.

Casi imperceptible.

Aun así, le dolió más de lo que le habría gustado admitir.

—Lo siento... —murmuró Emir casi sin mover los labios.

Ella simplemente asintió.

—Lo sé.

Pero, en ese momento, ya no estaba tan segura de comprender realmente.

Nada más entrar, un hombre de cabello gris se acercó a ellos.

—Señor Demirhan. Todos lo están esperando.

Su mirada pasó rápidamente por Bianca.

—La señorita...

Emir respondió de inmediato.

—Bianca Almeida. Está colaborando en algunos proyectos internacionales relacionados con el grupo.

El hombre sonrió cordialmente.

—Sea usted muy bienvenida.

Bianca le devolvió la sonrisa.

Pero, por dentro, cada palabra reforzaba la sensación de estar interpretando un papel dentro de su propia vida.

Pocos minutos después, Emir condujo a Bianca hasta el gran salón principal.

Elegantes conversaciones llenaban el ambiente, las copas de cristal reflejaban la luz de las lámparas y un cuarteto de cuerda interpretaba suaves melodías al fondo.

Antiguos retratos de los antepasados de los Demirhan decoraban las paredes, recordando constantemente el peso de aquel apellido.

Fue entonces cuando una elegante mujer se acercó.

Su cabello negro estaba recogido en un impecable moño, el vestido color vino tenía un corte clásico y un collar de esmeraldas realzaba todavía más su refinada presencia. Su expresión era serena, pero sus ojos analizaban cuidadosamente todo cuanto la rodeaba.

Emir enderezó discretamente la postura.

—Madre.

La mujer sonrió a su hijo.

Después dirigió toda su atención hacia Bianca.

—Así que esta es la brasileña.

Había cordialidad en su voz.

Pero también una curiosidad cuidadosamente controlada.

—Mucho gusto, señora Demirhan —respondió Bianca con delicadeza.

Aylin inclinó ligeramente la cabeza.

—Bienvenida a nuestra casa.

Su mirada recorrió discretamente el vestido, los gestos, la postura e incluso la forma en que Bianca sostenía la copa.

Nada escapaba a su observación.

—Emir me comentó que está colaborando en algunos proyectos.

Bianca miró rápidamente a su marido antes de responder.

—He estado conociendo un poco más la cultura y también algunos trabajos de la empresa.

Aylin sonrió con elegancia.

—Imagino que todo esto es muy diferente de la realidad brasileña.

—Muchísimo.

—Espero que logre adaptarse.

Las palabras parecían amables.

Pero Bianca tuvo la extraña sensación de que cada frase escondía una prueba invisible.

Durante la cena, Emir ocupó un lugar en uno de los extremos de la larga mesa principal, rodeado de empresarios, abogados y directivos del grupo. Bianca fue acomodada varias sillas más allá, junto a invitados extranjeros relacionados con el sector turístico.

Ella comprendía perfectamente el motivo.

Aun así, aquella distancia física parecía agrandar todavía más la distancia emocional impuesta por el secreto.

En varias ocasiones sus miradas se encontraron.

Emir sonreía discretamente.

Bianca le devolvía la sonrisa.

Pero ninguno de los dos podía comportarse como marido y mujer.

Mientras los camareros servían cordero asado, arroz aromático, verduras a la parrilla y postres tradicionales elaborados con pistacho y miel, Aylin observaba cómo Bianca conversaba con naturalidad en inglés y respondía con educación a las preguntas de los invitados internacionales.

Aquello la sorprendió.

Esperaba encontrar a una joven deslumbrada por el lujo.

En cambio, encontró a alguien sencilla, segura de sí misma y discretamente elegante.

Aun así, su desconfianza no disminuyó.

Al contrario.

Parecía aumentar.

Después de la cena, los invitados se dispersaron por los jardines iluminados. Pequeños faroles se reflejaban sobre los espejos de agua, unos músicos tocaban discretamente cerca de la terraza y el perfume de las rosas impregnaba el fresco aire de la noche.

Bianca se alejó unos minutos para contemplar la vista del Bósforo.

Poco después escuchó unos pasos detrás de ella.

Era Aylin.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

Aylin apoyó las manos sobre la barandilla de piedra.

—¿Hace cuánto tiempo conoce a mi hijo?

—Hace unas semanas.

—Poco tiempo.

Bianca asintió.

—A veces, unas pocas semanas bastan para cambiar una vida entera.

Aylin permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió con calma:

—A veces también bastan para crear ilusiones.

Bianca comprendió que aquella frase tenía una destinataria muy clara.

Sin necesidad de ninguna agresividad, el mensaje había quedado dicho.

Cuando Aylin se alejó, Emir se acercó rápidamente.

—¿Te dijo algo?

Bianca sonrió para tranquilizarlo.

—Solo intentó conocerme.

Él observó atentamente su rostro.

Conocía a Bianca lo suficiente para darse cuenta de cuándo escondía sus sentimientos.

—¿Estás segura?

Ella respiró profundamente.

—Emir... ¿cuánto tiempo más tendremos que vivir así?

Él tomó delicadamente su mano, asegurándose de que nadie pudiera ver el gesto detrás de las grandes columnas de la terraza.

—Estoy resolviendo todo.

—Siempre dices lo mismo.

Él permaneció en silencio.

No porque no tuviera una respuesta.

Sino porque, por primera vez, empezaba a comprender que sus promesas estaban perdiendo fuerza frente al dolor que Bianca llevaba en silencio.

Mientras tanto, al otro lado del jardín, Aylin observaba discretamente la escena.

No podía escuchar ni una sola palabra.

Pero le bastó ver la forma en que Emir miraba a Bianca para comprender algo que hasta entonces le había parecido imposible.

Aquella brasileña no era una invitada más.

Ocupaba un lugar en el corazón de su hijo.

Y ese descubrimiento convertía a Bianca Almeida en una amenaza mucho mayor de lo que Aylin había imaginado.