La Esposa Rechazada por ele Magnate (Multimillonarios Turcos nº 5) Capítulo 65
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Capítulo 65

Charlie ya está en el coche, pero por la mirada de mi madre noto que quiere hablar conmigo.

Me interpongo entre el vehículo y ella, dándole la espalda a mi esposa, porque no tengo la menor idea de lo que va a decir y, aunque sea remota la posibilidad de que se trate de algo que moleste a mi mujer, no quiero que nos escuche.

—¿Qué pasa, mamá?

—Tiene un aspecto frágil, pero no lo es, hijo. Te ama, sin duda, pero Charlie sabe lo que vale, y no voy a engañarte: cuando recuerde lo que sucedió, que la rechazaste, no será fácil conseguir su perdón.

—Lo sé.

—Estás caminando sobre hielo fino, Zehab.

—¿Y qué podía hacer? ¿Mantenerla a distancia hasta que me recordara?

No había ninguna posibilidad de que eso ocurriera, mamá.

Aceptaré su ira, su dolor. Prefiero ambas cosas a su indiferencia.

Eso es lo que habría sucedido si Charlie hubiera regresado a Buffalo.

Cuando recuperara la memoria, se olvidaría de mí, pero esta vez por elección.

—No estoy diciendo que hayas hecho mal al mantenerla contigo, Zehab. Yo te di a luz y sé que ninguno de ustedes habría actuado de otra manera. Lo que digo es que necesitarás mucho más que cenas en restaurantes caros, joyas y viajes inolvidables para conseguir que te perdone.

—Haré lo que sea necesario, pondré el mundo a sus pies.

—Ella no parece ser el tipo de mujer que quiere el mundo, hijo. Te quiere a ti. Tu corazón, tu lealtad y tu devoción.

—Charlie tiene todo eso, mamá. Nunca voy a renunciar a nosotros.

Le doy un beso en la frente y entro en el auto. Conduzco en silencio y, cuando llegamos, sin decir una palabra, tomo a mi mujer en brazos.

El miedo de perderla actúa como combustible dentro de mí. No consigo llegar hasta nuestra habitación.

De pie, contra la pared del recibidor, levanto su vestido y rompo sus bragas.

Desabrocho el botón y la cremallera de mis pantalones, sacando mi miembro ya duro. La subo a mis brazos y la penetro por completo, enterrándome en ella.

—Estoy loco por ti, Charlie.

Ella se entrega a la misma locura que yo. Gime, me besa, me muerde, suplica por más. Me tira del cabello y me cabalga.

Nuestra pasión es tan intensa que tiramos varios objetos de los muebles que nos rodean cada vez que la cambio de posición.

Por último, la inclino sobre la consola, frente al espejo, y la penetro por detrás.

Charlie parece una descarada. El tirante del vestido caído, un pecho desnudo, con el pezón rosado y duro, su cabello desordenado y sus labios entreabiertos, empujándose hacia atrás, recibiéndome por completo.

—Córrete conmigo —pide—. Quiero sentir tu placer dentro de mí.

Agarro su cabello con el puño y la follo con fuerza, con un dedo sobre su clítoris, provocándola.

Me entierro dentro de ella una última vez cuando comienza a temblar entre mis brazos.

—Te amo, Charlie. Siempre voy a amarte —juro, mientras derramo hasta mi última gota en su interior.

CharlieUna semana después

Zehab fue a una reunión en París. Regresará hoy mismo, pero me siento increíblemente aburrida sola aquí.

Mi marido me dijo que mandará construir el jardín de mis sueños para que pueda trabajar en él, pero ¿y mientras tanto? No nací para quedarme en casa como una muñeca.

Ayer almorcé con mis cuñadas y Zehra. Después fuimos juntas a comprar ropita para el ajuar del bebé, toda en colores neutros, porque todavía no sabemos el sexo.

Salimos de la tienda con ajuar para unos tres bebés, pero ellas todavía quieren ir a París dentro de unas semanas para comprar más.

Tomo el celular con la intención de llamar a Daylin. Cuando me siento sola, mi hermana es mi válvula de escape. No tengo tanta confianza con mis cuñadas ni con la madre de Zehab como para llamarlas a cualquier hora.

Sin embargo, en cuanto se enciende la pantalla, noto que recibí un mensaje de mi hermana Andrya.

Andrya: “Ya es la quinta vez que intento hablar contigo. Daylin me contó que sufriste un accidente y por eso esperé, pero creo que has estado borrando mis mensajes sin responderme. Estoy cansada de este jueguito, Charlie. Cuéntale de una vez a tu marido lo de nuestro padre antes de que esta mierda me salpique a mí”.

Yo no borré sus mensajes, debió hacerlo Zehab con la intención de protegerme.

No es la grosería de Andrya lo que me sorprende, sino lo que dice: que debo contarle la verdad a Zehab sobre nuestro padre porque, enseguida, recuerdo que me envió un mensaje parecido cuando estaba en… Las Vegas.

Zehra me dijo que me casé en Las Vegas.

Me levanto de un salto del sofá, con las imágenes apareciendo en mi mente como una avalancha.

Lo recuerdo todo, desde el principio. Los recuerdos regresan en una secuencia lógica.

El encuentro en el avión. Nosotros dos volando juntos a Marsella.

Él yendo a Buffalo a buscarme. Nuestras escapadas entre mis conexiones.

La boda en Las Vegas.

El momento más feliz de mi vida. Una semana de sueños y, entonces, el último día, Andrya me amenazó con el pasado de nuestro padre.

Comienzo a sentir que se me revuelve el estómago cuando recuerdo la llegada a Londres.

Y el después.

Zehab en la suite cuando desperté. Sus acusaciones.

Creyó que lo había engañado. Me expulsó de su vida. Me repudió. Me rechazó. Quería el divorcio.

Me fui del hotel llorando después de suplicarle que me escuchara, que nos diera una oportunidad.

“Nuestro matrimonio fue un error”.

Me dijo eso. Ya no me quería.

¿Qué pudo haber cambiado? ¿El accidente?

Me llevo las manos al vientre cuando lo comprendo.

El bebé. Solo me trajo cerca de él por el bebé; de lo contrario, seguiría despreciándome, juzgándome como una traidora, una infiel. Una mujer capaz de engañar a su marido con un exnovio.

Las lágrimas caen con tanta intensidad que no consigo ver mientras subo las escaleras.

Tomo la maleta más pequeña del armario. Meto dentro mi ropa, la que compré con mi dinero.

Necesito actuar rápido, antes de que regrese.

Voy a la caja fuerte e introduzco la contraseña para sacar mi pasaporte.

Lo retiro rápidamente, lo guardo en el bolso y pido un Uber.

Diez minutos después, estoy afuera.

Los guardaespaldas quieren saber adónde voy y miento, diciendo que voy a mostrarle a Ophelia unas prendas del bebé que necesito cambiar.

Dicen que debo ir en el auto del jefe. Los ignoro y entro corriendo en el vehículo que ya me espera.

Media hora después, estoy en el aeropuerto, con el teléfono apagado y el corazón latiéndome en los oídos.

Solo consigo volver a respirar con normalidad cuando, después de comprar el pasaje, ya estoy a bordo.

Vuelvo a encender el celular y envío un mensaje porque no soy una cobarde.

“No quiero volver a verte nunca más. Jamás te perdonaré. Me rechazaste. Dudaste de mí. Te odio, Zehab”.