Capítulo 68
Cuando el auto se detiene frente a la casa, Charlie sale prácticamente corriendo, y sé la razón.
Puede odiarme en este momento, pero la atracción física entre nosotros es innegable.
Leí un poco sobre el embarazo y descubrí que las mujeres suelen sentir más deseo debido a la revolución hormonal que ocurre dentro del cuerpo.
No pienso utilizar eso a mi favor, pero tampoco voy a negarle nada que quiera. Si su deseo hace que se lance sobre mí, dejaré que me use para su placer. Aceptaré cualquier cosa que esté dispuesta a darme.
Bajo del vehículo y saco la lata de pintura verde de la caja.
Voy hacia la casa, aunque no me haya invitado, y sé que siente mi presencia porque, cuando llega al porche, mira hacia atrás.
—¿Tienes materiales para que pueda pintar? ¿Rodillo, pinceles?
—¿Piensas hacerlo hoy?
Dos cosas llaman inmediatamente mi atención: no me está echando, diciéndome que de ninguna manera entraré en su casa, y además está considerando permitirme hacerlo hoy.
Tomo eso como puntos a mi favor y por nada del mundo voy a desperdiciar esta oportunidad.
—Puedo pintar la habitación hoy mismo.
Se detiene, mirándome con una ceja levantada.
—No sé si...
—Quiero hacerlo por nuestro hijo o hija, Charlie.
Se pone roja.
—Está bien. Sabes que solo tengo dos habitaciones, así que la del bebé será la que no es mi dormitorio.
Charlie
Horas después, lo espío como una voyeur desde el pasillo, mientras pinta la habitación de nuestro bebé.
Me miento a mí misma diciéndome que no estoy observando obsesivamente la espalda musculosa de mi marido, sino comprobando que esté pintando bien.
—¿Necesitas ayuda con algo, Charlie? —pregunta, mirando hacia atrás por encima del hombro, y siento que el rostro me arde.
¡Dios, qué vergüenza! Sabía que me lo estaba comiendo con los ojos.
—No, solo estaba comprobando si estabas pintando bien. Soy exigente —murmuro, alejándome—. Cuando te vayas, cierra la puerta.
Mientras voy hacia mi habitación, aún puedo oír su risa baja y, por más que me enoje con ese turco engreído que sabe exactamente el efecto que tiene sobre mi cuerpo, no consigo evitar sonreír también, porque extrañaba todo de él.
Las sonrisas y las risas de Zehab siempre fueron raras, pero existían.
No me gusta ver el dolor en su rostro porque, a pesar de todo el resentimiento, él será para siempre mi amor.
Horas después de escucharlo marcharse, recibo un mensaje.
Zehab: “¿Te gustó?”.
Sé que, antes de irse, pasó al menos cinco minutos parado frente a la puerta de mi habitación, como si no estuviera seguro de si debía llamarme o no.
Durante un momento de locura, deseé que abriera la puerta, que tomara lo que le pertenece por derecho: mi cuerpo, mi corazón, mi alma y mi mente.
Pero sé que las cosas entre nosotros no se resolverán en la cama. Hay demasiado en juego.
Amor, pero también respeto por mí misma.
Cuando tome una decisión, tendré que estar segura de si realmente soy capaz de perdonarlo. No sería justo torturarnos a los dos fingiendo que todo está bien si no puedo volver a entregarle por completo mi corazón y mi confianza.
“Quedó hermoso. Gracias”. Escribo y envío.
No es un falso cumplido. Quedó perfecto, como todo aquello a lo que él se dedica.
Zehab: “Destruiría todo mi trabajo y empezaría otra vez solo para respirar el mismo aire que tú. Te amo, esposa”.
No respondo a ese mensaje.
Todavía no me siento preparada, pero cada vez estoy más segura de que se acerca el momento de tomar una decisión definitiva.
Zehab
—¿Zehab? —La escucho llamarme cuando estoy bajando de su vehículo, que está suplicando que lo lleven a un deshuesadero.
Fui a la ciudad después de salir de su casa para solucionar el asunto de su camioneta.
Tenía intención de dejarla aquí, con la llave en el encendido como siempre hace (lo que me irrita muchísimo, porque cualquiera podría robársela y, además, en el llavero también hay una copia de las llaves de su casa), e irme sin molestarla.
—Vine a traerte tu vehículo. Vas a necesitarlo. Mandé cambiar los cuatro neumáticos.
—No era necesario.
Estoy al límite y eso manda mi paciencia al carajo. En unos pocos pasos, llego hasta ella.
—No finjas que no me conoces, Charlie.
—No entendí.
—Sabes que siempre fui protector contigo. ¿Crees que dejaría que mi esposa siguiera circulando con neumáticos que parecían a punto de explotar en cualquier momento?
—¡No puedes tomar decisiones sobre mi vida! —me desafía, acercándose hasta pegar nuestros cuerpos.
Me prometí que me controlaría, que no cruzaría límites, que respetaría su espacio, pero no consigo resistirme a besarla.
Al principio parece asustada y espero el momento en que vaya a empujarme, pero enseguida, con nuestras bocas juntas, el deseo explota entre nosotros.
A partir de entonces, es una guerra de lenguas, dientes y labios, y, cuando me doy cuenta, ya la tengo en brazos y estamos dentro de su habitación.
En cuestión de segundos, su vestido está en el suelo, y me quedo completamente hipnotizado por la pequeña curva del embarazo, que ya comienza a notarse.
La emoción me golpea con una fuerza brutal. Me tiemblan los dedos cuando me agacho frente a ella para acariciarla, para besar su vientre.
—Estás creciendo —murmuro para el bebé—. Te amo, hijo. Y amo a tu madre. Siempre estaré cerca.
Suelta un suspiro y, cuando levanto la cabeza, tiene los ojos llenos de lágrimas.
Me pongo de pie, sujeto su rostro y beso su boca, pero enseguida mis manos acarician sus pechos, con los pezones duros.
Están todavía más grandes y bajo la boca por su cuello hasta llegar a sus pechos, succionándolos con placer hasta escucharla gemir de deseo.
Charlie echa la cabeza hacia atrás, me sujeta del cabello y su reacción me vuelve loco.
Rasgo la fina tela de su ropa interior, con los dedos buscando el calor de su vulva. Sin dejar de besarla, la estimulo así. Mi esposa está muy excitada, empapada para mí.
Charlie llega al orgasmo rápido y con tanta intensidad que necesita aferrarse a mí. Me muerde, me araña el cuello, y siento la dualidad dividiéndola.
Amor y rencor, pasión y dolor.
No soy tan optimista como para creer que hacerla llegar al orgasmo cambiará algo entre nosotros, así que la sostengo hasta que deja de temblar, la tomo en brazos y la acuesto en la cama.
La beso una última vez y comienzo a caminar hacia la puerta de la habitación.
—No quieres irte.
—Quiero quedarme, pero quiero que sea para siempre, cuando estés segura de que podemos superar el pasado. Una noche no sería suficiente contigo, Charlie. Una vida quizá tampoco lo sea, porque te amaré por toda la eternidad.
CharlieVarios días después
En cuanto entré en la casa de mi hermana, dudé de si había sido una buena idea aceptar su invitación a cenar.
Daylin está tramando algo, estuve segura en cuanto llegué al patio y vi que, además de Zehab, había invitado a un granjero local, un hombre con el que una vez quiso que saliera, pero que, aunque es atractivo, me atrae tanto como una planta.
Noté la mirada de Zehab sobre mí y después sobre el otro invitado.
¿Se dio cuenta de la trampa de mi hermana?
Horas después, cuando la barbacoa más incómoda en la que participé en mi vida llega a su fin, voy a la cocina en su búsqueda.
—¿Qué esperas conseguir con esto? ¿Poner celoso a Zehab?
—¿Yo? Para nada. Solo pensé que, como están a punto de divorciarse, sería bueno que empezaran a pensar en otras opciones.
—¡No eres tan insensible!
—¿Insensible? ¿Por qué? Hasta donde sé, tú y Zehab no tienen vuelta atrás. Me dijiste hace unos días que sigues decidida a pedir el divorcio y, como él ya está empezando a seguir adelante...
—¿Cómo que seguir adelante? ¿De qué estás hablando?
—Shhh... Habla bajo, hermana, o tu casi exmarido va a pensar que estás celosa.
Pongo las dos manos sobre mis caderas.
—¿Y por qué tendría motivos para sentir celos de él?
—No sé. Dejaste claro que no lo quieres y esa turca...
¿Recuerdas a una que me mostraste que salió en una revista con él?
Kaya, creo que se llamaba. Bueno, dio una entrevista diciendo que siempre estuvo enamorada de él y que nunca va a dejar de quererlo.
Zehab es guapo, saludable y un buen hombre.
Seguro que, cuando se divorcien, volverá a casarse.
—Ya está casado.
—No por mucho tiempo, según tú misma.
Escuchamos al granjero despedirse de Dax y Zehab, probablemente porque se dio cuenta de que mi marido tenía ganas de matarlo.
—¿Qué estás intentando hacer, Daylin?
Suspira y deja sobre la mesa el plato que estaba secando.
—Solo quiero que dejes de sabotearte, Charlie. Vas a perderlo. Quizá no por esa turca enamorada, pero sí por otra mujer. No puedes quedarte a mitad de camino para siempre. Es obvio que todavía se aman y que los dos están sufriendo, pero, si no eres capaz de perdonarlo, déjalo ir.
—No puedo. Lo amo. No quiero perderlo, pero tampoco quiero ser como nuestra madre, encontrando siempre una excusa para los errores de su marido, Daylin.
—Son situaciones completamente diferentes, Charlie. Zehab no te engañó, no confió en ti y te pidió perdón por eso. Ahora solo hay dos caminos, hermana. O dejas atrás el pasado o sigues adelante sola. Te amo, Charlie, pero también adoro a ese turco. Tienes que tomar una decisión.
Salgo de la cocina, sabiendo que tiene razón, y voy hasta donde está él.
—¿Puedes llevarme?
Sus ojos permanecen fijos en los míos durante varios segundos, hasta que entrelaza nuestros dedos.
—Ni se me pasó por la cabeza dejarte ir sola. —Veo que Dax nos deja a solas—. ¿Eso significa que estás dispuesta a darme una segunda oportunidad?
—No puedo prometerte nada. Todavía siento que mi corazón sangra cuando recuerdo lo que hiciste. Pero te amo y quiero intentarlo... a mi ritmo.
—A la velocidad que quieras, esposa. Yo te seguiré.