Capítulo 21
Durante varias noches, pensé que Zehab había sido un sueño. Los hombres como él no aparecen en la vida de chicas de pueblo como yo, no las llevan de viaje en su avión privado ni a almorzar a Marsella.
Así que, cuando se marchó aquel día, y antes de que leyera las noticias en los periódicos, más o menos acepté que había estado soñando despierta y que todo estaría bien después de un tiempo.
Pensar que tenía una candidata a esposa y que me había engañado me lastimó. El dolor y la angustia que sentí fueron reales. Me volví loca de celos. Pero nunca, ni en un millón de años, habría imaginado que el magnate turco vendría a buscarme.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Veo una camioneta negra y reluciente detrás de él, además de otro vehículo estacionado a un lado, en el que supongo que están sus guardaespaldas. Los noté cuando regresamos a París. Debían estar preparados para seguirlo durante aquel compromiso en Asia.
En las grandes ciudades quizá sea normal andar protegido, pero ¿aquí, en Buffalo? Estoy segura de que hasta las piedras de las calles y las hojas de los árboles, al igual que las vacas y los toros, están comentando sobre el hombre importante que llegó a nuestra comunidad.
¿Cómo vino? Al menos, la camioneta parece demasiado limpia como para haber recorrido seis horas por carretera.
Durante un momento, se limita a mirarme de la misma manera insolente en que lo hizo en el avión y en la pista.
Como si tuviera derechos y poder sobre mí.
Sin embargo, su expresión cambia rápidamente y se vuelve furiosa mientras avanza hacia mí.
Una persona razonable saldría corriendo, pero yo no soy una persona “razonable”.
Crecí con dos hermanas mayores que, cuando querían pelear a golpes, no se detenían a pensar si yo pesaba menos o medía varios centímetros menos que ellas.
Hubo tantos tirones de cabello y bofetadas que aprendí a defenderme y, muy pronto, ambas comenzaron a pensárselo dos veces antes de meterse conmigo.
Además, Zehab no me asusta. No de esa manera, no como alguien que pudiera abusar de mí o lastimarme. El peligro que representa es para mi corazón.
No tarda nada en quedar frente a mí, con su figura poderosa y sensual ocultándome de quienquiera que esté en el otro vehículo, porque sé que no hay nadie más dentro de la camioneta.
—No me ha contestado, señor Yavuz Aydin —digo, y mi voz sale temblorosa porque el efecto que ese hombre tiene sobre mí es algo que no consigo controlar.
—Huiste de mí —dice, y esas son sus últimas palabras antes de enredar el puño en mi cabello y besarme.
Quiero patearlo y arañarlo porque todavía estoy muerta de celos, pero no hago nada de eso. Con las manos manchadas de tierra seca, lo atraigo hacia mí, aferrándome al impecable saco de su traje, y me entrego al beso como alguien a quien han privado de alimento durante demasiado tiempo.
El descontrol de Zehab iguala al mío. Succiona mi boca y me muerde, me levanta del suelo hasta hacer que nuestros cuerpos se alineen y su verga dura me hace temblar.
Hay algo primitivo en conseguir excitar de esa manera a un hombre como él, hasta el punto de saber que no le importa que no estemos solos. Me desea y no lo oculta.
Sin embargo, como si una entidad superior quisiera darme la oportunidad de conservar un poco de dignidad, un pájaro elige aquel momento para cantar muy cerca de nosotros, y eso me recuerda que no estoy soñando. He permitido que el turco mujeriego me bese sin darme ninguna explicación.
Eso es lo que me da fuerzas para intentar liberarme.
—Bájame.
Zehab todavía se resiste y, aunque finalmente lo hace, mantiene las manos sobre mi rostro, mientras una de ellas se desliza por mi cabello.
Toma un mechón y lo observa como si lo fascinara.
—No puedes venir aquí. Ni besarme. Ni siquiera tocarme. Vas a casarte.
Aparta las manos de mí, pero no se mueve, lo que hace que nuestros cuerpos todavía estén a punto de tocarse.
—Mírame y dime si crees que soy la clase de hombre que está comprometido con una mujer y va detrás de otra, Charlie.
Trago saliva.
No, no lo parece. Zehab es un hombre honorable. Creo que siempre lo supe, incluso cuando me pareció un malhumorado en el avión.
No necesito ser capaz de descifrarlo para comprenderlo.
—No quiero decir una frase cliché, pero aquí vamos: no vas a ponerme un dedo encima si no me explicas quién es esa mujer con la que te fotografiaron. No sé cómo funcionan las cosas en Turquía, Zehab, pero aquí tenemos una pareja a la vez.
Para mi sorpresa, porque dudo que le guste que lo confronten, sonríe.
—Es la hija de un socio. No es nada mío. Nunca la he tocado. Y estoy aquí, Charlie. Vine desde Asia para atraparte.
Mi corazón, que no tiene el menor orgullo, se acelera.
—¿Por qué?
—Déjame darme una ducha y después hablaremos. Tengo una propuesta que hacerte.
—¿Una propuesta de qué? —pregunto con desconfianza.
No sé demasiado sobre las costumbres musulmanas, ni siquiera sé si él es musulmán, pero sé que los árabes suelen tener harenes.
No voy a formar parte de un harén de ninguna manera.
—Primero una ducha, Charlie. Después, comida. No me provoques para que invierta el orden. Estoy haciendo todo lo posible por comportarme como un caballero.
Siento que el rostro me arde por aquel descarado doble sentido.
—¿Quieres… ducharte en mi casa?
—Sí, y después saldremos a comer algo.
Ahora que me fijo, parece cansado.
—¿Te gusta la comida casera? Todo lo que sirven en los restaurantes de aquí es grasoso y a nosotros nos encanta.
Si estás pensando en conservar cada uno de los abdominales que imagino que tienes debajo del traje, has venido al lugar equivocado.
Hay un bar deportivo que sirve buena cerveza y el mejor sándwich de brisket de la ciudad, o también alitas de pollo al estilo Buffalo. Además, tenemos…
Me hace callar con otro beso.
—Estás nerviosa —dice cuando separa nuestros labios más de un minuto después.
—No esperaba visitas. —Le resto importancia.
—¿No quieres que me quede?
Me está dando la oportunidad de elegir, pero, aunque estoy aterrada porque sé que me estoy enamorando de Zehab, no quiero huir.
—No quiero que te marches… todavía.