La Era de los Reyes de Troya (Saga Completa: Libros I-III + Precuela) Capítulo 21
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Capítulo 21

El rugido de la guerra ya no era un sonido distante y amenazador, sino una bestia desatada a las puertas, sus garras arañando las sólidas murallas de Troya.

Príamo vio caer a los primeros hombres, no aqueos, sino los suyos, los defensores de la ciudad, alcanzados por los dardos lanzados con furia.

Cada cuerpo que se desplomaba sobre las murallas era una puñalada en su corazón, una confirmación de su impotencia.

Sus ojos buscaron los de Héctor, y encontraron en ellos una determinación férrea, pero también una sombra de gravedad, la conciencia del peso que gravaba sobre sus hombros.

El rey permaneció sobre las murallas durante horas, inmóvil como una estatua de piedra, mientras la batalla ardía con una violencia creciente.

Aunque las primeras flechas y piedras lanzadas por los aqueos habían sido rechazadas, el aire estaba impregnado de una amenaza palpable.

El sol, a mediodía, proyectaba largas sombras sobre el campo, donde miles de guerreros griegos se movían como un ejército de hormigas negras, preparándose para el asalto propiamente dicho.

Los comandantes aqueos, figuras imponentes sobre caballos de guerra, dirigían a sus tropas con precisión despiadada.

Príamo sentía el frío metal del destino envolverlo, ahogando toda esperanza residual.

La guerra ya no era una perspectiva lejana, una hipótesis a conjurar, sino una realidad brutal e ineludible.

Su respiración se hizo corta, el peso de mil años de historia y profecías sobre su espalda.

Cuando finalmente se retiró de las murallas, no lo hizo para descansar o dar órdenes.

Fue un gesto de retirada, un desfallecimiento del alma.

Cada paso hacia sus aposentos era un eco de la derrota que ya le pesaba encima.

Los gritos de los hombres, el clangor de los escudos, los silbidos de los últimos dardos que se estrellaban contra el granito, todo se amortiguaba a medida que se adentraba en el palacio, pero su eco resonaba implacable en su mente.

Se encontró solo en sus aposentos, una habitación que antaño le había parecido un santuario, ahora un mausoleo.

La magnificencia de los frescos, los ricos tejidos colgando de las paredes, todo lo que una vez había sido el símbolo de su grandeza, ahora le parecía una amarga ironía.

Había reconstruido Troya de sus cenizas, un prodigio de voluntad y sabiduría.

Había reunido a los hijos de un pueblo disperso, los había nutrido, instruido, protegido. Les había dado una patria, una gloria.

Recordaba los primeros años en el trono, después de haber sido rescatado, su nombre cambiado de Podarces, el "destruido", a Príamo, "el rescatado".

Había sido un renacimiento no solo para él, sino para toda la ciudad.

Había jurado a los dioses que Troya nunca volvería a caer.

Había erigido templos, había negociado alianzas, había creado una edad de oro.

Sus hijos habían crecido fuertes y hermosos, su familia una piedra angular de estabilidad.

Y sin embargo, incluso entonces, la sombra del destino se alargaba.

Casandra, su hija, tan dotada, tan maldita.

Su voz, un río de profecías inauditas, había sido una constante música de muerte de fondo.

Y luego Paris, el hijo que había sido exiliado por una profecía y que, al regresar, había traído la ruina.

Se sentó pesadamente sobre un cojín, sintiendo el peso de los años y las culpas.

Había intentado todas las vías. Había enviado mensajeros, había ofrecido regalos, había implorado el regreso de Helena.

Incluso había considerado entregar a Paris, por un breve, horrible momento, antes de que el amor de padre hubiera prevalecido sobre el amor por la ciudad.

Había buscado una llave para la paz, pero cada cerradura había permanecido obstinadamente cerrada.

O quizás la llave había sido forjada mal, o la cerradura misma nunca había existido.

Se sintió vacío, desprovisto de toda fuerza.

Había fallado. Todos sus esfuerzos, sus sacrificios, sus sueños de paz, habían sido barridos por un acto de pasión imprudente y por la terquedad de los dioses.

Mientras Príamo se consumía en su tormento, Héctor se movía con la calma y la decisión que se esperaba del más grande de los príncipes troyanos.

Sus dedos fuertes acariciaban la superficie rugosa de las piedras de las murallas internas, mientras sus ojos escrutaban cada rincón, cada punto débil.

No había tiempo para el lamento, no había espacio para la desesperación.

La guerra había llegado, y su tarea era defender.

Sus instrucciones eran concisas y claras, su voz resonaba con autoridad entre sus capitanes.

"Debemos distribuir las reservas de agua con parsimonia", dijo Héctor, dirigiéndose a un oficial barbudo.

"Y racionar el grano desde ahora mismo. No sabemos cuánto durará el asedio.

Cada gota, cada grano, podría ser lo que nos separe de la supervivencia.

" Ordenó inspeccionar las ballestas y los trabuquetes, reforzar las puertas, adiestrar a los civiles en el uso de armas sencillas para la defensa interna, en caso de que los aqueos lograran penetrar las murallas.

Sus hombres respondían con lealtad y admiración, sus palabras un bálsamo para su miedo.

Héctor era su escudo, su espada. Sabían que mientras él permaneciera en pie, Troya no caería.

Sus ojos, sin embargo, ocultaban un cansancio profundo, una inquietud por el futuro que no podía permitirse mostrar.

Su padre estaba perdido en el dolor, su hermano una causa de ruina, su hermana una profetisa de desgracias.

El peso de todos ellos gravitaba sobre él.

Cassandra, mientras tanto, se veía sacudida por nuevas y aterradoras visiones que la sumieron en un estado de agitación aún más profundo.

Se había refugiado en el templo de Atenea, la diosa que una vez la había protegido, o eso creía.

Las lisas paredes de mármol blanco no podían contener los horrores que se le manifestaban.

Veía ríos de sangre correr por las calles, el sagrado templo de Apolo en llamas, los cuerpos de sus hermanos mutilados, su propio fin, un grito silencioso que le desgarraba el alma.

La visión más vívida era la de un enorme caballo de madera, una sombra amenazante que oscurecía el sol, el vientre lleno de guerreros.

Veía la ciudad en fiesta, ajena al peligro que estaba introduciendo en sus muros, y luego la masacre, los gritos, las llamas.

Se precipitó fuera del templo, los cabellos sueltos y despeinados, los ojos desorbitados e inyectados en sangre.

Se cruzó con un grupo de sacerdotes y doncellas, ya atareados preparando ofrendas para aplacar a los dioses de la guerra.

"¡No las estatuas!", gritó, su voz ronca por el terror.

"¡No los animales! ¡Los muros! ¡Serán los muros!

¡Veo un caballo, un caballo de madera que entra en la ciudad!

¡No les creáis! ¡No aceptéis sus regalos!

¡Es el engaño!". Sus palabras se quebraron en una tos convulsa.

Los sacerdotes intercambiaron miradas de vergüenza, luego uno de ellos, un hombre anciano y sabio, se adelantó con una paciencia gastada.

"Princesa Casandra, comprendemos tu angustia.

Pero estas son visiones febriles. La ciudad está sitiada.

Es natural que veas horrores. Debemos, en cambio, ofrecer a los dioses, pedir su protección.

" Sus palabras eran amables, pero el tono era desdeñoso, descartando las profecías como desvaríos de una mente turbada.

Una doncella intentó tomarla de una mano para llevársela, pero Casandra se zafó.

"¡Estáis ciegos!", gritó, las lágrimas surcándole el rostro.

"¡Estáis todos ciegos! ¡El fin está cerca!

¡La sangre, el fuego, la destrucción! ¡Troya caerá!

". Pero sus súplicas caían en el vacío, las miradas que encontraba estaban llenas de conmiseración o irritación.

Su desesperación se hizo más profunda, un abismo sin fondo.

Cada rechazo era un clavo en el ataúd de su esperanza, cada mirada indiferente un eco de la maldición de Apolo.

Hécuba, reina y madre, no podía permanecer inactiva.

Había buscado a Príamo en los jardines, luego en la sala del trono, encontrándolo finalmente retirado en la penumbra de sus aposentos.

Lo encontró sentado, encorvado, la mirada perdida en el vacío.

La vista de su esposo, antes tan regio e imponente, ahora reducido a una sombra de sí mismo, le encogió el corazón.

Se arrodilló junto a él, posándole una mano en el brazo.

"Mi rey", susurró, su voz un tenue hilo de seda.

"Mi Príamo. No debes abandonarte así. La ciudad te necesita.

Tus hijos te necesitan." Intentó infundirle valor, recordarle su fuerza, su sabiduría.

"No es tu culpa. Has hecho todo lo posible.

Los dioses tienen sus propósitos, y nosotros somos solo peones en su juego. "

Príamo no respondió, ni siquiera se movió.

Sus ojos permanecían fijos en un punto indefinido, como si estuviera mirando más allá de los muros, más allá de la batalla, hacia un destino ya escrito.

Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito.

Hécuba sintió que su corazón se rompía. Siempre había encontrado en él una roca, un refugio.

Ahora, esa roca se estaba desmoronando. No era solo desesperación, era algo más profundo, una resignación que nunca había visto en él.

Era el peso de una profecía que conocía desde el nacimiento, el destino de Podarce que volvía a reclamar a Príamo.

Comprendió que no había forma de alcanzarlo, que su tormento era un abismo en el que había caído solo.

Sus lágrimas, silenciosas, cayeron sobre el dorso de la mano de su marido, pero él no se dio cuenta.

También Paris, en sus lujosas estancias, no era inmune al horror que se estaba desatando.

Asomado a la ventana, vio el humo ascender desde la llanura, los primeros destellos rojos de las antorchas aqueas que se encendían en el crepúsculo incipiente.

Oía los gritos amortiguados por la distancia, los tambores rítmicos de la guerra que marcaban un fúnebre ritmo.

Junto a él, Helena, bella como siempre, se apretaba una mano al pecho, sus ojos verdes velados de tristeza.

"Todo esto... por mí", susurró ella, su voz un hilo de lamento. "Mi marido, el rey Menelao, está ahí fuera. Sus hombres. Los griegos. Es una locura."

Paris sintió una punzada en el corazón. Ver el sufrimiento en sus ojos, y saber que él era la causa, era un peso inesperado.

Siempre había considerado su acción un acto del destino, un regalo de los dioses.

Pero ahora, frente a la cruda realidad de la guerra, las gloriosas palabras de Afrodita parecían lejanas, reemplazadas por el clamor de la destrucción.

Sintió un agudo y ardiente remordimiento.

Y, sin embargo, su orgullosa naturaleza se rebeló.

Nunca admitiría su culpa, ni a ella, ni a nadie.

"No es por ti, Helena", dijo, la voz tensa.

"Es por Troya. Por su libertad, por su gloria.

Los griegos han venido a destruir lo que hemos construido.

Menelao no tiene derecho sobre ti, ni ningún rey griego tiene derecho sobre nosotros.

Ellos son los bárbaros." Intentó convencerse a sí mismo tanto como a ella.

Se volvió, su expresión endurecida, el puño apretado.

El remordimiento seguía allí, una brasa subterránea, pero la llama de su soberbia ardía con más fuerza.

¿Proponer una solución? ¿Entregar a Helena?

Era impensable. Era un príncipe, un guerrero; su honor, o lo que quedaba de él, le imponía luchar.

El sol finalmente se puso detrás del Ida, tiñendo el cielo de un violeta profundo y sangriento.

El fragor de la batalla se había aquietado en una tregua temporal, pero no era la paz, solo un respiro antes del próximo asalto.

Dentro de los muros de Troya, el aire estaba tenso, cargado de miedo y expectación.

Las centinelas tomaban posiciones, los fuegos de las cocinas ardían débilmente, preparando las comidas para los hombres en los muros.

Los carpinteros trabajaban febrilmente, reparando los daños superficiales causados por los primeros golpes, reforzando las defensas.

La ciudad se preparaba para el asedio prolongado, cada hombre y mujer consciente de la larga noche que se vislumbraba en el horizonte.

Pero dentro del palacio, la familia real estaba fragmentada.

Príamo era una cáscara vacía, perdido en las sombras de su pasado y de su futuro.

Hécuba lo observaba, impotente, con el dolor desgarrándole el pecho.

Héctor, solo, planeaba defensas, un pilar solitario en una tormenta inminente.

Casandra gritaba al viento sus visiones inauditas.

Y Paris, desgarrado entre un remordimiento naciente y una ceguera orgullosa, permanecía en silencio, sus manos aún sobre la belleza de Helena, pero su mente ya afligida por el peso de la sangre que había derramado.

Las recriminaciones no expresadas eran como espinas entre ellos, dividiendo lo que debería haber estado unido.

La Troya que Príamo había reconstruido era magnífica, pero su alma ya estaba rota, sus cimientos erosionados por la maldición del destino.