Capítulo 66
Diez días después
No consigo secarme las lágrimas porque mis manos sucias de tierra no me lo permiten, así que, en lugar de luchar contra el dolor, dejo que caigan mientras continúo trabajando en mi jardín.
Escucho pasos detrás de mí y sé que es Daylin. Ha venido todos los días desde que regresé a Buffalo. En realidad, quería que me quedara en su casa, pero decidí estar sola porque necesito pensar.
Huí de Estambul cuando recuperé la memoria, pero sé que no podré evitar una conversación definitiva con Zehab.
Apagué mi teléfono y, el mismo día que llegué a Buffalo, cerré la cuenta anterior y cambié de número.
Sí, quizá no sea lo más maduro del mundo, pero, para mí, fue como un gesto simbólico, una forma de dejar atrás el pasado.
¿Es una actitud ingenua? Por supuesto, ya que el pasado no puede borrarse, está aquí, creciendo dentro de mi vientre.
En cuanto aparece ese pensamiento, me avergüenzo y le pido perdón a Dios. No importa qué me haya traído hasta este momento, nunca voy a arrepentirme de estar embarazada.
—Dejaste descolgado el teléfono fijo —dice mi hermana después de agacharse y besarme la coronilla.
—Sí.
—No puedes seguir actuando así, Charlie. Él tiene derecho a saber cómo está el bebé. Zehab me llama todos los días.
—No quiero hablar con él.
—Créeme, tu marido ya entendió esa parte, pero esto no se trata solo de ti. Él es el padre de tu hijo.
—No tengo ninguna intención de mantenerlo alejado de nuestro hijo, pero necesito un poco de tiempo para recuperarme.
“Y esforzarme todavía más por odiarlo”, completo en silencio.
Me he esforzado, pero hasta ahora ha sido inútil. No importa que, después de recuperar la memoria, sepa cuánto me lastimó: los recuerdos de nuestro amor invaden mi mente, interfieren y me debilitan.
—Él no va a rendirse. Y, si decidiste que realmente se terminó, entonces tendrás que enfrentarlo, reunirte con él para tener una conversación sincera. Huir nunca te dará el cierre adecuado.
—No estoy huyendo. Solo no quiero verlo por ahora. Ni escuchar su voz.
—¿Porque tienes miedo de perdonarlo?
—Sí. Y de odiarme por hacerlo después.
—Zehab compró la granja vecina. La misma propiedad en la que aterrizó en helicóptero cuando estuvo en Buffalo la otra vez.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Todo el mundo en la ciudad está comentando que un magnate turco compró la finca ganadera.
Finjo que eso no me afecta.
—Es un arrogante. Solo está intentando meterse en mi cabeza. Su amor por mí no es tan fuerte.
—Dite lo que quieras, Charlie, pero ese hombre está loco por ti.
—Su vida está en Turquía. Toda esa determinación no va a durar. En algún momento se cansará. No voy a volver con él.
Las dos estamos de pie ahora y siento dolor en la espalda por las horas que trabajé en el jardín.
—Yo no creo que... —comienza, pero se detiene, mirando por encima de mi hombro, al mismo tiempo que escucho el sonido de unos neumáticos sobre la tierra.
Sin necesidad de darme vuelta para ver quién llegó, sé que es él.
El hombre al que, si pudiera, no volvería a ver nunca más. El mismo al que amo y odio.
Intento controlar los temblores de mi cuerpo. Todavía no estoy preparada para verlo.
“¿Y algún día lo estarás?”, susurra una voz interna.
Con el corazón acelerado, me doy vuelta lentamente.
Zehab ya está saliendo del auto y mis ojos traicioneros lo devoran.
Hace diez días que llegué y que me niego a atender sus llamadas. De alguna manera, descubrió mi nuevo número, llamó, envió varios mensajes, pero lo ignoré por completo.
Puedo sentir la tensión en su cuerpo. Pero no es lo único que noto. No lleva su habitual ropa lujosa, sino que está vestido como alguien de aquí, de Buffalo: camisa y jeans. Botas Tecovas.
Su rostro parece el de alguien agotado y estoy segura de que perdió varios kilos.
¿No está comiendo?
También noto que tiene ojeras.
¿No está durmiendo?
¿Y a mí qué me importa? Se merece todo lo que esté pasando.
Mi primer impulso es huir, pero el orgullo que todavía me queda me lo impide.
Respiro hondo e intento aparentar calma, aunque los latidos de mi corazón son caóticos.
Zehab
Diez días desde que me dejó, y lo único que quiero es llevarla de nuevo a mis brazos y demostrarle que nunca voy a renunciar a nuestro amor.
Mis ojos la devoran con hambre y añoranza.
Charlie sigue hermosa, pero parece triste y cansada.
Noto que apenas respira.
Vine a Buffalo al día siguiente de que se marchara de Turquía porque, cuando todavía estaba en París, mis guardaespaldas me avisaron que se había ido.
La llamé, pero Charlie me ignoró, así que intenté contactar a mi cuñada.
Daylin me aconsejó que esperara, que mantuviera la distancia por ahora, y quedarme cerca sin venir a verla fue lo más difícil que hice en mi vida.
La observé desde lejos. Todos los días vengo aquí y, desde dentro del auto, la veo trabajar en el jardín.
Nunca se dio cuenta. Y eso solo demuestra lo vulnerable que está, lo desprotegida que se encuentra en esta casa. Yo podría ser cualquiera, alguien que quisiera hacerle daño.
Hoy ya no pude seguir esperando para verla.
Soy el dueño de la granja que limita con sus tierras. La compré por cuatro veces su valor de mercado porque el propietario no quería venderla, pero yo no iba a aceptar un no como respuesta. Hice lo que fuera necesario para estar cerca de mi mujer y de mi hijo.
No voy a irme de Buffalo. Si quedarme aquí es lo necesario para conseguir su perdón y reconquistarla, haré de Wyoming mi hogar.
—¿Qué estás haciendo aquí? No eres bienvenido —dice.
El pecho se me oprime, pero sé que merezco ese trato.
—Estoy aquí porque soy tu marido, el padre de tu hijo. Nunca voy a renunciar a nosotros.
Sostiene mi mirada y, por un instante, veo el amor que, incluso cubierto por el dolor, todavía siente por mí.
—Voy a dejarlos hablar —dice mi cuñada y, después de besar la mejilla de su hermana y hacerme un gesto con la cabeza, se marcha.
Charlie
Intento mantenerme firme sobre mis pies. No quiero demostrar cuánto me afecta tenerlo tan cerca.
—No lo mereces, pero voy a escucharte una sola vez y después, quizá, te convenzas de que nunca te perdonaré.
—Entremos, Charlie. No podemos hablar de nuestro futuro aquí, de pie.
—No vas a entrar en mi casa. Y no existe ningún futuro. Tenemos un hijo en camino, y de eso sí podemos hablar: de si quieres ser un padre presente. También quiero hablar del divorcio. Pienso presentar los papeles esta misma semana.
—Entonces será un divorcio conflictivo. Porque, si crees que voy a firmar algún papel sin luchar por nuestro amor, es porque no me conoces en absoluto.
Trago saliva, sacudida por la fuerza de su determinación, pero mantengo la barbilla en alto.
—Deberías estar pensando en el bebé, no en mí. Ya no existe “nuestro amor”.
—Siempre existió y siempre existirá, Charlie.
Si lo único que quiero es al bebé, ¿por qué no contraté a un equipo de empleados para que cuidara de ti y de nuestro hijo?
Tengo suficiente dinero para comprar diez ciudades como esta si quisiera.
Si fuera solo por el bebé, no estaría aquí. Él todavía no nació. Vine por ti.
Intento fingir que sus palabras no me afectan.
—¿Ah, sí? ¿Y cuánto tiempo va a durar esto? ¿Cómo piensas acompañar el embarazo? ¿Vas a visitarme entre vuelos? Tu vida está en Turquía.
—Me mudé definitivamente a Buffalo. Como ya debes saber, compré una granja. Mi vida estará donde estés tú. No voy a imponer mi presencia dentro de tu casa, pero estaré cerca.
—¿Por qué tomarte tantas molestias? Ya no queda nada entre nosotros.
—Sigue engañándote. Todavía nos amamos y esperaré todo el tiempo que sea necesario. Vine en busca de tu perdón. Me equivoqué, pero, si me das una oportunidad, pasaré el resto de mi vida honrando nuestro amor.
—Nunca voy a perdonarte.
—Nunca es mucho tiempo, mi amor, y yo tengo la eternidad para seguir luchando.
Le doy la espalda, asustada por mi propia debilidad. Ese hombre sabe exactamente qué decir para tocarme el corazón, pero no puedo olvidar lo que me hizo.
Zehab
Han pasado varios días y sigo viniendo a la casa de Charlie, que parece decidida a fingir que no existo.
Aprovecho todas las oportunidades que puedo para acercarme.
Me cruzo en su camino en el mercado local, en la farmacia, en las calles de la ciudad. Más que nunca, me convertí en su acosador.
Charlie ni siquiera me dedica un gesto con la cabeza a modo de saludo. Me ignora, aunque la conozco demasiado bien como para no saber que esta distancia nos está lastimando a los dos.
Escucho vibrar mi celular y, cuando lo tomo para responder, veo que es Odin.
—Zehab, tengo novedades.
—¿Sobre Easton?
—No, sobre el padre de Charlie.
—¿Qué?
—Existe la posibilidad de que esté vivo.
—¿Vivo? ¿Cómo es posible?
—Quizá fingió su propia muerte y engañó a todos.
—Si eso es verdad, tiene que ser entregado a las autoridades.
Odin suspira y sospecho que es porque tenía otros planes.
—¿Para que tu esposa pueda cerrar este capítulo?
—Sí. ¿Cuándo estarás seguro?
—Pronto, creo. Dame unas semanas más.