Capítulo 69
Dejarla aquel día, después de que la hice llegar al orgasmo con mis dedos, fue un ejercicio de autocontrol.
Llevarla a su casa ayer y darle solo un beso casto en la boca, cuando Charlie dijo que quería intentar, a su propio ritmo, darnos una oportunidad, me hizo entender hasta qué punto estoy loco por ella, porque jamás permití que nadie dirigiera mi vida, pero estoy dispuesto a ceder si eso es lo que necesita para sentirse segura y volver a confiar en mí.
Fui a buscarla para que fuéramos juntos a la ecografía, con la que descubriremos el sexo de nuestro bebé, y no importa cuánto me diga a mí mismo que debo ir con calma, cada vez que nos miramos mientras conduzco hacia la ciudad, sé que los dos estamos pensando lo mismo: que la última vez que fuimos juntos a un obstetra, en Turquía, estábamos muy felices.
Una felicidad frágil, sin embargo.
Fruto de su amnesia parcial.
Por más que haya disfrutado cada segundo de lo que vivimos allí, prefiero el ahora, lo verdadero, donde no habrá una espada todo el tiempo sobre mi cabeza.
En este momento, todavía no la tengo por completo, pero Charlie me ve con todos mis defectos, no como un príncipe encantado o el hombre ideal, sino como el verdadero Zehab, que se equivocó, hizo mierda las cosas, pero que la ama incondicionalmente.
—Estoy ansiosa. ¿Qué quieres? ¿Niño o niña? —pregunta cuando llegamos al consultorio y la recepcionista nos pide que esperemos.
Yo quería llevarla al menos a un médico en la capital, pero Charlie me dijo que este obstetra fue el mismo que la trajo al mundo.
—¿Sonará muy cliché si te digo que lo único que quiero es que nazca sano? Solo me importa que sea nuestro, Charlie.
Por primera vez desde que llegué a Buffalo, viene hacia mí, se pone de puntillas y rodea mi cuello con los brazos.
—Quiero conseguir olvidar el pasado porque no existe otro hombre para mí y nunca lo habrá, Zehab. Te amo. Quiero una casa llena de hijos y recuerdos, pero tengo que poder ser sincera cuando diga que te perdono.
—Nunca me arrepentí de nada en la vida hasta que rompí tu corazón, Charlie. Siempre te amé, incluso cuando, en aquel momento de locura, te odié. Perdóname. Prometo que te trataré como a mi reina durante el resto de mi vida.
—El doctor Mitchell ya los atenderá. —La secretaria regresa, interrumpiendo nuestro momento.
Sin embargo, antes de soltarla, la beso, sin importarme que no estemos solos.
Cuando separo nuestros labios, Charlie está sin aliento.
—Mantén ese pensamiento en mente, mi turco. Me gusta el papel de reina de tu vida.
Charlie
Giro la cabeza para mirar al bebé en la pantalla y, al igual que sucedió en Turquía, mi marido tiene los dedos entrelazados con los míos.
No consigo contener la emoción y, cuando el médico nos dice que tenemos un varoncito grande en camino, Zehab se inclina y me besa, pasa la mano por mi barriga cubierta de gel, y veo que sus ojos brillan como dos joyas de acero.
—Un niño —dice—. Para cuidar de la próxima, proteger a su hermana menor.
No sé si se da cuenta de lo que acaba de decir. Planear para él es como respirar. Lo hace de manera natural y ya da por hecho un futuro para nosotros tres. O cuatro, o cinco. Quiero muchos bebés.
—¿Piensan seguir en la ciudad? —pregunta el obstetra, dejando claro que ya está al tanto de los chismes y que sabe que mi marido es un “forastero”.
Quizá incluso sepa que estábamos a punto de divorciarnos.
—Eh... Sí, nosotros... —comienza Zehab, pero me mira.
—Todavía no estamos seguros —digo porque sé que, si seguimos juntos, siendo realista, no puedo imponerle a Zehab que continúe viviendo en Buffalo.
Mi profesión, por ahora, está en suspenso, pero sus principales negocios están en Europa.
—Estás haciendo planes —me dice sonriendo, cuando, después de explicarnos durante casi quince minutos sobre el desarrollo del bebé, el médico nos deja a solas y dice que nos esperará en su consultorio.
—Ya te acusé de eso una vez. —Le devuelvo la sonrisa.
—Sí, pero ahora parece que...
Coloco dos dedos sobre sus labios.
—No seas impaciente. Lo estoy intentando. Te amo, Zehab.
Todavía duda y puedo percibir su lucha interna, porque su naturaleza es siempre mandar. Al final, sin embargo, se ríe.
—¿Cómo quieres celebrar que nuestro niño está creciendo sano? ¿Un viaje en helicóptero a Cheyenne para una cena a la luz de las velas?
—No. Tengo antojo de chocolate. Abrieron una heladería nueva en la ciudad. Llévame hasta allí, marido.
La heladería es pequeña, sencilla, no tiene nada de especial, pero la dueña tiene manos de hada, porque estoy disfrutando del mejor postre helado que probé en mi vida.
—Nunca comí un helado más delicioso en mi vida.
—No dejes que los italianos y los franceses te escuchen decir eso —dice—. Ambos países compiten por ver quién tiene el mejor helado del mundo.
—Lo siento mucho por los dos —digo, lamiéndome los dedos—, pero el mejor helado del mundo está en Buffalo, Wyoming.
Creo que la dueña me escucha porque se ríe.
—Así se habla, chica.
Es nueva en la ciudad. Dijo que se cansó de las grandes ciudades y quiere disfrutar de su “vejez” en el interior.
Tomo una cucharada de helado que apenas cabe en mi boca y siento que se desliza por mis labios.
—Dios mío. —Me río, pero, antes de alcanzar la servilleta para limpiarme, él usa el pulgar para recoger lo que se derramó y me lo ofrece.
Chupo su dedo, quizá con más presión de la que debería, y veo cómo sus ojos se oscurecen.
—¿Qué pasa? —pregunto, haciéndome la tonta.
—No tienes idea de lo que me estás haciendo, ¿verdad?
—No sé de qué estás hablando. Quería helado porque tuve un antojo. Estoy embarazada.
Su mirada me hace temblar y, aun estando en público, no consigo impedir que mi cuerpo reaccione.
—¿Terminaste?
—Sí. ¿Vas a llevarme a casa?
Di que no.
Quiero más tiempo contigo.
—El día todavía no terminó. Ven conmigo a conocer mi granja. El lugar que compré para estar cerca de ti. Donde imagino a nuestros hijos corriendo por los pastizales algún día.
—¿No piensas venderla? —pregunto, sorprendida y emocionada.
Zehab se está comprometiendo a largo plazo con Wyoming porque sabe lo importante que es la familia para mí.
—No. Tendremos dos hogares, aquí y en Turquía.
No consigo decirle que no planee tan lejos porque quiero planes para toda la vida.
Quiero una vida a su lado.
Media hora después, llegamos a la granja.
No sabía qué esperar.
Quizá lujo, sofisticación como en sus otras residencias, pero, cuando entramos en la casa principal, veo que respetó la arquitectura del lugar.
Es rústica y acogedora. Tiene toda la esencia de una casa de campo.
—Esto es hermoso.
—Todavía no viste todo.
Atraviesa la casa tomado de mi mano y salimos por las puertas traseras.
Me quedo con la boca abierta cuando veo un jardín enorme. Pero no está completamente terminado. Es como si estuviera esperando que alguien lo organice.
—Es tuyo. Amas la jardinería.
Bajo los escalones y me quedo sin palabras cuando veo carritos con semillas, palas, todo lo necesario para que pase horas en mi “terapia”.
—¿Hiciste esto por mí?
—Sí. Conviértelo en lo que quieras, planta lo que desees. Pero quédate conmigo.
Las lágrimas aparecen sin que pueda impedirlo.
—Te amo, Zehab. No perdonarte también me está lastimando. Te quiero a ti, a nosotros y a nuestra familia. Estoy dejando atrás el pasado y te concedo mi perdón.
No dice nada durante varios segundos, pero veo en sus ojos la emoción más cruda.
Un hombre con la guardia baja, mostrando todo lo que siente por mí.
Me envuelve entre sus brazos y me besa.
No tengo ni idea de cuánto tiempo estuvimos así. Podrían ser días u horas, pero, cuando me toma en brazos y me lleva dentro de la casa, sé que finalmente estoy preparada para empezar de nuevo.
Dentro de la habitación, mi marido me desnuda con cuidado, tocando, besando, chupando, lamiendo y mordiendo cada pequeño fragmento de mi piel.
Cada beso es una promesa silenciosa de amor y, cuando estoy completamente desnuda, me observa con adoración.
—Después de tanto tiempo, tengo luz en mi vida otra vez. Eres mi paraíso, esposa.
Hay hambre en los dos, pero no urgencia, porque ambos esperamos mucho por este reencuentro libre de dolor, en el que elegimos el amor por encima del resentimiento.
Existe sed de sexo, pero también de alma, de corazón, de perdón y de un nuevo comienzo.
Me recuesta con cuidado en la cama y sus labios recorren el camino desde mi boca, cuello, pechos y barriga, hasta que se detiene y besa el lugar donde está creciendo nuestro hijo.
Abre mis muslos, los coloca sobre sus hombros y me hace gemir con su lengua, sus dientes y sus labios.
Me corro diciendo su nombre, mi cuerpo reaccionando con pasión a cada caricia, después de semanas de soledad y tristeza.
Zehab
Vuelvo a subir sobre su cuerpo, mi boca encontrando sus pechos, lamiendo cada pezón, succionándolos hasta que comienza a separar los muslos, suplicando que la posea.
Llevo sus piernas hasta mi cintura y, cuando la penetro, lo hago lentamente, disfrutando del encuentro de nuestras carnes. Vagina recibiendo verga, hembra acogiendo a su macho. Mi reina aceptando a su esclavo en el cuerpo que tanto adoro.
Gime, amoldándose a mí, con las caderas siguiendo mi ritmo; el encuentro de nuestros sexos, acompasado, húmedo, caliente, creando un encaje perfecto.
Le susurro palabras en mi idioma al oído, jurándole mi amor, lealtad y fidelidad.
Diciéndole una y otra vez, para que jamás lo olvide, que nunca habrá otra porque ella es la única para mí.
Y cuando llegamos al orgasmo juntos, nos perdemos el uno en el otro, temblando, gimiendo, haciéndonos promesas de amor.
Mucho tiempo después, todavía la tengo entre mis brazos.
Con Charlie, siempre fue mucho más que satisfacción física.
Es alma y corazón.
—Tienes todo de mí —digo.
—Porque somos el uno del otro.
—Sí, esposa. Somos el uno del otro.