CAPÍTULO 30
La Junta
Su tarjeta estaba en el extremo equivocado de la mesa.
Adrian la vio desde el umbral de la sala del consejo, en el piso sesenta de Vale Tower, con la puerta todavía en la mano.
Una tarjeta blanca, con su nombre impreso en la tipografía de siempre, apoyada en un atril de bronce frente a la última silla de la mesa de nogal.
No a la derecha del presidente, donde se había sentado durante cuatro años.
Al fondo, lejos de la ventana, de espaldas a la puerta por la que entraba la secretaria con las carpetas.
Alguien la había cambiado de sitio esa mañana. No había sido la secretaria. Pruitt llevaba veintidós años en el cargo y no movía una tarjeta sin que se lo ordenaran.
Pensó en Lena. Lo pensó con una nitidez física, como se piensa en un brazo que ya no está: ella habría visto aquello desde el pasillo, habría sonreído de lado, habría dicho con esa voz baja que usaba para los asuntos de mesa que alguien se estaba tomando muchas molestias.
Habría reacomodado los atriles en el tiempo que se tarda en cruzar el umbral.
Adrian cruzó el umbral, caminó hasta el fondo y se sentó donde decía su nombre.
Había siete personas en la sala, y ninguna lo miró.
Richard Vale presidía desde la cabecera, bajo el retrato al óleo de Everett, con las manos juntas sobre un cuaderno cerrado y esa quietud de hombre de mármol que a Adrian le había parecido, de niño, la forma más absoluta del poder.
A su derecha, Margot, con un traje gris perla y el expediente alineado con el borde.
A su izquierda, Julian, la sonrisa de cortesía fija en su sitio, un legajo grueso frente a él.
Después, los cuatro directores independientes, que habían sido elegidos por Everett y renovados por Adrian, y a quienes él había tratado siempre con una cortesía impecable y ninguna confianza: Constance Ward, de camisa blanca y gafas de montura fina, que presidía el comité de auditoría; Thomas Healy, setenta y nueve años, el único que había compartido mesa con Everett; Isabel Cárdenas, la directora financiera del fondo que había prestado para el Meridian; y Raymond Oyelaran, que dirigía una cadena de hospitales y escuchaba siempre con la cabeza inclinada.
Marcus Bell ocupaba una silla junto a la pared, detrás de él, con la tableta sobre las rodillas. No era director y no tenía voz. Estaba allí porque Adrian se lo había pedido, y porque alguien debía estar.
—Damos comienzo —dijo Richard, sin mirar a nadie.
La secretaria leyó el orden del día con una voz neutra. Había un solo punto. Resolución 26-03: aviso formal al Director Ejecutivo.
—Antes de nada —dijo Constance Ward—, dejo constancia de que el señor Vale, conforme al reglamento, puede asistir y ser oído, pero no votar sobre un asunto que lo concierne.
—Constancia tomada —respondió Pruitt.
El reglamento le permitía quedarse. Le prohibía votar. Adrian pensó que era una forma elegante de obligar a un hombre a mirar su propia ejecución sin poder moverse de la silla.
—Julian —dijo Richard—, tienes la palabra.
Julian se puso de pie. Se abrochó el botón de la chaqueta con un gesto que Adrian le había visto hacer ante los inversionistas, y que su primo había perfeccionado con los años: el de quien se prepara para dar una mala noticia con pesar sincero.
—Gracias, Richard. Creo que todos los aquí presentes leímos el martes lo que publicó Gotham Wire.
—Hizo una pausa—. The $1.5 Million Wife.
No voy a repetir el titular. Tampoco voy a fingir que es una calumnia, porque el acuerdo que cita existe, y los números que menciona son exactos.
El director ejecutivo de esta compañía pagó un millón y medio de dólares a una mujer para que se hiciera pasar por su esposa.
Y el artículo dice algo peor: que esa mujer abandonó el matrimonio el mismo día en que se cumplió su aniversario, delante de la prensa.
—Su cumpleaños —corrigió Adrian, sin elevar la voz.
—Perdón. Su cumpleaños. —Julian inclinó la cabeza—.
Esta mañana, ante el consejo, tengo tres preocupaciones.
Una: el nombre de la compañía. Dos: nuestros socios.
Isabel puede hablar de los créditos. Tres, y esta es la que importa: el Bloque del Fideicomiso.
Si la Revisión del veinte de abril determina que el matrimonio no fue un matrimonio, el treinta y nueve por ciento de esta empresa pasa al holding familiar, y el consejo tendrá que decidir quién la dirige.
Mi propuesta, simplemente, es que lo decidamos con antelación, y no a las apuradas.
Abrió el legajo. Las diapositivas aparecieron en la pantalla que había descendido sin ruido del techo. Plan de continuidad. Portada sobria, un azul que a Adrian le recordó los logotipos de las consultoras que cobraban por decir lo obvio.
—Hoy propongo que el consejo suspenda al señor Vale en sus funciones, con efecto inmediato, y que designe un director ejecutivo interino hasta la Revisión. Yo estoy dispuesto a asumirlo.
Nadie se movió. Hubo, a lo sumo, un crujido de papel.
—Suspender —repitió Thomas Healy—. Con qué causa.
—Con la que la prensa ha dado por nosotros, don Thomas. Ya no es nuestra decisión: es nuestra exposición.
—El reglamento exige causa probada. Un artículo en un portal de noticias no es una causa probada.
—No es la única fuente.
Julian cambió de diapositiva sin mirar la pantalla. Margot, a su lado, no había movido la cara en diez minutos, y sostenía la expresión de una mujer en un funeral al que ha sido llamada con respeto.
Isabel Cárdenas se aclaró la garganta.
—Debo informar de que dos de nuestros prestamistas han pedido una conversación formal. Y la delegación japonesa, la de noviembre, nos ha comunicado que posterga la firma. —Miró a Adrian con una incomodidad honrada—. No son cifras catastróficas todavía. Pero tampoco son una anécdota.
—Gracias, Isabel —dijo Adrian.
Julian siguió. Habló de la reputación de la marca durante nueve minutos, con un dominio de las cifras que él mismo no habría podido discutir, y Adrian se descubrió observándolo con una especie de fría objetividad, como se mira trabajar a un competidor competente.
Julian no mentía. Cada afirmación podía verificarse.
Su talento consistía en disponerlas en el orden en que dolían más.
—Y hay una última cuestión —dijo, hacia el final—. La señora Hart.
—La señora Vale —dijo Adrian.
—La señora Hart, que según tengo entendido ha pedido que se la trate por su apellido de soltera...
—Hablarás de ella por su nombre, Julian. Se llama Lena. —Lo dijo sin tensión, sin mirar a nadie, con la voz de quien lee una cifra de un balance—. Y si vas a seguir mencionándola, lo harás con el respeto con que mencionarías a cualquiera que esté sentada en esta mesa. O no la mencionarás.
La sala quedó en silencio. Julian lo miró un instante largo, con un brillo que no era del todo de enojo. Era un reconocimiento incómodo: el de quien ha empujado una puerta que creía cerrada y descubre que no tenía cerrojo.
—Por supuesto —dijo, y bajó la vista al legajo—. Lena.
Adrian sintió, bajo la mesa, que le temblaba un dedo. Lo inmovilizó contra el muslo.
—Quiero hacer una pregunta —dijo Raymond Oyelaran.
Hablaba despacio. Había atendido todo el tiempo con el mentón sobre el pecho, y cuando levantó la cabeza lo hizo hacia la pantalla.
—La diapositiva once, Julian. El plan de reducción de costos para el caso de que el Bloque pase al holding. —Se ajustó los anteojos—. ¿Cuántas posiciones abarca?
—Es un documento de trabajo —respondió Julian con suavidad—. Una hipótesis de eficiencia.
—Nueve mil —dijo Adrian.
Todos se volvieron hacia él. Era la primera vez que hablaba desde que se sentó, y lo hizo con la misma voz con la que había dicho el nombre de Lena. Pero Marcus, a su espalda, dejó de respirar.
—Nueve mil puestos de trabajo —repitió—, repartidos en catorce hoteles.
Lo vi anoche, Julian; me lo facilitó un empleado de finanzas que no sabía que no debía.
Lo que presentas hoy como un plan de continuidad es, en la página once, una reestructuración que despide a una de cada cuatro personas que trabajan para esta compañía.
—Es una hipótesis...
—Que solo se activa si yo caigo. —Adrian miró a Raymond, no a su primo—. No hablo por mí. Si el consejo me suspende, es su derecho, y no voy a discutirlo. Pero quiero que conste que, cualquiera que sea la resolución, hay nueve mil personas en esa diapositiva y ninguna ha sido invitada a esta sala.
Richard Vale, en la cabecera, apenas movió la cabeza. Fue un gesto minúsculo, un tic de la mandíbula, y Adrian lo registró de la misma forma en que registraba las fluctuaciones de un mercado: sin entenderlo del todo, sabiendo que importaba.
—Tomo nota —dijo Constance Ward, despacio—.
Y creo que debemos hacer algo intermedio.
Una suspensión inmediata, sin causa probada, sería prematura y, me temo, difícil de defender ante cualquier juez.
Pero un consejo que no reacciona ante lo que el mundo entero ha leído tampoco es un consejo.
—Juntó las manos—. Propongo, como enmienda, un aviso formal: que se ponga al señor Vale en conocimiento de que el consejo seguirá de cerca la Revisión del veinte de abril, que su firma ejecutiva queda sujeta a aprobación en operaciones extraordinarias hasta esa fecha, y que, si el Bloque no se consolida, el consejo actuará sin más trámite.
—Secundo —dijo Margot, por primera vez.
Fue la única palabra que dijo en toda la mañana, y la dijo con una voz tan suave que casi parecía una disculpa.
—Una última cosa —añadió, mientras alzaba la vista hacia Adrian—, que no es materia del consejo, sino del Fideicomiso. Los instrumentos que el señor Vale suscribió con el Fideicomiso siguen en plena vigencia y serán exigidos. Quien pretenda alterarlos, por la razón que fuera, responderá por ello.