CAPÍTULO 29 #2
—Escucha bien lo que te voy a decir. Este local lo abrió mi padre con un préstamo y una campana de barco.
Hay cosas aquí dentro que valen más que un millón ciento cincuenta mil dólares y que no se pueden comprar.
Pero no valen lo que vales tú. —La miró fijamente—.
Preferimos perder el edificio antes que verte mantenida.
Nadie se movió. Un grifo goteaba, en alguna parte, con un ritmo lento.
—Mantenida —repitió Walter, con una especie de asco amargo hacia sí mismo y hacia la palabra—.
No te criamos para eso. No te criamos para que alguien te tenga atada a una deuda como un perro a una correa.
Si el banco se lleva el salón, nos lo llevamos nosotros de otra manera.
Montaremos un camión de comida. Cocinaremos en un garaje.
Danny sabe cocinar en cualquier parte, tu madre ha dado de comer a un regimiento con dos hornillos.
Pero tú no vuelves a esa casa porque un papel te lo exija.
Esta vez eres tú la que decide dónde duermes.
Lena se rompió.
No fue un llanto dramático. Fue algo sin sonido, un temblor que le subió desde el estómago y le cedió las rodillas, y de pronto tenía la cara en el hombro de su padre, que olía a jabón de cocina y a aceite y a la misma colonia barata que había usado toda la vida, y el hombro le temblaba también.
Él la rodeó con un brazo, torpe, enorme.
Con la otra mano, con el aviso del banco todavía apretado en el puño, le acariciaba la nuca igual que cuando era pequeña y se despertaba por las noches.
—Lo siento —decía Lena, contra la tela de la camisa—. Lo siento. Lo siento.
—No tienes nada que sentir.
—Les mentí.
—Nos protegiste mal —dijo su padre—. Que no es lo mismo.
Oyó a Danny resoplar a su espalda. Cuando se volvió, con la cara mojada, su hermano estaba mirando al techo con los ojos enrojecidos, sin molestarse en disimular.
—Y yo amenazando con irme a Chicago —murmuró—. Qué imbécil.
—No eres un imbécil.
—Soy un imbécil. —Se frotó los ojos con la manga—. Estabas pagando mi sueldo. Mientras yo te decía que me iba.
—Eras mi hermano.
—Por eso. —Respiró hondo, y de algún lugar sacó una sonrisa fea, tensa, de la que Lena se acordaría mucho tiempo—. Bien. Entonces lo hacemos así. No vuelvo a decir que me voy. Tú no vuelves a esconder nada. Y si ese tipo y su tía quieren el edificio, que vengan a quitárnoslo con las manos.
Era una promesa de hermano pequeño, melodramática y sin plan, y fue lo mejor que oyó en toda la semana.
Más tarde, cuando se calmaron las cosas, hubo café.
Hubo un plato de pan con aceite que nadie quiso y todos comieron.
Danny salió a fumar al callejón, aunque llevaba dos años sin hacerlo.
Walter, por orden de su mujer, se tomó la pastilla de la noche y se quedó dormitando en el taburete con el aviso del banco sobre el pecho, como una manta absurda.
Lena se quedó lavando platos. Era un oficio sin pensamiento, de manos, que siempre le había devuelto algo de aire.
Su madre, a su lado, secaba. Durante diez minutos no dijeron nada.
El agua caliente humeaba en el fregadero.
Afuera, tras el papel de estraza de los cristales, se oía a ratos un auto pasar despacio por la calle, quizá un periodista, quizá un vecino curioso.
—Mamá —dijo por fin, en voz muy baja, como en la infancia, cuando quería decir algo grande.
Su madre dejó el paño sobre el borde del fregadero. Metió una mano en el bolsillo del delantal y sacó algo, y lo puso, con cuidado, sobre el mostrador de acero, entre los dos.
Era una tarjeta. Blanca, gruesa, con un nombre grabado en negro y un número de teléfono en letra pequeña. Tenía un doblez en una esquina y una mancha de grasa en el borde, como si hubiera vivido mucho tiempo en un bolsillo.
Lena la reconoció antes de leerla.
—Me la dio en septiembre —dijo Rosa—. El día que lo echaste. Se la dejó a tu padre en el mostrador y tu padre no la quiso tocar. Yo la guardé.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Se encogió de hombros, y por un instante pareció mucho más joven, una mujer a la que le habían pedido explicar un impulso—.
Tenía cara de no haber pedido nunca nada.
No me parecía un hombre que viniera a comprar.
Me parecía un hombre que no sabía cómo se pide.
—Se secó las manos en el delantal—. Luego vino a Acción de Gracias, y cocinó conmigo, y vi cómo se quedaba mirando cuando tú no mirabas.
Y pensé: este hombre te quiere. O quiere algo parecido a eso que no tiene nombre todavía.
Lena apretó el borde del fregadero.
—Mamá…
—No he terminado.
—Mamá, él me mintió.
—Sí. Lo sé. Hizo algo muy feo, y tu padre tiene razón, y yo también le tengo rabia, y te prometo que cuando lo vea no voy a ofrecerle ni un vaso de agua. —La voz no le tembló, pero las manos sí—. Pero esa no es la pregunta.
—¿Cuál es la pregunta?
Rosa la miró. Tenía los ojos de Lena, o Lena los suyos: marrones, profundos, con las pestañas cortas y una paciencia infinita que la había hecho callar a muchos ejércitos de cocineros en horas punta.
—¿Lo quieres, hija?
El grifo goteó una vez. Una sola.
Lena abrió la boca. Había una frase dentro, pequeña, de dos palabras, o de una, o de ninguna.
La sintió subir hasta la garganta, y allí, sin razón, se atascó.
No era negar. No era confesar. Era algo anterior a las dos cosas, un lugar en el que no había estado nunca y al que no sabía cómo se entraba.
Pensó en la tarima del Meridian, en el mi esposa dicho a doscientas cincuenta personas.
Pensó en el guardarropa. Pensó en una cama de latón, y en un hombre dormido por primera vez en meses con una mano abierta sobre su cintura, y en la misma mano soltándola, al día siguiente, sin forcejeo, mientras ella decía no y él no la sujetaba.
—Yo —empezó.
No pudo seguir.
Rosa esperó. No la apremió, no la ayudó, no la consoló. Esperó con las manos juntas bajo el delantal, con esa clase de silencio que Lena había visto otras veces en la cocina, cuando una masa necesitaba reposar.
—No hace falta que contestes esta noche —dijo por fin, y le tocó la mejilla con los dedos aún húmedos—. Pero vas a tener que contestar. No a mí. A ti.
Recogió su paño y fue hacia la sala a despertar a Walter. Lena la oyó murmurarle algo en voz baja, y los pasos pesados de su padre al levantarse.
La tarjeta seguía sobre el mostrador, boca arriba. Lena la miró un largo rato. Tenía el nombre de Adrian grabado en relieve, que se notaba con el dedo, y que no tocó.
Detrás de ella, colgada sobre la barra donde llevaba más de cincuenta años, la campana de latón de su abuelo recogió un hilo de luz del fluorescente y lo devolvió, tenue, sobre la pared.
No sonó.