3 - Promesas Bajo el Cielo de Estambul
Los días siguientes transcurrieron como si Estambul hubiera decidido ralentizar el tiempo para los dos.
Cada mañana, Bianca despertaba preguntándose si volvería a encontrarse con Emir, y casi siempre él aparecía de manera inesperada.
A veces estaba sentado en una cafetería junto al Bósforo.
Otras, surgía caminando por alguna plaza antigua, como si conociera perfectamente los pasos que ella daría incluso antes de que eligiera el camino.
Una de esas mañanas, Emir la invitó a dar un paseo en barco por el estrecho que separa Europa de Asia.
El muelle estaba lleno de movimiento: pescadores recogían sus redes, vendedores ofrecían mazorcas de maíz asadas y té caliente, mientras las gaviotas sobrevolaban las aguas de un azul profundo.
Bianca llevaba un vestido blanco de manga corta que se mecía suavemente con la brisa.
Emir vestía una camisa de lino azul claro y pantalones beige, transmitiendo una elegancia natural que parecía no requerir ningún esfuerzo.
El barco avanzaba lentamente por el Bósforo, revelando palacios, fortalezas y antiguas mansiones repartidas a lo largo de la costa. Bianca apoyó los brazos sobre la barandilla y permaneció en silencio durante unos instantes, simplemente contemplando el paisaje.
—Nunca imaginé que un lugar pudiera ser tan hermoso —dijo.
Emir se acercó.
—Cuando era niño, mi abuelo decía que el Bósforo nunca mostraba el mismo paisaje dos veces.
—Parece que le gustaba mucho este lugar.
—Le gustaba.
La palabra salió cargada de nostalgia.
Bianca volvió a percibir aquella melancolía discreta que siempre aparecía cuando Emir hablaba de su familia.
Después del paseo, caminaron por el barrio de Ortaköy.
Las estrechas calles estaban llenas de artistas pintando al aire libre, músicos interpretando melodías tradicionales y pequeños puestos que vendían patatas rellenas, dulces bañados en miel y cafés aromáticos.
Emir compró dos limonadas frías y le entregó una a Bianca.
—Todavía no puedo creer que consiguieras convencerme de probar el café turco.
Ella sonrió.
—Y yo sigo pensando que le pones demasiado azúcar.
—Es tradición.
—Es una excusa.
Los dos rieron juntos, llamando la atención de algunos comerciantes que observaban la conversación con curiosidad, sin entender el idioma en el que hablaban.
Aquella tarde decidieron subir hasta un antiguo mirador desde el que se podía contemplar gran parte de la ciudad. El viento movía el cabello de Bianca mientras admiraba los cientos de tejados rojizos, las monumentales mezquitas y el intenso brillo del mar en la distancia.
—Si pudieras elegir cualquier lugar del mundo para vivir, ¿seguirías eligiendo Brasil? —preguntó Emir.
Ella reflexionó durante unos segundos.
—Mi familia está allí. Mi corazón siempre tendrá una parte en ese lugar.
Después sonrió.
—Pero creo que hay ciudades que entran en nuestra vida para siempre.
—¿Como Estambul?
Ella volvió la mirada hacia él.
—Como algunas personas.
Emir sostuvo su mirada durante unos instantes.
Ninguno de los dos necesitó decir nada más.
Aquella noche, Emir la llevó a un restaurante situado en la terraza de un edificio histórico.
Pequeños faroles iluminaban las mesas cubiertas con manteles de lino, mientras unos músicos interpretaban discretamente melodías tradicionales al fondo.
El aroma del cordero asado, las hierbas frescas y el pan recién horneado hacía que el ambiente resultara todavía más acogedor.
Durante la cena hablaron sobre la infancia, los sueños y los miedos. Bianca le contó historias de su familia en Brasil, las dificultades que había enfrentado para ahorrar dinero y hacer realidad aquel viaje, el cariño que sentía por sus padres y su deseo de conocer culturas diferentes.
Emir escuchó todo con atención.
—Hablas de tu familia con mucho orgullo.
—Porque siempre me enseñaron que el dinero facilita la vida, pero nunca define quiénes somos.
Ella sonrió.
—¿Y tú? ¿Cómo fue crecer aquí?
Él permaneció en silencio durante unos segundos.
—Mi infancia fue... diferente.
—¿Diferente cómo?
—Rodeada de muchas responsabilidades.
La respuesta volvió a parecer incompleta.
Bianca comprendió que había una parte muy importante de su vida que seguía cuidadosamente oculta.
Aun así, decidió respetar ese límite.
Después de cenar, caminaron por las calles iluminadas hasta llegar a un jardín silencioso junto al Bósforo. Los árboles se mecían suavemente con la brisa nocturna y el reflejo de la luna dibujaba senderos plateados sobre el agua.
Emir dejó de caminar.
Respiró hondo.
Luego se volvió hacia Bianca.
—Hay algo que necesito decirte.
Ella sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué ha pasado?
Él dio un pequeño paso hacia ella.
—Desde el día en que nos conocimos, intenté convencerme de que esto sería solo un bonito recuerdo. Tú volverías a Brasil, yo seguiría con mi vida y todo terminaría allí.
Bianca permaneció completamente inmóvil.
—Pero eso no ocurrió.
Él sonrió levemente.
—Cuanto más tiempo paso a tu lado, más difícil me resulta imaginar mis días sin ti.
Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Emir...
—Me he enamorado de ti.
Las palabras salieron sin prisa, firmes y sinceras.
Bianca tardó unos segundos en responder.
Luego sonrió de la forma más hermosa que él había visto jamás.
—Pensé que era la única que sentía esto.
Él tomó sus manos con delicadeza.
—No lo eres.
El silencio que nació entre los dos era reconfortante.
No había dudas.
Ni miedo.
Solo la certeza de que aquel sentimiento ya había crecido mucho más de lo que cualquiera de los dos había pretendido permitir.
Durante los días siguientes pasaron prácticamente todo el tiempo juntos.
Emir reorganizaba discretamente sus compromisos para acompañarla por las calles de la ciudad, mientras Bianca prolongaba su viaje encontrando siempre un nuevo motivo para quedarse.
Las despedidas al final de cada noche se hacían cada vez más difíciles.
Fue durante una visita a un antiguo palacio junto al Bósforo cuando Emir tomó su decisión.
Mientras caminaban por un jardín repleto de rosales cuidadosamente podados, sacó del bolsillo una pequeña caja de terciopelo azul oscuro.
Bianca miró el objeto sin comprender.
—Emir...
Él abrió lentamente la caja.
Dentro había una delicada alianza de oro blanco.
No era extravagante.
Era elegante.
Discreta.
Exactamente como él.
—Quiero casarme contigo.
Ella permaneció completamente en silencio.
Su corazón parecía incapaz de seguir el ritmo de sus pensamientos.
—Sé que todo ha sucedido muy rápido.
Él respiró profundamente.
—Pero nunca he estado tan seguro de una decisión.
Bianca se llevó una mano a los labios, emocionada.
—¿Hablas en serio?
—Nunca he hablado tan en serio en toda mi vida.
Ella sonrió mientras las lágrimas finalmente escapaban de sus ojos.
—Sí.
La respuesta salió casi en un susurro.
Pero fue suficiente para transformar por completo la expresión de Emir.
Él colocó con delicadeza la alianza en su dedo.
Después sostuvo su rostro entre las manos.
—Solo hay una condición.
Bianca frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuál?
Emir desvió la mirada durante un instante antes de continuar.
—Tendremos que mantener nuestro matrimonio en secreto durante algún tiempo.
Ella permaneció en silencio.
—Mi familia está atravesando una situación delicada. Hay disputas, intereses y personas que podrían utilizar cualquier información en nuestra contra. Necesito resolverlo todo antes de presentarte oficialmente.
Bianca reflexionó durante unos segundos.
—¿Me estás ocultando... o intentas protegerme?
Él respondió sin vacilar.
—Protegerte.
Sus ojos transmitían sinceridad.
Ella le creyó.
Tal vez porque estaba enamorada.
Tal vez porque deseaba creerle.
Tal vez porque todavía no conocía el peso que aquel secreto tendría sobre sus vidas.
Bianca volvió a tomar su mano y sonrió.
—Entonces afrontaremos este tiempo juntos.
Emir apoyó la frente contra la de ella.
—Te prometo que será solo por poco tiempo.
Ella cerró los ojos.
En aquel instante, bajo el cielo estrellado de Estambul y acompañados por la suave brisa que llegaba desde el Bósforo, ambos creyeron que ninguna promesa hecha por amor sería demasiado difícil de cumplir.
Ninguno de los dos imaginaba que precisamente aquella promesa se convertiría, algún día, en la mayor amenaza para el matrimonio que acababan de comenzar.