Capítulo 29
Nunca me consideré alguien que cede fácilmente a las tentaciones, pero interrumpir a Charlie, impedir que siga tomando mi verga en su boca caliente, requiere un esfuerzo casi sobrehumano.
Cuando la tomo entre mis brazos, todavía jadea, con la piel sonrojada y el cuerpo temblando.
Hermosa y mía.
La recuesto en la cama y observo a la mujer desnuda. Necesito sentir cómo se abre para mí más que cualquier otra cosa en la vida. Enterrarme tan profundamente dentro de ella hasta que nuestros cuerpos se conviertan en uno solo.
Me mira con los ojos brillando bajo la tenue luz y, cuando subo al colchón y extiendo la mano para recorrer con los dedos la parte interna de sus muslos, Charlie los separa, abriéndose para mí sin vacilar.
Arrodillado sobre la cama, siento mi cuerpo endurecido por el deseo. No es solo excitación animal, esa necesidad primitiva que nos impulsa a buscar una hembra; es algo más profundo que, en este momento, no consigo definir.
Le sujeto un tobillo y dejo que mi boca se deslice desde allí hasta la parte interna de sus muslos. Lamo su clítoris, pero esta vez no me detengo; sigo subiendo con los labios por su vientre, succiono sus senos y muerdo su cuello hasta llegar a su boca.
—¿Existe alguna posibilidad de que estés tomando anticonceptivos?
—No, y aunque los tomara, quiero que uses preservativo.
—Nunca lo hice sin preservativo. Quiero sentirte cuando te quite la virginidad, pero respetaré tu decisión si no te sientes lo bastante segura como para confiar en mí.
Puedo ver el conflicto en su mirada y comienzo a apartarme para buscar el preservativo que siempre llevo en la cartera, pero, antes de que consiga levantarme, Charlie pronuncia mi nombre.
—¿Qué sucede, Balım[13]? —pregunto.
—Júrame que siempre te proteges.
—Te doy mi palabra. Preferiría perder la vida antes que mentirte.
Su respuesta es extender los brazos hacia mí, dándome la bienvenida.
Vuelvo a inclinarme, buscando su boca con la mía, pero sin dejar caer mi peso sobre su delicado cuerpo.
Sostengo uno de sus muslos sobre mi antebrazo para colocarla en un mejor ángulo para mí.
No quiero limitarme a penetrarla, quiero conocer cada rincón de su cuerpo.
Convertirme en el experto y único dueño de su piel.
Beso su cuello y rozo la cabeza de mi verga contra su húmeda entrada.
Empujo, introduciendo apenas la punta. Charlie está muy estrecha y su vagina me succiona de una manera tan deliciosa como lo hizo su boca hace poco.
Mi dedo rodea su punto de placer y Charlie mueve las caderas debajo de mí, acomodándose para recibirme. La necesidad cruda, el deseo y la forma en que su cuerpo suplica por el mío me vuelven loco.
Ataco su boca, hundiendo profundamente la lengua en ella.
Muerdo sus labios, los succiono, pero no me introduzco dentro de ella más de lo que creo que puede soportar.
Charlie responde a la provocación succionando mi lengua y, solo con el estímulo de mi dedo sobre su clítoris, empapa la cabeza de mi verga.
La pelirroja consigue destruir mi autocontrol. Se entrega a mi deseo, respondiendo a mis manos, mis dientes y mis órdenes.
La intensidad con la que la deseo es visceral.
Charlie
Me siento temblorosa, acalorada y deseosa de más. Quiero pertenecer a Zehab, aunque sé que estoy entrando en una relación que quizá termine causándome dolor.
La manera en que me besa, me acaricia y me mira hace que me sienta especial y querida.
Nuestras lenguas se entrelazan de una forma tan perfecta que parece una danza coreografiada y, aunque puedo sentir lo dominante que es incluso en un simple beso, me siento bien con la idea de rendirme, de entregarle el control sobre mí.
Mis manos se aferran a sus hombros y lo atraen todavía más hacia mí, mientras las suyas se deslizan posesivamente por mi cintura y mi trasero, marcando cada centímetro de piel.
El beso se vuelve todavía más profundo y me siento como alguien que cae al vacío sin fin, pero, en lugar de asustarme, hace que desee descubrir qué hay al final.
Zehab
No estoy acostumbrado a la lentitud en ningún aspecto de mi vida. Sé lo que quiero y voy a buscarlo, pero, en este momento, aunque para conseguirlo tenga que luchar contra mi propio deseo, quiero que recuerde esta noche no como aquella en la que sintió dolor, sino placer.
La suavidad de su boca hace que la devore con besos hambrientos. Deslizo una mano hasta su culo, pegando todavía más nuestros cuerpos, y la cabeza de mi miembro atraviesa sus pliegues, abriéndose paso en su carne virgen.
Bajo el rostro y succiono uno de sus senos, alternando entre ambos, mientras mi pulgar masajea su clítoris.
Ya no consigo contener mi hambre y lo quiero todo, alternando entre besar su boca y morder su cuello, con los dedos hundiéndose en la carne de sus muslos y su trasero.
Me aparto, vuelvo a rozar mi verga contra su entrada, pero esta vez no me detengo: comienzo a penetrarla con un lento vaivén, permitiendo que se acostumbre a mi tamaño.
El deslizamiento se vuelve cada vez más fácil porque está mojada y empujo más profundamente, sintiendo cómo la resistencia cede con cada centímetro de mi miembro que entra en ella.
Es tan perfecta que, por un momento, me quedo sin aliento.
Le sujeto las muñecas contra el colchón con una sola mano porque, si permito que siga arañándome la espalda como lo estaba haciendo, corro el riesgo de hacerle daño por la intensidad del deseo que me provoca.
Miro hacia abajo, entre nuestros cuerpos, y la imagen es hipnótica. La cabeza ancha e hinchada de mi verga abre la carne rosada donde ningún otro hombre ha estado antes que yo.
Durante varios minutos, la dilato y la preparo, estimulándonos mutuamente mientras deslizo y retiro mi pene entre sus pliegues húmedos.
Bajo la cabeza y atrapo un pezón entre los labios. Cuando lo mordisqueo, su cuerpo se arquea sobre la cama.
La sujeto por el culo, separándole todavía más los muslos, y la penetro con suavidad. Ella se mueve conmigo.
Tiro del lóbulo de su oreja con los dientes y gime. Regreso a su boca y, al mismo tiempo, me hundo dentro de ella.
Profundizo el beso y ella gime de dolor cuando quedo completamente dentro de su interior estrecho e intacto.
Me detengo allí durante un momento para darle tiempo a adaptarse, mientras mis músculos tiemblan por la tensión de contenerme y no penetrarla con toda la fuerza que mi cuerpo exige.
Salgo y vuelvo a entrar despacio, cada vez más profundamente, mientras sus caderas encuentran las mías siguiendo un ritmo perfecto, como si nuestros cuerpos supieran qué hacer, como si se reconocieran.
Con cada embestida le demuestro que es mía, porque el placer de estar dentro de ella tiene una intensidad inesperada y es diferente de cualquier cosa que haya sentido antes.
Todavía la penetro con suavidad y, quizá porque comienza a sentirse más segura o siente menos dolor, Charlie me atrae por los hombros para besarme.
Hundo la lengua en su boca y me entierro en ella hasta la base.
Gime con angustia, pero deslizo una mano entre nuestros cuerpos para transformar su dolor en placer.
Lamo su pezón endurecido mientras la acaricio, hasta sentir que su respiración se tranquiliza.
Beso su boca mientras la penetro con una fuerza rítmica, succionando su lengua, mordiendo sus labios y ahogando sus gemidos.
Clava las uñas en mi espalda cuando entro más profundamente. Me recibe por completo y, cuando aumento la velocidad, me muerde.
Mi cuerpo está cubierto de sudor y la penetro cada vez más rápido. La sensación de estirarla hasta el límite para recibirme me está volviendo loco.
Nuestras lenguas luchan en besos voraces y, durante mucho tiempo, alterno entre acelerar las embestidas y retroceder, retrasando el premio, hasta que termino mareado de tanto placer.
Cambio de posición, me siento y la atraigo hacia mi regazo, con mi miembro enterrado hasta la base y la boca pegada a su cuello.
Mis manos sobre sus caderas guían el ritmo.
La hago cabalgarme, sujetándola por el trasero, con sus senos balanceándose y el placer reflejado en su hermoso rostro.
Le agarro la cintura para evitar que se haga daño. El calor de su vagina me envuelve y me mantiene atrapado dentro de ella.
Se estremece y me aprieta con pequeñas contracciones; percibo que otro orgasmo comienza a formarse en su interior. Le provoco un orgasmo y la giro sobre la cama, haciendo que se arrodille, pero sin ponerse en cuatro, porque no quiero lastimarla y mi deseo ya no acepta ningún freno.
Con un brazo cruzado en diagonal sobre su cuerpo, tocándole los senos, y la palma de la mano sobre su vulva mientras mis dedos acarician su clítoris, vuelvo a penetrarla desde atrás, entrando profundamente, pero sin hacerlo demasiado rápido.
Mordisqueo la curva de su hombro mientras le meto la verga al ritmo que puede soportar, aunque, si dependiera de mi deseo, se la metería con mucha más fuerza.
—Eres mía —gruño—. Solo mía, Charlie.
Gime algo incomprensible, quizá mi nombre, quizá una súplica para que nunca me detenga.
Poco a poco aumento el ritmo, con todo el cuerpo tenso. El placer crece brutalmente dentro de mí.
Comienzo a penetrarla con mayor dureza y nuestros cuerpos chocan.
Sus músculos internos vibran a mi alrededor por el orgasmo reciente, pero no le doy descanso y sigo embistiéndola con mi verga.
Siento que mi orgasmo aumenta, que la presión en mis testículos se vuelve dolorosa y que mi miembro se hincha todavía más dentro de ella.
Charlie gira el rostro hacia atrás y me besa.
Con la lengua dentro de su boca, todavía detrás de ella y dentro de su cuerpo, sostengo sus muslos abiertos sobre mis antebrazos y la tomo de esa manera, enterrándome profundamente.
¿Cuánto tiempo pasará antes de que sienta a Charlie correrse otra vez?
Quizá días, quizá horas o solo unos minutos. No sabría decirlo con certeza porque mi universo, en este momento, se reduce a ella. A su delicioso cuerpo tembloroso, deshaciéndose contra el mío, y a su estrecha vagina apretándome.
Gruño, dejando que el descontrol se apodere de mí, y entierro el rostro en el espacio entre su cuello y su hombro, inhalando su aroma de mujer.
—Nunca he deseado nada tanto como deseo ahora llenarte con mi leche y ver mi semen escurriéndose en ti.
En el último segundo, con un gruñido gutural, salgo de ella y siento mi cuerpo palpitar de frustración y deseo incontenible.
Gime en señal de protesta, demasiado perdida en el placer como para comprender el riesgo que supondría dejarme hacer lo que deseo.
La bajo de mis brazos y la giro hacia mí. Con una mano, la sujeto por la nuca y nuestras bocas se unen en un beso apasionado. Con la otra, masturbo mi verga y solo pasan unos segundos antes de que los chorros calientes de mi semen salgan disparados sobre su vientre y sus muslos.
La recuesto y continúo corriéndome sobre su cuerpo, como si la estuviera pintando con mi marca.
Verla allí, desnuda, entregada y aceptando mi locura, hace que deje escapar un fuerte gemido.
Sin que me lo espere, Charlie se arrodilla y toma mi miembro, llevándoselo a la boca y limpiándolo todo con su lengua y sus calientes labios.
Lo succiona con hambre hasta que no queda ni una sola gota. Chupa el glande y hace girar la lengua alrededor de la cabeza, como si quisiera más.
La levanto hacia mí y beso su boca, mientras los sabores de nuestros orgasmos se mezclan.
Esa mujer es mi droga, mi veneno, mi deseo y mi alimento.
—Mía. Eres mía, Charlie. Nunca volveré a dejarte ir.