La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El Nido

El ascensor no tenía botones.

Tenía una ranura en la pared de latón, del tamaño exacto de una tarjeta, y Lena la introdujo con una mano que no le temblaba, aunque lo hubiera hecho de buena gana.

Marcus Bell le había entregado la tarjeta en el vestíbulo de la Vale Tower, con una cortesía tan pulida que ella no consiguió adivinar qué pensaba de su llegada.

«Bienvenida, señora Vale», había dicho. Era la segunda vez en su vida que alguien la llamaba así, y la primera en que nadie estaba mirando.

La cabina subió sin ruido. A la altura del piso treinta, a Lena se le taparon los oídos.

A la del cuarenta y cinco ya había dejado de contar.

Llevaba consigo dos maletas, una caja de libros que había cargado ella misma hasta el auto y el bolso con la agenda negra; el resto de su vida, los muebles, la loza descascarada, la planta del alféizar, se había quedado en Sunset Park, en un departamento cuyo contrato seguía a su nombre y al que no tenía intención de renunciar.

Se lo había dicho a Priya, que no había contestado nada.

Se lo había dicho a sí misma, que contestaba demasiado.

Las puertas se abrieron en el piso cincuenta y ocho.

Lo primero que notó fue el silencio. No el de una casa vacía, que siempre guarda algún ruido de nevera o de tubería, sino un silencio fabricado, de aislamiento de primera clase, que se tragaba hasta el sonido de sus propios tacones sobre el mármol.

Lo segundo fue la luz: un resplandor blanco y bajo, de mediodía de octubre, que entraba sin obstáculos por unos ventanales que iban del suelo al techo y mostraban Manhattan entero, el río como una cinta de estaño, los puentes, un cielo tan grande que parecía un defecto de construcción.

El Nido. Así lo llamaban los periódicos.

Ahora le parecía un nombre irónico, porque los nidos se hacen con cosas que alguien ha ido juntando, una a una, y allí no había nada que hubiera sido reunido.

Había un sofá gris, enorme, de líneas rectas, en el que nadie parecía haberse sentado jamás.

Una mesa de comedor para catorce personas, sin una sola migaja de uso.

Dos cuadros abstractos en una pared, bien iluminados, bien elegidos, que alguien debió de comprar por consejo de alguien.

Una biblioteca con lomos de colores armoniosos.

Ni una foto. Ni una carta sobre una mesa. Ni un zapato fuera de su lugar.

Era la casa de un hotel de lujo, pensó. Un hotel para un solo huésped que no pensaba quedarse.

—Llegas puntual.

Adrian estaba junto al ventanal, de espaldas, con las manos en los bolsillos, y no se había vuelto cuando ella entró.

Llevaba la chaqueta puesta, aunque no había nadie a quien impresionar.

Ninguno de los dos había decidido cuándo dejaron de tratarse de usted; había ocurrido el día anterior, en el Ivy Room, frente a doscientos invitados, porque un matrimonio que se habla de usted no engaña a nadie.

Ahora la palabra tú seguía teniendo en su boca el filo reciente de lo que se ha aprendido de memoria.

—Marcus dijo que a las cuatro.

—Y son las cuatro. —Se volvió por fin. Tenía ojeras que la luz de la tarde no ayudaba a disimular, y un nudo de corbata perfecto, y la mirada de quien ha planeado una conversación y teme olvidar el orden—. Te enseño la casa.

No fue una invitación. Fue un trámite, y Lena lo agradeció, porque los trámites se pueden soportar.

Recorrieron el piso como se recorre un inmueble en venta.

La cocina, de acero y granito, con una cafetera italiana que parecía recién sacada de su caja.

«La usa el personal», dijo él. El comedor, «que no uso».

Una sala de cine. Un gimnasio. Una biblioteca con una escalera de ruedas, «de mi abuelo; vino con el piso».

Al fondo de un pasillo, una puerta cerrada, que Adrian no abrió.

—El estudio. Trabajo ahí de noche. Si necesitas algo, Marcus está disponible.

—No voy a necesitar nada del estudio.

—Mejor.

Una escalera de caracol, de hierro oscuro y peldaños de madera, subía hacia el piso cincuenta y nueve. Adrian la señaló con la barbilla.

—Mi habitación está arriba. La terraza también. No hace falta que subas.

—No pensaba hacerlo.

—Entonces estamos de acuerdo.

La puerta de arriba estaba abierta de par en par, y desde el pie de la escalera Lena alcanzó a ver un trozo del dormitorio: una cama enorme, de cabecera de cuero, hecha con una precisión de ejército.

Las almohadas alineadas. La colcha sin una arruga.

Un pliegue en las sábanas tan tenso que parecía dibujado con regla.

Le pareció que no estaba hecha, sino presentada.

—Tu habitación —dijo él, y echó a andar de nuevo.

Estaba en el extremo opuesto del piso, al final de un corredor largo y silencioso: una cama de matrimonio más pequeña que la de arriba, una cómoda de roble, un escritorio junto a la ventana, un baño propio con las toallas dobladas en triángulos.

El sol caía de lado sobre la alfombra. Sus maletas ya estaban ahí, una junto a la otra, con una exactitud que la hizo pensar en personas que se mueven por un edificio sin ser vistas.

—Cuando firmamos, dijiste que querías cuarto propio —dijo Adrian desde la puerta, sin cruzar el umbral. Lo hizo con una exactitud cuidadosa, como si el umbral fuera una línea que alguien hubiera trazado y él no pensara ser quien la rompiera—. Este es el más tranquilo. Da al río, no a la ciudad.

—Gracias.

—No es un favor. Es la cláusula.

Lena lo miró. En la penumbra del corredor, con la luz detrás, tenía el perfil recortado y duro, y por un instante ella creyó ver otra cosa debajo, un cansancio que no era de esa tarde sino de años, apretado como un puño que ya no recuerda por qué se cierra. Parpadeó, y el instante pasó.

—Hay cosas que quiero dejar claras —dijo ella.

—Dime.

—Toco antes de entrar. Tú también.

—Por supuesto.

—Mi trabajo continúa. Cláusula seis. Mis llamadas, mis clientes, mis horarios. No voy a pedirte permiso para trabajar en una habitación o para salir a una reunión.

—Nadie ha cuestionado la cláusula seis.

—Y la cocina es también mía. No me interesa que el personal me cocine. Cuando quiera hacer café o freír un huevo, lo haré yo.

Algo se movió en el rostro de él, tan leve que casi no tuvo nombre.

—Hay un chef de la torre para eso.

—No me interesa.

—Como quieras. —Una pausa—. El servicio entra por las mañanas, a las nueve, y se va a las doce. Para ellos, y para el edificio, y para quien pregunte, somos un matrimonio. Dos habitaciones es un asunto privado. La cláusula catorce lo cubre.

—Lo sé. La redacté yo.

—La negociaste.

—Es lo mismo.

Adrian casi sonrió. Casi. Fue el movimiento de una comisura, un tirón que se arrepintió a medias, y después se enderezó.

—Cena a las ocho, si estoy. Si no estoy, no me esperes.

—No pensaba esperarte.

—Entonces —dijo, y dio un paso atrás, hacia el corredor— estamos de acuerdo.

Lo repitió, dos veces en una hora. Lena advirtió que era su manera de cerrar las conversaciones, como quien cierra una caja fuerte con un golpe seco.

Lo observó alejarse por el pasillo, con su traje, su espalda recta, sus pasos medidos en una casa que nadie había deshecho.

Un matrimonio de papel, pensó. Un contrato con una escalera de caracol.

La función, ahora, era diaria. Esa era la parte que todavía no terminaba de entrar en el cuerpo.

Podía soportar una cena de gala, una fotografía, una mano sobre la cintura delante de las cámaras.

Pero aquello era distinto: el desayuno, el pasillo, el cepillo de dientes junto al de él, las miradas laterales.

No la mentira ocasional, sino el hábito de la mentira.

Se sentó en el borde de la cama, que cedió con una suavidad de colchón caro, y escuchó cómo el viento, a más de doscientos metros del suelo, rozaba el cristal de la ventana con una lentitud casi humana.

El teléfono vibró sobre la colcha.

Mamá: ¿Ya te instalaste, mi vida? Cuéntame cómo es la casa. Tu papá pregunta si hay balcón.

Lena miró la pantalla un buen rato. El nombre Ledger Street flotó un instante en su memoria, junto a una frase de Adrian, una formalidad contable, y ella lo apartó, como se aparta una mosca. La deuda estaba pagada. Eso era lo único que importaba.

Escribió: Grande. Muy alta. Hay terraza. Borró «muy alta», lo escribió de nuevo, lo dejó. Y añadió un corazón, porque a su madre le habría parecido raro que no lo hiciera.

Despertó a las dos y cuarenta de la madrugada, con la boca seca y la sensación de haber dormido en un tren.

No reconoció el techo. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, y esos segundos fueron peores que cualquier pesadilla: el peso exacto de una vida ajena sobre el pecho.

El Nido crujía, sin ruido, a la manera de los edificios muy altos, que se mecen apenas con el viento.

Se levantó descalza, buscó la bata y salió al pasillo.

La casa, de noche, era otra. Las luces del suelo, bajas y ámbar, dibujaban el trayecto hacia la cocina como una pista de aterrizaje.

Los ventanales mostraban una ciudad que no dormía, un tapiz de ventanas encendidas hasta el horizonte.

Bebió agua del grifo, de pie, con la luz de la nevera como único testigo.

Y entonces, al volver, vio una raya de luz bajo la puerta del estudio.

No debía acercarse. Lo sabía. Cláusula once, cláusula catorce, el territorio de él y el territorio de ella: había una lógica entera de límites que habían construido con tanto esmero.

Pero la puerta estaba entornada, apenas un palmo, y la luz que salía era azul, de pantalla, y no se oía ningún teclado.

Se asomó.

Adrian dormía en la silla.