La Esposa Rechazada por ele Magnate (Multimillonarios Turcos nº 5) Capítulo 24
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Capítulo 24

Veinte minutos después de que entramos en la tienda y de que hice el “pedido” de lo que pensé que necesitaría, Zehab sale del probador y yo, que comenzaba a tranquilizarme, siento que la sangre me vuelve a hervir.

Lleva unos jeans Wrangler ajustados en los muslos, que marcan sus estrechas caderas, unas botas de vaquero que usa con tanta naturalidad que parece haber vivido siempre en una hacienda y, además, una camiseta negra ceñida al pecho. El turco parece perfecto para comérselo.

Y no como esa clase de comida que se disfruta con tenedor y cuchillo, sino como la que se devora con las manos, hundiendo la lengua y los dientes con ganas.

No tardo nada en darme cuenta de que cometí un error. Si mi preocupación era evitar que las mujeres de la ciudad fantasearan con él, mi plan acaba de irse al demonio. Zehab parece el vaquero perfecto y, si llevara sombrero, nadie diría que no es de la región.

Abro la boca porque sé que necesito decir algo, pero no consigo formar ni la más sencilla de las frases, porque ese hombre parece una fantasía sexual hecha realidad.

Se pasa una mano por el cabello grueso y después examina su propia ropa, con una “V” formada entre las cejas. Luego vuelve a concentrarse en mí.

—¿Qué ocurre? —pregunta—. Pensé que esto era lo que querías que me pusiera.

“¡No, cambié de opinión!”, quiero gritar. “¡Estás demasiado sexy y no quiero que ninguna otra mujer te vea así! ¡Eres el vaquero más hermoso que he visto en mi vida!”.

—Eh… Sí. Es que te ves… —No te avergüences, Charlie—. Muy bien con esa ropa. Eh… Quise decir muy cómodo para ser alguien que usa unos jeans Wrangler por primera vez.

¿Bien? Se ve ridículamente delicioso.

Devastadoramente sexy.

Increíblemente comestible.

Se encoge de hombros.

—La ropa es solo ropa. Ya hice lo que querías, pelirroja. Ahora dame de comer. Me muero de hambre.

Me río. Dios, mi madre se horrorizaría. Soy una pésima anfitriona.

Pagamos todo, salimos de la tienda y, en cuanto suena la campanilla al cerrarse la puerta detrás de nosotros, me doy cuenta de que muchas de las mujeres que fingían mirar el escaparate en realidad estaban espiando el interior de la tienda para ver a Zehab.

Tanto es así que ni siquiera disimulan cuando salimos a la acera.

Perfecto.

La noticia ya se difundió y, dentro de poco, todos querrán saber si estoy embarazada y si se confirmó que él es el padre del bebé.

Bienvenido a mi pequeña ciudad, donde todos se conocen y se preocupan, a veces demasiado, dicho sea de paso, por la vida ajena.

Susurran sin conseguir contener la curiosidad y, cuando Zehab entrelaza sus dedos con los míos, abren los ojos de par en par.

Sin embargo, ni siquiera eso impide que lo deseen como si quisieran desnudarlo con los dientes.

Hasta que lo conocí, no creía que fuera celosa, pero la idea de que todas fantasearán con él esta noche me irrita. Me molesto tanto que ni siquiera saludo a una o dos mujeres que reconozco como amigas de mi hermana.

Él no parece notarlo. Las ignora a todas, con los ojos concentrados en mí.

—¿Tenemos que volver a la camioneta?

—No, son solo cinco minutos a pie, pero será mejor que dejemos las bolsas allí.

—¿Todos se conocen aquí? —pregunta con curiosidad.

—No todos. Hay muchas personas que no sé quiénes son. Me marché de Buffalo a los dieciocho años.

—¿Por qué?

—Quería viajar como ya lo había hecho mi padre. Además, aquí no había demasiado que hacer. Mi hermana del medio ya estaba casada y tenía dos hijos.

—¿Te llevas bien con tu hermana?

—Con la del medio, sí. Con la otra no hablo, por el motivo que ya te expliqué.

En realidad, no le expliqué demasiado, pero espero que la respuesta sea suficiente para que no insista con el tema.

Cruzamos la calle hasta el bar deportivo, que a esta hora, al final de la tarde, todavía está vacío, aunque pronto comenzará a llenarse.

Elijo un reservado más o menos al fondo para no dar lugar a todavía más chismes.

Hay al menos ocho televisores de sesenta y cinco pulgadas encendidos en distintos canales. La mayoría transmite repeticiones de partidos.

—Prepárate para comer la mejor comida de Estados Unidos —digo con la boca hecha agua, pero enseguida me muero de vergüenza al recordar con quién estoy hablando—. Eh… Quise decir…

—No te avergüences de tus orígenes. Muéstrame qué cosas buenas hay en el menú. Confiaré en ti para elegir.

La camarera, que estudió conmigo en la secundaria, anota el pedido después de saludarme y preguntarme por las novedades.

—Va a traer comida para todo un batallón —le advierto, y él sonríe.

—No como poco. Y créeme, mi madre te agradecerá que me alimentes con comida de verdad.

Zehab

Sentado en el reservado tapizado con cuero sintético color vino, mientras observo a Charlie devorar sin ninguna ceremonia varios de los bocadillos que pidió, ya que prefirió elegir eso en lugar de una sola comida para que yo pudiera probar un poco de todo, me pregunto cómo es posible que una mujer a la que conozco desde hace poco más de una semana haya conseguido obsesionarme hasta el punto de hacerme venir a una ciudad del interior, en los confines de Estados Unidos.

Alguien como Charlie (auténtica, valiente y dueña de sí misma) nunca formó parte de mis planes.

Desde cualquier ángulo que lo analice, ella no encaja en mi vida y, sin embargo, sé que no permitiré que se aleje tan pronto, porque cuanto más me adentro en su mundo, más me fascina.

Se acercan tres parejas de amigos suyos y ella nos presenta. Se sientan con nosotros y escucho mientras conversan sobre el pasado.

Me sorprendo cuando una de las mujeres dice que vio la última película de la hermana de Charlie y que espera con ansias la continuación.

Veo cómo cambia su expresión y se le tensa la mandíbula. Nadie necesita decirme que se trata de la hermana con la que no se lleva bien.

Bebe un sorbo de cerveza y me mira por encima del borde del vaso. Durante un instante, parece que solo estamos nosotros dos, y veo dolor en sus ojos.

Quiero ordenarles a todos que se marchen y descubrir qué le hizo su hermana para dejarla tan triste, pero nuestra conexión se rompe cuando comienza a sonar música country y las mujeres la invitan a bailar.

Se levanta con sus amigas y sus parejas se quedan conmigo.

Resulta extrañamente relajante que ninguno tenga la menor idea de quién soy. Hablan sobre sus haciendas, la compra de tractores y las reparaciones de sus camionetas como si yo fuera uno de ellos.

Varios minutos después, Charlie regresa a la mesa muy sudada y sonriente, sin parecerse en absoluto a la mujer triste que se había alejado poco antes.

—Vamos a bailar, vaquero.

—No tengo la menor idea de cómo se baila esta música.

—Yo te enseño. Ven conmigo.