CAPÍTULO 9
El doctor Daniel Méndez había aprendido que la gente rara vez recordaba todo lo que un médico le decía, pero casi siempre recordaba si la había asustado.
La mujer sentada frente a él aquella mañana tenía cincuenta y ocho años, era diabética y estaba convencida de que el dolor en el pie izquierdo significaba que iba a perderlo.
—Amputación —dijo.
Daniel levantó la mirada mientras la examinaba.
—¿Quién le dijo eso?
—Mi hermana.
—¿Su hermana es doctora?
—No.
—Excelente. Ya descarté a una especialista.
La mujer sonrió a pesar de sí misma mientras Daniel terminaba de examinarle el pie, se lavaba las manos y regresaba al escritorio. Había motivos para preocuparse, pero ninguno justificaba el terror con el que había entrado al consultorio.
—Tiene una infección. Vamos a tratarla y va a volver dentro de tres días para que pueda revisarla de nuevo.
—¿No me van a amputar?
—Hoy no.
La mujer lo miró sin parecer convencida y Daniel se inclinó hacia ella.
—Necesito que se tome esto en serio. Pero una situación seria no es lo mismo que una catástrofe.
Cuando se marchó, seguía preocupada, algo que Daniel consideraba apropiado, pero ya no lloraba. Albert Smith apareció en la puerta mientras Daniel terminaba de ingresar sus notas.
—Vas atrasado.
—Buenos días para ti también.
—Once minutos.
—Llama a la policía.
—Yo dirijo esta clínica. Yo soy la policía.
Daniel lo miró.
—Eso sí que da miedo.
Smith entró. A sus treinta y siete años, tenía el aspecto delgado y disciplinado de un hombre que consideraba la grasa corporal un fracaso personal. También poseía el instinto administrativo necesario para saber exactamente cuántos pacientes esperaban en cualquier momento.
—Tu paciente de las once canceló.
—Entonces voy adelantado.
—No. Vas menos atrasado.
Daniel se puso de pie y tomó de sus manos el siguiente expediente.
—Por eso te has divorciado tres veces.
—Esa es información médica confidencial.
—Todo el mundo lo sabe.
Smith lo siguió hasta el pasillo.
—White quiere ir a pescar el domingo.
—No puedo.
—Siempre puedes.
—Emma y yo almorzamos con mis padres.
Smith dejó de caminar.
—¿Rechazaste ir a pescar por un almuerzo?
—Me casé.
—Has cambiado.
—Por lo general, eso es lo que esperan las esposas.
La clínica ocupaba el segundo piso de un edificio moderno a las afueras del centro de La Fortuna.
No era grande, pero había adquirido rápidamente una buena reputación, en parte gracias a los turistas dispuestos a pagar por recibir atención inmediata y a los pacientes de la zona que preferían no desplazarse más lejos para recibir atención privada.
Daniel llevaba allí el tiempo suficiente para que las recepcionistas supieran qué pacientes preguntarían específicamente por él y cuáles aceptarían al médico que estuviera disponible.
Poco antes del mediodía, una de las enfermeras lo interceptó en el pasillo.
—Daniel, consultorio cuatro.
—¿Qué pasó?
—Un turista. Se cayó afuera de un restaurante. La esposa dice que primero se desmayó.
Daniel cambió de dirección de inmediato. El paciente era un hombre de unos sesenta años, sentado en la camilla con sangre en un lado del rostro. Su esposa estaba junto a él, sosteniendo una toalla y hablando demasiado rápido.
—Se desplomó. No tropezó. Yo lo estaba mirando y simplemente...
Daniel apoyó suavemente una mano en su brazo.
—¿Cómo se llama?
—Michael.
—Michael, soy Daniel. Voy a hacerle algunas preguntas mientras atendemos esa herida.
Michael respondió correctamente las dos primeras y falló la tercera. Daniel no mostró ninguna reacción, pero las preguntas cambiaron de inmediato y, pocos minutos después, también cambió el ambiente en el consultorio.
Llamaron a una ambulancia. Daniel permaneció con la pareja hasta que llegó, explicándoles qué le preocupaba sin fingir que sabía lo que aún no podía saber.
Cuando la esposa de Michael comenzó a llorar, encontró el bolso de ella debajo de la silla, guardó dentro el pasaporte de Michael y le recordó dos veces que llevara también su propio teléfono.
Ella lo abrazó antes de marcharse y Daniel regresó al pasillo con sangre en uno de los puños de la camisa.
Smith lo notó de inmediato.
—Sabes que tenemos enfermeras.
—He oído rumores.
—Cámbiate la camisa.
—Tengo otro paciente.
—Tienes sangre encima.
Daniel miró el puño de la camisa.
—Buen punto.
Estaba cambiándose en su oficina cuando vibró el teléfono. Emma le había enviado una fotografía en la que sostenía un pequeño paquete de una empresa de cosméticos.
Mandaron más.
Daniel respondió:
Cóbrales alquiler.
Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.
Gané $180 esta mañana.
Daniel sonrió mientras respondía.
Entonces tú invitas la cena.
De ninguna manera. Me casé con un hombre rico.
Todavía se estaba riendo cuando Johnson White entró en la oficina sin llamar.
—¿Tu esposa?
Daniel se puso una camisa limpia.
—¿Quién más podría ser?
White echó un vistazo al teléfono.
—Ahora sonríes diferente.
—Lárgate.
—Smith dice que rechazaste ir a pescar.
—Almuerzo con mis padres.
—Lleva a Emma.
—¿Al lago?
White pareció ofendido.
—Las mujeres pueden acercarse al agua, Daniel.
—Le informaré al Gobierno.
White se sentó en la silla frente a él. A diferencia de Smith, que parecía estar permanentemente preparado para discutir, White se movía por la clínica como si cada habitación fuera una reunión social.
Les caía bien a los pacientes, les caía bien a las enfermeras y, según Smith, les caía bastante mejor de lo necesario a varias mujeres casadas.
—El domingo —dijo White—. Arenal. Por la mañana. Pescamos, comemos y mentimos sobre lo que atrapamos.
—Emma nunca ha pescado.
—Perfecto. No sabrá que somos malos.
Daniel consideró la invitación. El lago siempre había sido uno de los pocos lugares donde podía pasar horas sin hacer casi nada y no sentir que estaba perdiendo el tiempo.
Robert lo había llevado allí cuando era niño y, ya de adulto, Daniel había aprendido a conocer la orilla, los cambios del agua y los lugares a los que rara vez llegaban los turistas.
—Se lo preguntaré.
White se puso de pie.
—El matrimonio te ha destruido.
—Cierra la puerta.
—Antes tomabas tus propias decisiones.
—Johnson.
White cerró la puerta desde afuera, dejando que Daniel terminara de cambiarse antes de atender al siguiente paciente.
Su jornada terminó después de las seis. Estaba cansado cuando salió de la clínica, pero era un cansancio conocido y satisfactorio.
Un niño con asma respiraba con normalidad, Michael estaba siendo evaluado en un hospital y la mujer aterrorizada ante la posibilidad de perder el pie había llamado a recepción para confirmar su cita de seguimiento.
Había días en que la medicina parecía menos una profesión que una negociación interminable con el miedo, y Daniel era bueno negociando con él.
De camino a casa, se detuvo en un supermercado porque Emma le había enviado una lista. A mitad de la sección de frutas y verduras, un hombre mayor se acercó.
—¿Doctor Méndez?
Daniel tardó un instante en reconocerlo.
—Señor Vargas.
El hombre sonrió.
—Se acuerda de mí.
—¿Cómo está la presión?
—Mejor.
—¿Y los cigarrillos?
La sonrisa perdió fuerza.
—También mejor.
—Eso significa que todavía fuma.
—Menos.
Daniel le estrechó la mano.
—Menos es un comienzo. Cero es el objetivo.
La esposa del hombre apareció con un carrito de compras y le agradeció a Daniel algo que él apenas recordaba haber hecho seis meses atrás.
Hablaron un minuto más antes de que la pareja siguiera su camino y Daniel continuara con las compras, divertido porque hasta comprar verduras podía convertirse en una consulta improvisada.
Al llegar a casa, encontró a Emma sentada con las piernas cruzadas en el suelo de la sala, rodeada de cajas. Daniel se detuvo en la puerta con las bolsas del supermercado en las manos.
—¿Llamo a la policía?
—¿Por qué?
—Robaste una tienda de cosméticos.
—Me mandaron todo esto.
Daniel dejó las bolsas y examinó la colección.
—¿Todo esto por unos videos?
—Y dos publicaciones.
—Definitivamente escogí la profesión equivocada.
Emma levantó los brazos y lo hizo inclinarse para besarlo.
—¿Cómo estuvo el trabajo?
—Sangre, diabetes, White insultando mi matrimonio.
—Un día normal.
—Más o menos.
Daniel comenzó a llevar las compras a la cocina mientras le contaba lo del domingo, y Emma lo siguió.
—¿Pescar?
—No tienes que ir.
—¿Al lago Arenal?
—Sí.
—¿Con White?
—Y probablemente Smith.
Emma se apoyó contra el mostrador.
—¿Tengo que tocar gusanos?
—No.
—¿Peces?
—Preferiblemente tampoco.
—¿Levantarme antes de las seis?
Daniel vaciló y Emma entrecerró los ojos.
—Casi me convences.
—A las siete.
—Siete y media.
—Siete.
—Con desayuno incluido.
—Trato hecho.
Emma sonrió y extendió la mano hacia el teléfono que estaba sobre el mostrador, pero la pantalla se iluminó antes de que pudiera tocarlo. Daniel notó de inmediato el cambio en su expresión.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Emma tomó el teléfono con demasiada rapidez.
Daniel dejó de guardar las compras.
—Eso no fue nada.
Emma pensó en restarle importancia otra vez, pero finalmente desbloqueó la pantalla y se lo entregó. La solicitud de mensaje provenía de otra cuenta sin fotografía.
«Bonita vida».
Daniel leyó las dos palabras antes de mirar a Emma.
—¿Otra?
La sorpresa de Emma respondió antes que ella.
Daniel volvió la atención a la pantalla. El cambio en él no fue drástico, pero Emma lo notó de inmediato; el hombre que había bromeado sobre los desconocidos que comentaban su edad ya no parecía divertido.
—¿Cuántas veces ha pasado esto?
—Dos. Tres, contando esta.
—¿Y no me lo dijiste?
—Bloqueé la otra cuenta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque eran dos palabras.
—De alguien que sigue creando cuentas después de que lo bloqueas.
Emma cruzó los brazos.
—Eso no lo sabía hasta ahora.
Daniel le devolvió el teléfono, todavía con voz tranquila.
—No borres nada más.
—¿Por qué?
—Porque si vuelve a pasar, quiero verlo todo.
Emma lo observó.
—Estás preocupado.
—Estoy prestando atención.
—¿Hay alguna diferencia?