La esposa del doctor CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Tres meses después de la luna de miel, Emma descubrió que el matrimonio la mantenía más ocupada sin darle nada que pudiera identificar como trabajo.

Lo primero que había cambiado eran sus mañanas.

Ya no se levantaba lo bastante temprano para tomar el autobús a la universidad ni tenía clases que la obligaran a salir de la cama.

Daniel solía marcharse antes de las siete, la besaba mientras ella todavía estaba medio dormida y le enviaba un mensaje antes del almuerzo para preguntarle qué estaba haciendo.

La respuesta casi nunca era la misma. Algunas mañanas se encontraba con su madre y ayudaba a Susan a organizar los pedidos por catálogo.

Otras se le iban entre cafés con sus amigas, compras, el gimnasio, citas o almuerzos que, de algún modo, se prolongaban hasta media tarde.

Había empezado a publicar con más frecuencia, en parte porque la gente parecía interesada en su transformación.

Las fotografías de Europa le habían conseguido nuevos seguidores, y las de restaurantes, ropa y viajes de fin de semana hacían que siguieran pendientes de ella.

Rebecca lo llamaba la carrera accidental de Emma.

—Ahora eres influencer —anunció una tarde.

Estaban sentadas en una cafetería de La Fortuna con Emily, Kimberly O'Connor y Kimberly Jones. Sophia había enviado un mensaje diciendo que llegaría después de entrenar, lo que todas entendieron como que quizá no llegaría.

—No soy influencer —dijo Emma.

Rebecca miró el teléfono de Emma.

—¿Cuánta gente vio ese video?

—Veintitrés mil.

—Quisiera corregir lo que dije. Eres una influencer desempleada.

Emily se rio.

—Sigue siendo influencer.

Emma le lanzó una servilleta a Rebecca, mientras Kimberly Jones tomó su teléfono y volvió a ver el video.

Mostraba a Emma preparándose para salir a cenar la noche anterior: nada más complicado que maquillaje, un vestido y unos segundos de Daniel pasando detrás de ella mientras se abrochaba el reloj.

—A la gente le gusta ver tu vida —dijo Kimberly.

—Eso es extraño.

—No, no lo es. Eres hermosa, tu esposo es médico, viajas, vives bien. La gente sigue lo que desea.

Kimberly O'Connor la miró.

—Esa es una explicación bastante deprimente de la amistad.

—No dije que fueran sus amigos.

Rebecca levantó su café.

—Por fin hay algo en lo que Kimberly y yo estamos de acuerdo.

Emma se rio con ellas, pero el comentario de Kimberly se le quedó dando vueltas.

La cuenta había crecido rápidamente después de la boda.

Desconocidos le preguntaban dónde compraba la ropa, qué productos utilizaba, dónde comían ella y Daniel y si la casa que aparecía al fondo en algunos videos era de ellos.

No lo era. Después de la boda, Daniel había alquilado una casa más cerca de La Fortuna, tan espaciosa que Emma todavía abría alguna puerta de vez en cuando esperando encontrar una habitación más pequeña.

La propiedad de los Méndez seguía perteneciendo a Robert y Margaret, aunque ellos la visitaban con tanta frecuencia que Emma a veces sentía que se había casado con un hombre y también con un lugar.

Su teléfono vibró con una fotografía enviada desde la clínica. Daniel llevaba la bata blanca y una expresión exageradamente sufrida.

Tres pacientes me han dicho que siguen los videos de mi esposa. Exijo una compensación.

Emma sonrió y respondió:

Apareces seis segundos en un solo video.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Sin mi consentimiento.

Mi abogado se pondrá en contacto contigo.

Rebecca se inclinó sobre la mesa.

—¿Es el doctor?

—Sí.

—Dile que necesitamos una lancha.

Emma la miró fijamente.

—¿Por qué?

—No sé. Los ricos tienen lanchas.

Kimberly Jones suspiró.

—Así no funciona el dinero.

Rebecca pareció sinceramente sorprendida.

—Entonces no lo quiero.

Sophia llegó veinte minutos después con ropa deportiva y una carpeta de la universidad que Emma reconoció de inmediato.

—No me mires así —dijo Sophia.

—¿Así cómo?

—Como si hubiera traído tarea a la iglesia.

Emma tomó la carpeta.

—¿Matrícula?

—Para el próximo período.

Emily soltó un gemido.

—¿Vas a volver?

—Nunca me fui.

—No has dejado de quejarte desde el período pasado.

—Quejarse y abandonar son dos actividades diferentes.

Emma abrió la carpeta sin pensarlo. Horarios de cursos, fechas de matrícula y requisitos de la carrera ocupaban las primeras páginas. Eran documentos que había visto decenas de veces, pero que ahora parecían extrañamente ajenos a su vida.

Kimberly O'Connor notó su expresión.

—¿Cuándo vas a volver?

—No sé.

—Se suponía que ibas a matricular este período.

—Lo sé.

—¿Qué pasó?

—Europa.

Rebecca asintió con solemnidad.

—El enemigo más antiguo de la educación.

Emma sonrió, pero Kimberly O'Connor no.

—Todavía puedes terminar la carrera.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

Emma miró alrededor de la mesa. Ninguna de las demás respondió por ella y, por alguna razón, eso le molestó más que si lo hubieran hecho.

—Ya no tengo que apresurarme.

Kimberly Jones asintió.

—Exactamente.

O'Connor la miró.

—No pregunté si tenía que hacerlo.

Emma empujó la carpeta de Sophia hacia el otro lado de la mesa.

—Pasé años pensando que tenía que graduarme porque, de lo contrario, terminaría dependiendo de cualquier trabajo que pudiera conseguir. Ahora ya no tengo esa presión.

—Eso no es lo mismo que no querer el título.

—No dije que no lo quisiera.

—¿Lo quieres?

La pregunta irritó a Emma porque no tenía una respuesta inmediata. Emily acudió en su rescate preguntando si, por favor, podían dejar la intervención sobre su futuro profesional para después del postre.

—Sí —dijo Rebecca—. Algunas no hemos logrado absolutamente nada hoy y nos gustaría mantener el ritmo.

La conversación cambió de tema, pero el ánimo de Emma no. Esa noche, Daniel la encontró sentada a la mesa del comedor con la computadora portátil abierta. Había entrado al sitio web de la universidad y llevaba casi una hora con la página de matrícula en la pantalla sin tocarla.

Daniel la besó en la coronilla.

—¿Vas a volver?

—No sé.

Daniel se aflojó la corbata y miró la pantalla.

—¿Quieres hacerlo?

—Todo el mundo sigue preguntándome eso.

—Entonces preguntaré otra cosa. ¿Por qué no has vuelto?

Emma se reclinó en la silla.

—Porque odiaba tener que preocuparme por el dinero todo el tiempo. Matrícula, libros, transporte, comida. Todo era un cálculo. Ahora ya no.

—Eso explica por qué lo dejaste. No explica si quieres terminar.

Emma lo miró.

—Hablas igual que Kimberly.

—¿Cuál?

—O'Connor.

—Lo tomaré como un cumplido.

Daniel fue a la cocina y regresó con dos vasos de agua. Dejó uno junto a ella y se sentó al otro lado de la computadora.

—Si quieres terminar la carrera, termínala.

—¿Y si no?

—No lo hagas.

Emma frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—No sé. Tal vez un discurso sobre la importancia de estudiar.

—Yo ya tengo un título. Estoy a salvo de esos discursos.

Emma sonrió a pesar de sí misma. Daniel extendió la mano sobre la mesa y tomó la de ella.

—Emma, no necesitas un título para seguir casada conmigo, pero tampoco tienes que renunciar a uno. Haz lo que de verdad quieras.

La respuesta debería haber facilitado la decisión, pero, en cambio, eliminó a la última persona a la que Emma habría podido culpar por tomarla en su lugar.

Volvió a mirar la página de matrícula. Durante años, la universidad había representado una salida: un mejor trabajo, independencia, suficiente dinero para dejar de ver a Susan estirar cada pago hasta que llegara el siguiente pedido del catálogo.

Emma había querido el título, pero también había querido todo lo que creía que ese título acabaría dándole.

Ahora ya tenía la mayoría de esas cosas.

Cerró la computadora.

—Este período no.

Daniel asintió.

—Está bien.

—¿De verdad no te importa?

—Me importa que seas feliz.

—Lo soy.

Emma se levantó y le rodeó el cuello con los brazos. Daniel la besó sin volver al tema. Emma hablaba en serio. En aquel momento, rodeada de una vida que apenas un año antes le habría parecido imposible, era feliz.

Más tarde esa noche, publicó un video corto desde la cocina. Daniel apareció detrás de ella durante menos de dos segundos, abrió el refrigerador, vio la cámara y de inmediato dio un paso atrás hasta desaparecer de la imagen. Los comentarios comenzaron casi enseguida.

Que vuelva el doctor.

Tu esposo es guapísimo.

Queremos ver más al Dr. Méndez.

Emma se rio mientras los leía desde el sofá. Daniel estaba a su lado revisando algo de la clínica.

—Tienes admiradoras.

—Tengo pacientes.

—Ya no.

Daniel miró la pantalla que ella le mostraba, leyó varios comentarios y negó con la cabeza.

—De ninguna manera.

Emma apoyó los pies sobre sus piernas.

—Eres tímido.

—Soy médico. No necesito que desconocidos opinen sobre mi cara.

—Les gusta tu cara.

—Me casé con el único voto que necesitaba.

Emma sonrió y volvió a los comentarios. La mayoría eran variaciones de las mismas cosas que llevaba meses leyendo: preguntas sobre su ropa, elogios sobre la casa, gente que pedía más fotografías de Europa. Pero entre ellos apareció uno de una cuenta que no reconocía.

«Bonita vida» .

No había nada abiertamente amenazante en aquellas palabras, nada que debiera distinguirlas de los cientos de comentarios que dejaban otros desconocidos. Aun así, Emma se encontró leyéndolas por segunda vez antes de seguir adelante.

El comentario se perdió entre cientos de otros y, para la mañana siguiente, Emma ya lo había olvidado.

Dos semanas después, uno de sus videos superó las cien mil reproducciones.

No tenía nada de especial. Se había grabado mientras se preparaba para una cena de cumpleaños, mostrando tres vestidos antes de escoger el más sencillo.

Emily había aparecido brevemente para descartar los dos primeros, Rebecca había dado su opinión desde el sofá sin levantar la mirada del teléfono y Daniel había entrado en el dormitorio justo en el peor momento.

Se detuvo al ver la cámara.

—¿Estoy vestido?

Emma se volvió hacia él.

—Por desgracia.

Daniel bajó la mirada hacia su camisa y sus pantalones.

—Entonces, ¿por qué me estás grabando?