Capítulo 15 — La mujer que creó al monstruo
La cruz de nácar colgaba del cuello de mi madre.
No era parecida al rosario que había llevado durante años. Era el mismo. Reconocí la pequeña grieta junto al brazo izquierdo de la figura, la cuenta más oscura cerca del cierre y el hilo reparado con una hebra blanca.
Mi madre estaba tendida sobre el suelo de una celda, con sangre en la sien y una mano extendida hacia una puerta que no aparecía dentro del encuadre.
Debajo, Elena había escrito que continuaba viva.
—Amplíalo —pedí.
Camila deslizó los dedos sobre la pantalla. La imagen creció hasta que el rostro de mi madre ocupó casi todo el espacio.
Parecía más joven que en mis recuerdos finales. Su cabello estaba recogido de cualquier manera y llevaba una blusa clara manchada de tierra. Había miedo en sus ojos, pero también una furia que nunca le había conocido.
—¿Cuándo fue tomada? —pregunté.
—La noche del secuestro de Victoria —respondió Camila—. La marca de tiempo coincide con las primeras horas de cautiverio.
—Mi madre murió dos años después.
—Según el informe médico.
—No me responda de esa forma.
La voz salió más alta de lo que pretendía. El frío de la habitación se había convertido en una presión dolorosa dentro de mis huesos.
Camila no apartó la mirada.
—No sabemos qué ocurrió entre esta fotografía y la fecha registrada de su muerte.
—Sabemos que Elena la tenía encerrada.
Victoria permanecía junto a la mesa, pálida, inmóvil y demasiado silenciosa.
La observé esperando una orden, una amenaza o la negación inmediata que había utilizado al hablar de Isabela. No llegó ninguna.
—¿La conocía? —le pregunté.
Victoria miró la fotografía.
—No.
—¿Está segura?
—Habría recordado su rostro.
—Tenía una venda en los ojos durante parte del secuestro.
—También estuve sin ella.
—Pudo escucharla.
Su respiración se volvió más lenta. Cerró los ojos durante un instante y pareció buscar dentro de un recuerdo que había pasado años manteniendo encerrado.
—Había otra persona —dijo.
Camila se acercó.
—Nunca habló de una segunda cautiva.
—Creí que era una grabación.
—¿Qué escuchó? —pregunté.
Victoria apoyó las manos sobre la mesa. La cicatriz de su palma quedó visible bajo la luz.
—Una mujer rezaba detrás de la pared. A veces pronunciaba nombres. El mío, el de mi madre y uno que no entendí.
—¿Lucía?
—No.
—¿Cuál?
Su mandíbula se tensó.
—Inés.
Mi segundo nombre.
El aire dejó de entrar en mis pulmones. Mi madre había pronunciado mi nombre mientras estaba encerrada a pocos metros de Victoria, y ninguna de las dos había sabido quién era la otra.
—¿Le habló? —pregunté.
—Golpeé la pared una vez.
—¿Respondió?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Victoria tardó demasiado.
—Que no confiara en la mujer que abriera la puerta.
Camila volvió hacia la pantalla. —Elena fue quien encontró a Victoria después de la fuga.
—Mi madre la advirtió —murmuré—. Sabía que Elena estaba involucrada.
—O sospechaba de cualquiera que apareciera como rescate —dijo Camila.
—No reduzca esto a una posibilidad.
—No lo hago. Intento separar lo que sabemos de lo que alguien quiere que concluyamos.
La disciplina de Camila resultaba insoportable, aunque comprendía su necesidad. Habíamos seguido demasiadas pruebas colocadas por manos que conocían nuestras reacciones.
Me acerqué a la imagen.
—¿De dónde salió?
—Del archivo de las caballerizas —respondió—. Estaba dentro de una carpeta encriptada con el nombre de Elena.
—¿Puede haber sido fabricada?
—La fotografía es analógica y fue digitalizada años después. Los metadatos pueden alterarse, pero el papel original existe.
—¿Dónde?
—El empleado que quiere protección afirma que conserva varias copias.
Victoria levantó el rostro.
—Tráiganlo al palacio.
—No —dijo Camila—. Elena sabe que está vivo. Si movemos un convoy, descubrirá adónde va.
—Entonces iremos nosotras.
—Usted no saldrá herida, sin dormir y después de recibir una prueba diseñada para quebrar su juicio.
La mirada de Victoria se endureció.
—No me dé órdenes sobre mi juicio.
—Alguien tiene que hacerlo cuando usted comienza a considerar la venganza una forma de investigación.
La discusión quedó suspendida. Camila podía decirle cosas que nadie más se atrevía a pronunciar, pero incluso ella medía cada palabra cuando Victoria estaba herida.
—Yo iré —dije.
Ambas se volvieron hacia mí.
—No —respondió Victoria.
—Es mi madre.
—Precisamente.
—No utilizará mi vínculo para dejarme aquí mientras decide qué información puedo soportar.
—La persona que conserva esas fotografías pudo participar en su cautiverio.
—Camila estará conmigo.
—Camila se queda.
—Entonces envíe a otra persona que responda ante mí.
—No tiene un equipo propio.
—Todavía.
Victoria avanzó un paso. Se detuvo antes de acercarse demasiado, recordando quizá la pistola vacía que había presionado contra su pecho.
—Lucía, no irá hacia un hombre que fotografió a su madre dentro de una celda.
—Usted fue hacia Elena durante once años.
La frase la detuvo.
—No es lo mismo.
—No. Usted no sabía quién era al principio. Yo sí sé qué puede haber hecho ese hombre, y aun así necesito escucharlo.
Camila cerró la tableta.
—Podemos hablar con él mediante una conexión aislada. No revelará nuestra ubicación y tendremos tiempo para comprobar su identidad antes de cualquier traslado.
—Hágalo —dije.
Victoria no aceptó inmediatamente. Miró la fotografía otra vez, como si la mano extendida de mi madre pudiera alcanzar algo dentro de ella.
—Quince minutos —concedió—. Su rostro permanecerá oculto hasta que confirmemos quién es.
—No necesito que aparezca.
—Yo sí.
—Entonces obsérvelo desde otra pantalla.
Sus ojos se fijaron en mí.
—¿Quiere dejarme fuera?
—Quiero formular preguntas sin que usted convierta cada silencio en una amenaza de muerte.
—Eso podría ser útil.
—También podría hacerlo mentir mejor.
Camila intervino.
—Victoria observará sin audio directo. Yo estaré con Lucía y transmitiré preguntas adicionales por escrito.
No era la separación completa que quería, pero impediría que la presencia de Victoria aplastara la conversación antes de empezar.
—Aceptado —dije.
Mi esposa no respondió. La forma en que miró a Camila confirmó que obedecería el acuerdo solo porque su jefa lo había convertido en una medida operativa.
La conexión se preparó en una sala protegida del centro de seguridad. Las paredes estaban cubiertas por paneles oscuros y no había ventanas.
Camila se sentó a mi lado. Victoria permaneció en una habitación contigua, visible para nosotras a través de una pantalla lateral, pero sin acceso al micrófono.
El hombre apareció con el rostro en sombras. Solo distinguí cabello gris, una mandíbula estrecha y manos envejecidas apoyadas sobre una mesa.
—Mi nombre es Julián Ferreiro —dijo—. Trabajé en las caballerizas Montenegro durante veintiséis años.
—¿Conoció a mi madre? —pregunté.
Sus manos se cerraron.
—Sí.
—Diga su nombre.
—Teresa Inés Navarro.
El reconocimiento produjo una punzada física en mi pecho. No había dudado ni necesitado revisar un documento.
—¿Por qué estaba encerrada durante el secuestro de Victoria?
—Porque descubrió que Elena había cambiado las instrucciones originales.
Camila escribió algo en una tableta y lo envió a Victoria. En la pantalla lateral, mi esposa permaneció inmóvil.
—¿Cuáles eran esas instrucciones?
Julián miró hacia alguien fuera de cámara.
—Isabela quería que Victoria fuera retirada de una recepción, llevada a la casa durante tres horas y después liberada por Elena. La idea era demostrarle que Octavio no enviaría hombres si creía que el secuestro podía revelar sus negocios.
—¿Isabela aceptó aterrorizar a su hija para enseñarle una lección?
El hombre bajó la cabeza.
—Estaba desesperada. Creía que Victoria jamás abandonaría el apellido si no veía que su padre la sacrificaría.
La rabia subió por mi garganta.
—Entonces utilizó el mismo método que él.
—Teresa se lo dijo.
—¿Mi madre participó en el plan?
—Ayudó a preparar la fuga posterior, no el secuestro. Cuando descubrió lo que Isabela pretendía, intentó detenerlo.
—¿Y Elena la capturó?
—Octavio ordenó retenerla. Elena eligió la misma propiedad porque quería saber cuánto había contado a los Valdés.
—¿Quién cambió las tres horas por dos días?
—Octavio. Pero Elena permitió que continuara.
—¿Por qué?
Julián respiró lentamente.
—Porque entendió que, si Victoria sufría lo suficiente y ella aparecía al final, podía convertirse en la única persona en quien confiaría.
La pantalla lateral mostró a Victoria levantándose de la silla. Camila pulsó un botón y bloqueó la puerta de la sala contigua antes de que ella pudiera salir.
—No la retendrá mucho tiempo —dije.
—No necesito mucho.
Volví hacia Julián.
—¿Elena ordenó que golpearan a Victoria?
—Pidió fotografías creíbles.
—No fue lo que pregunté.
—Sí.
El hombre pronunció la respuesta con la cabeza baja. El silencio posterior pareció llenar ambas habitaciones.
Victoria golpeó una vez la puerta bloqueada. Camila no reaccionó.
—¿También ordenó las quemaduras? —pregunté.
—No estaban previstas. Gabriel perdió el control.
—¿Y Elena hizo qué?
—Esperó.
La palabra me produjo náuseas.
—¿Esperó mientras la herían?
—Quería que pidiera ayuda.
—Victoria no pidió.
—No. Escapó.
Julián levantó las manos y vi una cicatriz gruesa sobre uno de sus dedos.
—Elena creyó que saldría por la puerta preparada. Cuando rompió la ventana, tuvimos que seguirla. Elena llegó antes que los hombres de Octavio y la recogió.
—¿Mi madre seguía viva?
—Sí.
—¿La liberaron?
La pausa respondió antes que él.
—No esa noche.
—¿Cuándo?
—Tres días después.
—¿Quién la sacó?
—Isabela.
Victoria dejó de golpear la puerta.
—Isabela estaba viva durante el secuestro —dije.
—Sí.
—Elena afirmó que ya había muerto cuando encontró a Victoria.
—La explosión ocurrió años antes.
Miré a Camila. —¿Cómo?
—El cuerpo dentro del automóvil no fue identificado de forma independiente —respondió—. Octavio controló la autopsia y el entierro.
—¿A quién quemaron?
Julián negó con la cabeza.
—No lo sé. Isabela escapó herida y permaneció oculta. Teresa y su marido la ayudaron durante años.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta la noche en que Victoria fue secuestrada.