Capítulo 40 #3
—¿Qué te ha dicho tu hijo? —le pregunta Rocío.
—Me ha animado para que acepte —se sincera dando un suspiro—, dice que es lo mejor que me podía pasar y que, después de todo, me va a venir muy bien cambiar de aires.
—Entonces dime qué días vas a venir para poner tu casa a la venta. Tu hijo tiene razón, debes empezar de cero sin nada que te ate aquí, aunque nosotras te vamos a echar de menos.
—Voy a ir la próxima semana, pero no te precipites, de momento no pienso venderla.
—Ya lo veremos —contesta riendo—. De eso entiendo mucho y sé que, en cuanto te diga la cantidad que te vas a embolsar, la vas a querer vender.
—Siento tener que darle otra vez la razón a Sindy, y ya van dos veces en los últimos cinco minutos —agrega Rocío.
—Queréis deshaceros de mí, y al final os vais a salir con la vuestra.
No ha querido decirles que también había hablado con sus padres, y estos eran de la misma opinión. Por lo tanto, el lunes le diría a su jefe que aceptaba dirigir el nuevo hotel, Alto de Mirasierra.
—Jaime, voy un momento al baño —le informa tratando de levantarse del sofá.
—Es la segunda vez que vas en menos de quince minutos, ¿se puede saber que te ocurre?
—Nada, simplemente he bebido mucha agua y necesito…
—No necesitas volver al baño —la corta—. Sé que estas nerviosa de pensar que vas a subir a un avión, y quiero que te tranquilices y pienses en ese crucero por el Nilo que nos está esperando.
—Y lo estoy pensando, pero eso no quita que quiera ir al baño otra vez.
—Anda, ven aquí —le pide mientras se levanta para abrazarla—. No quiero que estés nerviosa. Voy a agarrarte de las manos bien fuerte para que no pases nada de miedo, ¿de acuerdo?
—Estoy convencida de que te encontrarás con alguna azafata amiga tuya y te irás a sentarte con ella —le dice en tono acusador.
—Eso lo hice la otra vez porque tenía la sensación de que, si te tocaba, me darías un mordisco —trata de no reír—. Por eso le pedí a aquella azafata que se sentara contigo y que me guardara el secreto.
—¿Eso es verdad? —Abre mucho los ojos—, nunca me lo habías contado.
—¡Claro que es verdad! Y a la hora del aterrizaje decidí emborracharte un poquito para que te durmieras, y lo conseguí. En cambio, a la vuelta había planeado arriesgarme y agarrarte de las manos, pero llegó tu amigo Álvaro y no tuve oportunidad de hacerlo —dice haciéndola reír por su confesión.
—Bueno —entorna los ojos—, ahora no voy a morderte, por lo menos delante de la gente.
Están sentados en el avión, y a pesar de las promesas de Jaime, ella se ha vuelto a poner muy nerviosa, ya que el avión está a punto de despegar.
—Sara, necesito confesarte algo muy importante —le dice cuando empiezan a rugir los motores.
—Dime. —Le dedica toda su atención al verlo tan serio.
—Te quiero. —Le pasa un dedo por las pecas que tiene sobre la nariz mientras el avión ha empezado a tomar altura—. Me he enamorado de ti, y quería decírtelo.
—Oh —gime cubriéndose la cara con las manos para tratar de contener las lágrimas—. No me lo esperaba.
—¿Y qué esperabas? —Escruta su mirada cuando el avión ya ha alcanzado la máxima altura.
—No sé, ha sido tan bonito lo que has dicho, que me has dejado sin palabras, —trata de asimilar lo que él le acaba de confesar.
—Dicen que las situaciones de peligro y las emociones fuertes, hacen que dos personas se acerquen más —explica mirándola intensamente—, y tú has conseguido llegar a lo más profundo de mi corazón.
Sara está tan emocionada que no ha sido consciente de un hecho, hasta que ha escuchado por los altavoces el aviso de que ya pueden desabrocharse los cinturones.
—¡Un momento! No me has cogido de las manos —exclama mirándoselas sorprendida—. ¿Has tratado de distraerme para no tener que hacerlo?
—Siempre piensas lo peor de mí —suelta más dolido que ofendido—. Te he dicho lo que siento por ti y no me has creído.
—Claro que te he creído. —Empieza a llorar—. Fíjate, que ni siquiera me he dado cuenta de que el avión estaba despegando, y eso era algo impensable para mí.
—Me alegra saber, que por lo menos mi confesión te ha servido para obrar el milagro —dice entrelazando sus manos.
—No ha sido solo tu confesión —declara mirándolo con los ojos llenos de felicidad—, ha sido el hecho de ser consciente de lo afortunada que soy estando contigo. Has conseguido darle un nuevo rumbo a mi vida en el que me siento tremendamente feliz.
—Eres una mujer increíble —añade cuando la ve sonreír—. Has pasado por situaciones traumáticas y has logrado superarlas sin resentimiento. Dime, ¿cómo lo haces?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sorpréndeme.
—Alguien me dijo una vez, que el destino siempre nos guarda alguna grata sorpresa para compensarnos por las adversidades que nos va dando la vida.
También me aseguró que nuestra actitud era esencial para decidir si queríamos seguir adelante y volver a ser felices, o por el contrario quedarnos anclados en la amargura —le pone una mano en el corazón—.
Jaime, hoy es uno de esos días en los que mi felicidad es inmensa porque quiero que sepas que yo también estoy enamorada de ti.