La Esposa Rechazada por ele Magnate (Multimillonarios Turcos nº 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

La intuición me dice que está avergonzada y, en lugar de dejarla escapar, vuelvo a besarla.

—Siente el sabor de tus fluidos en mi boca. Eres deliciosa. No me importa que nunca hayas tenido sexo, estoy loco por ti, Charlie.

Mis manos vuelven a recorrer sus muslos desnudos, pero esta vez suben hasta la camisa a cuadros y desabrocho algunos botones.

Parece poner a prueba su autocontrol, manteniéndose inmóvil, pero, cuando dejo al descubierto uno de sus senos bajando la copa del sujetador y atrapo un pezón con la boca, comienza a moverse sobre mí, balanceando las caderas con movimientos lentos.

La saboreo, la chupo, succiono su pecho, pero necesito hacer que se corra otra vez y, en esta posición, es casi imposible, así que la giro sobre mi regazo y la siento de manera que su espalda descanse contra mi pecho.

Le abro las piernas y hago que apoye los pies sobre el tablero del automóvil; desabrocho algunos botones más de su blusa.

Su cabeza cae hacia atrás y Charlie se entrega por completo a mis caricias.

Beso la curva de su cuello mientras mis dedos buscan aquel calor húmedo y pegajoso y, con la otra mano, pellizco uno de sus pezones.

—Voy a ir tan despacio como necesites. Lo último que deseo es que sientas dolor.

Cuando vuelvo a introducir un dedo dentro de ella, lo hago lentamente, sintiendo cómo sus paredes estrechas me succionan hacia dentro.

Es ardiente y está mojada.

—Quiero estar dentro de ti, hacerte mía —susurro junto a su oído.

Le mordisqueo la oreja, mientras mi mano trabaja para darle placer, completamente adicto a sus reacciones mientras la masturbo.

—Voy a…

—Sí, córrete para mí, hermosa. No tienes idea de cuánto me vuelve loco tocarte, sentir tu aroma mientras te corres sobre mis dedos.

Cuando esta vez llega su orgasmo, me obsesiono con memorizar cada una de sus reacciones, girándole el rostro para besarla, para mirarla.

Cuando vuelvo a colocarla de frente a mí, fijo la mirada en su hermoso rostro, en su bonita boca roja y entreabierta, en esos ojos que brillan intensamente como joyas en medio de la penumbra.

Charlie pasa los dedos por mi mandíbula como si estuviera dibujándome en su mente.

—Dijiste que te vuelvo loco. No sé cómo manejar lo que estoy sintiendo, Zehab, pero quiero más, aunque a partir de mañana no volvamos a vernos nunca.

Me agarra por el cuello, con el cuerpo todavía temblando por el orgasmo, y me besa, gimiendo contra mi boca.

—Salgamos de aquí. No voy a hacerte mía dentro de un automóvil. Quiero que te quites toda la ropa.

Su piel sedosa se eriza allí donde mis dedos la tocan.

La beso apenas con un roce de labios y salgo del automóvil con ella entre mis brazos para dejarla en el asiento del acompañante, porque no creo que esté en condiciones de conducir. Charlie todavía parece atrapada en la oleada de placer.

Le abrocho el cinturón de seguridad y apoyo mi frente contra la suya antes de apartarme.

—Dime que quieres que me quede.

—Es lo que más deseo, Zehab. No te vayas. Quiero más.

Ocupo el asiento detrás del volante y vuelvo a programar el GPS con la dirección de su casa. Conduzco en silencio hasta estacionar nuevamente en su propiedad.

Por fuera, soy la imagen de la calma, pero mi mente trabaja sin descanso porque, aunque no tengo la menor idea de qué hacer para que esto entre nosotros funcione después de los días que pasaré en Wyoming, pienso mantenerla unida a mí porque, en lo más profundo de mi mente, una voz me dice que he encontrado algo precioso.

Charlie abre la puerta del automóvil sin dar ninguna pista de lo que pretende hacer y sale corriendo. Me preocuparía si no fuera porque mira hacia atrás por encima del hombro y me dedica una sonrisa traviesa.

Voy detrás de ella y la encuentro entrando en la casa.

—¿Adónde crees que vas, pelirroja?

—Ven a buscarme, Zehab. Si de verdad me quieres, tendrás que esforzarte para conseguirme.

Charlie

Una noche que parece más un sueño o una fantasía sensual.

Quiero más de todo. Ahora estoy decidida a descubrir adónde conducirá esta locura y, cuando salgo corriendo, huyendo de él hacia el patio trasero, la idea de que vaya a atraparme hace que la adrenalina recorra mi sangre, pero, al mismo tiempo, una extraña emoción se apodera de mí porque no quiero escapar.

Quiero que me alcance y no vuelva a dejarme ir.

Sí, voy a entregarme a él, voy a permitirme perder la razón y vivir esta pasión, pero… a mi manera.

Atravieso la cocina y empujo la puerta trasera con el corazón desbocado.

Ya afuera, veo el jacuzzi exterior que había puesto a calentar poco antes de que Zehab llegara, al final de la tarde, porque es mi único lujo en la vida: siempre que vengo a Buffalo, al final de cada día, me relajo con una copa de vino mientras permanezco sumergida en el agua caliente.

Lo instalé hace dos años y, desde entonces, esta indulgencia conmigo misma se ha convertido en mi momento feliz. Disfrutar del agua caliente bajo la luz de la luna y las estrellas consigue relajarme.

Hoy, sin embargo, nada ni remotamente parecido a “relajarse” pasa por mi cabeza. Quiero compañía… Quiero verlo desnudo dentro del agua, porque el cuerpo de Zehab es algo con lo que fantaseo desde que lo vi en el avión.

Hoy el jacuzzi ha permanecido encendido demasiado tiempo y quizá no vaya a ganar ningún premio en materia de sustentabilidad, pero no es un pecado que pretenda repetir pronto, así que creo que Dios me perdonará.

La noche se ha enfriado un poco, por lo que el vapor de la bañera parece apetecible.

Subo los escalones de madera que conducen hasta ella mientras escucho los pasos de Zehab detrás de mí.

Mi corazón se acelera. ¿Existe alguna posibilidad de que, a pesar de no tener antecedentes de problemas cardíacos en mi familia, termine desarrollando uno por la manera en que ese hombre siempre consigue que mis latidos se vuelvan erráticos?

—¿Qué estás haciendo, Charlie? —pregunta Zehab.

Me giro lentamente, todavía con una sonrisa en los labios.

—Quiero relajarme en el agua.

—Lo que yo quiero es exactamente lo contrario de hacerte relajar, mujer.

Me coloco frente a él y, sin decir nada, desabrocho el botón y bajo la cremallera de mi falda antes de dejarla caer por mis piernas.

Durante el regreso a casa, le pedí que me devolviera mis bragas y el turco lo hizo, sacándolas de su bolsillo y entregándomelas con una sonrisa maliciosa, aunque no antes de llevárselas a la nariz y olerlas, algo que casi me mata de vergüenza.

Me quito las botas y la blusa y, en un instante, me quedo únicamente en ropa interior.

No me siento tímida. Quiero que me vea.

Pero, cuando levanto la cabeza y nuestras miradas se encuentran, comprendo que no estaba preparada para el hambre que veo en su expresión.

Su cuerpo parece tenso, rígido, y me quedo sin aire cuando, sin apartar los ojos de mí, se quita su propia camiseta y la arroja al suelo.