La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Era una silla de oficina, de cuero negro, de respaldo alto, de esas que se inclinan hacia atrás con un mecanismo silencioso.

Él tenía la cabeza ladeada contra el costado del respaldo, la boca apenas entreabierta, un brazo colgando y el otro caído sobre el regazo.

No se había quitado los zapatos. Llevaba la corbata floja, y la camisa arrugada en el cuello, y ante él, sobre el escritorio, la pantalla de la computadora portátil se había dormido en un protector azul que iluminaba su cara por abajo.

A su lado, una taza de café frío. Un montón de papeles sin ordenar.

Un teléfono boca abajo. Y, doblada sobre el brazo de un sofá pequeño, contra la pared, una manta de lana gris que no tenía ni una sola arruga de uso.

Lena se quedó muy quieta.

Dormido, no se parecía al hombre de la terraza.

La mandíbula, que de día parecía tallada para no ceder, se le había aflojado, y bajo la luz azul tenía la cara de alguien más joven, o de alguien que de golpe había dejado de fingir.

Una arruga estrecha le cruzaba la frente, como la huella de un pensamiento que ni el sueño conseguía borrar.

Respiraba despacio, con un leve silbido en el fondo del pecho.

No era un descuido, comprendió. Nadie se duerme así por accidente, con los zapatos puestos y la corbata aflojada, en una posición tan exacta que parecía rutina.

Pensó en la cama de arriba, hecha con el pliegue de regla, y en lo poco que se parecía a una cama en la que alguien dormía.

Pensó en el silencio del piso. Pensó en la manta, doblada, intacta, al alcance de su mano y sin tocar.

Alargó la mano hacia ella antes de saber por qué.

La detuvo a medio camino.

Una manta sobre sus rodillas sería un gesto.

Y los gestos eran exactamente lo que había prometido no hacer, por escrito, con su firma al pie, bajo la cláusula once.

Ninguna de las partes desarrollará apego romántico.

No decía nada sobre mantas. Pero Lena sabía leer entre líneas mejor que cualquier abogado, y entre las líneas de aquel contrato había, claras, dos palabras que ni él ni ella habían escrito: no mires.

Retiró la mano. Se quedó un momento más, con la respiración contenida, observando cómo el pecho de él subía y bajaba. Después retrocedió, con una lentitud que le dolió en las pantorrillas, hasta que la raya de luz quedó otra vez detrás de ella.

No lo despertó. Entendió, con claridad inquietante, que había una clase de privacidad que no se pacta, y que acababa de violar la suya sin querer.

Volvió a su cuarto y no se durmió. Escuchó el viento. Escuchó, o creyó escuchar, a lo lejos, el crujido de una silla de cuero que se acomodaba, y luego nada. Al amanecer ya tenía decidido que no pensaría más en ello, y para las seis ya sabía que no iba a cumplirlo.

Cuando salió a la cocina, el estudio estaba vacío y la puerta, abierta de par en par. La silla seguía inclinada. La taza había desaparecido. La manta, sobre el brazo del sofá, seguía doblada exactamente igual.

Adrian se había ido antes de las seis. Lo supo por la cafetera, que todavía estaba tibia, y por una ausencia que se sentía en el piso entero, la de un hombre que ha pasado por una casa sin dejar rastro.

Lena se sirvió un café en una de las tazas del personal, que le pareció demasiado fina para sostenerse en la mano, y se quedó mirando la cocina.

Era una cocina de revista. Cada utensilio en su gancho, cada especia en su frasco etiquetado, nada con olor.

Se prometió que antes de una semana olería a ajo.

Empezó por lo pequeño.

Al segundo día, de camino desde Red Hook, compró en el mercado una bolsa de limones y los puso en un cuenco de barro que encontró al fondo de un armario. Los dejó sobre la isla de granito. Al día siguiente, Adrian pasó por delante sin mirarlos. Al otro, se detuvo medio segundo.

Al cuarto día movió el sofá. Lo corrió dos metros hacia el ventanal, de modo que quien se sentara tuviera el río delante y no la pared; le costó media hora y un par de maldiciones muy poco dignas de una señora Vale, pero cuando terminó, la habitación ya no parecía un escaparate.

Trajo del departamento de Sunset Park una manta de cuadros que había tejido su madre, vieja y de colores que no combinaban con nada, y la dejó sobre el brazo del sofá.

Trajo la lámpara de lectura del rincón, la de pantalla torcida.

Dos libros que no pertenecían a ninguna estantería armónica. Una taza desportillada.

Cada objeto era una pequeña declaración de territorio. Aquí vive alguien. Algo muy parecido a lo que hacen los gatos, o los ejércitos.

La biblioteca, con su escalera de ruedas, se convirtió en su despacho.

Instaló la agenda negra en el escritorio de nogal, junto a un teléfono y una computadora portátil, y a la mañana del tercer día ya había atendido a dos clientes.

Una fundación de arte, una de las catorce que quedaban, quería una cena de fin de año para ciento veinte personas.

Una empresa de logística preguntaba por un almuerzo para un grupo de directivos.

Eran encargos modestos, de los que meses atrás habría delegado, y ahora los tomaba con las dos manos, como quien recibe agua.

Cláusula seis. La parte B continuará ejerciendo su profesión de manera independiente.

Hablaba por teléfono con su voz de siempre, firme, cálida, de mujer que sabe cuántas servilletas harán falta, y mientras hablaba miraba el río y pensaba que, por más lejos que estuviera, aquella era la única parte de su vida que seguía siendo suya.

Nadie le preguntó qué hacía allí. Nadie del servicio, que llegaba a las nueve y se iba a las doce, y se movía por el piso con la discreción de los fantasmas bien pagados.

Una mujer de uniforme gris que se detuvo, un día, junto al cuenco de limones, y los miró con una expresión que Lena no supo descifrar, y luego, sin una palabra, los movió un centímetro para que cayera mejor la luz.

Las noches siguieron un patrón. Adrian volvía tarde, o no volvía. A veces ella oía el ascensor a las once, a la medianoche, a la una. A veces oía pasos que no subían la escalera de caracol, sino que se detenían en el estudio. Una puerta que se cerraba con cuidado. Y luego, nada.

Al séptimo día, por la tarde, mientras ella revisaba un presupuesto en la biblioteca, oyó que el personal de limpieza había vuelto fuera de su hora, y se asomó al pasillo.

Una mujer salía del piso de arriba con una bolsa de ropa de cama.

La puerta del dormitorio quedó abierta tras ella. Lena no quiso mirar. Miró.

La cama estaba hecha. Las almohadas alineadas, la colcha sin arruga, el pliegue de regla en las sábanas. Exactamente como el primer día, exactamente igual que cada día. Una cama que, en toda aquella semana, nadie había deshecho.

Lena se quedó mucho tiempo en el pie de la escalera de caracol, con la mano sobre la barandilla de hierro, mirando hacia arriba.

Pensó en la silla de cuero. En la manta doblada que nadie usaba.

En un hombre que lo tenía todo, hasta una cama de cuero y un cielo entero, y que había elegido dormir sentado, con los zapatos puestos, bajo una luz azul.

¿Por qué un hombre con una cama así dormía en una silla?