La Era de los Reyes de Troya (Saga Completa: Libros I-III + Precuela) Capítulo 31
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Capítulo 31

El alba no se anunció con la habitual sinfonía de cantos de pájaros y el aroma a pan recién horneado que una vez flotaba sobre Troya, sino con un silencio antinatural, roto solo por el crepitar lejano de leña que aún ardía.

Una luz gris e incierta se filtró a través de las nubes bajas, revelando el desolador espectáculo que la oscuridad de la noche había ocultado parcialmente.

Los majestuosos pilares eran ahora esqueletos ennegrecidos, las casas de mármol reducidas a montones de escombros humeantes.

Un velo de ceniza cubría cada cosa, amortiguando los pasos y engullendo los colores.

Podarces, o Príamo, como había empezado a sentirse, sintió el frío húmedo de la mañana penetrarle en los huesos al abrir los ojos.

Orión gemía suavemente a su lado, con la pierna cuidadosamente vendada, pero el dolor aún era evidente en su rostro cansado.

Esione, vigilante, escrutaba el horizonte, sus ojos verdes, normalmente tan vivaces, ahora velados por una tristeza profunda pero tenaz.

Se movió para acomodar las mantas improvisadas sobre el viejo escriba, un gesto automático de atención que le surgió espontáneo, sorprendente por su propia naturalidad.

«¿Cómo está?», preguntó Podarces, la voz ronca por el cansancio y la emoción.

Esione negó con la cabeza. «Tiene fiebre. Debemos encontrar hierbas o un curandero, hermano. Y un refugio mejor antes de que llegue la tormenta». Señaló las nubes cada vez más oscuras que se acumulaban sobre el mar.

Príamo asintió, su mente ya en movimiento.

Las palabras de la noche anterior resonaban en su corazón: debemos encontrar otros supervivientes, un lugar seguro.

Era su juramento, no solo a Orión y Esione, sino a sí mismo, al recuerdo de lo que había sido.

El miedo era una escarcha helada, pero la responsabilidad la estaba derritiendo, gota a gota, revelando una base de granito.

«Quedaos aquí con Orión», dijo Podarces, agarrando una lanza rota que había encontrado entre los escombros.

El arma estaba desequilibrada, pero le daba una sensación de protección, un apéndice a su nueva y frágil determinación.

«Iré a buscar. No puedo quedarme inactivo mientras hay quienes podrían necesitar ayuda».

Esione le tomó la mano, los ojos fijos en los suyos. «Ten cuidado, Príamo. Heracles y Telamón se han ido, pero los merodeadores podrían haberse quedado. Y la ciudad es un laberinto de derrumbes y trampas».

«Lo sé», respondió él, apretando su mano. Por primera vez, no era un niño asustado que se aferraba a su hermana mayor. Era él quien la tranquilizaba a ella. «No seré imprudente. Volveré antes del anochecer, con o sin noticias».

Se separó y se puso en marcha, sus pasos lentos y deliberados sobre la ceniza.

El humo de las ruinas le irritaba los ojos, pero se esforzó por mirar, por asimilar cada detalle de la destrucción.

Cada rincón revelaba una nueva herida, un nuevo horror.

El dulce aroma de la muerte estaba en todas partes, mezclado con el olor acre del humo y la sal marina.

Su estómago se retorció, pero su mirada permaneció firme.

No podía permitirse desviar los ojos. Este era su reino, su ruina y su futuro.

Pasó junto a lo que una vez había sido el ágora, donde las voces se elevaban en un coro vibrante de comercio y debates.

Ahora, solo el viento silbaba entre los escombros.

Los templos, antaño orgullosas centinelas de la fe troyana, yacían en fragmentos, las estatuas de los dioses decapitadas o desfiguradas, sus ojos vacíos apuntando hacia un cielo indiferente.

La visión lo golpeó como una flecha, pero no lo hizo flaquear.

Era el precio de la arrogancia de su padre, y Podarces lo había comprendido en la noche más oscura.

Mientras se adentraba cada vez más en el corazón de la ciudad en ruinas, escuchó un débil lamento.

El sonido era casi indistinguible, ahogado por el viento y el silbido de las llamas lejanas.

Instintivamente, se movió hacia él, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

El lamento se repitió, más fuerte, una voz de mujer.

La encontró atrapada bajo una viga derrumbada, el rostro sucio de polvo y lágrimas, los ojos desorbitados por el terror.

Era una anciana, de cabellos grises y manos nudosas.

Junto a ella, acurrucados, había dos niños, un niño y una niña, no mayores de seis años, que temblaban de frío y miedo.

La vista de aquellas figuras indefensas llenó a Podarces de una oleada de compasión y de una furiosa determinación.

«No temáis», dijo, intentando que su voz sonara tranquila y tranquilizadora. «Estoy aquí para ayudaros».

La anciana lo miró con sospecha, pero los niños levantaron la vista, un atisbo de esperanza en sus miradas inocentes. Podarces se acercó lentamente, evaluando la situación. La viga era pesada, demasiado para él solo. Pero vio una palanca, un trozo de mármol astillado que podía ser utilizado.

Con cada gramo de su fuerza, se colocó, la lanza rota apretada en la otra mano para equilibrarse.

Respiró hondo y empujó, los músculos tensos, la sangre pulsando en sus sienes.

La viga se movió unos centímetros, lo suficiente para permitir que la anciana se arrastrara.

Los niños, ayudados por Podarces, la siguieron rápidamente.

«Estáis a salvo», dijo, exhausto, pero con una sensación de triunfo que no sentía desde hacía tiempo.

La anciana lo observó atentamente. «¿Quién eres, joven? ¿Eres un soldado de Troya? Creíamos que estaban todos muertos».

«Yo era el príncipe Podarces», respondió él, la voz más firme de lo que esperaba. «Ahora soy Príamo. Y somos lo que queda de Troya».

Sus ojos se posaron en los niños. Estaban pálidos, temblaban y el hambre era evidente en sus miradas. «¿Tenéis comida? ¿Agua?».

La anciana negó con la cabeza, las lágrimas surcándole el rostro. «Nada. Hemos intentado escapar, pero los soldados aqueos... No sé cómo hemos sobrevivido. Somos los últimos, quizá».

«No sois los últimos», dijo Príamo con una autoridad que incluso a él le sorprendió. «Hay otros. Venid conmigo. Tengo un refugio, comida y agua». No tenía mucho, pero debía infundirles esperanza.

Condujo a la pequeña familia hacia el lugar donde había dejado a Esione y Orión.

Por el camino, el lamento de una mujer, más adelante, llamó su atención.

La encontró en estado de shock, sentada en medio de los escombros de su casa, aferrando una muñeca rota.

Parecía no verlo, su mirada perdida en el vacío.

Le habló con dulzura, le ofreció la mano, y después de largos minutos de vacilación, ella se levantó y lo siguió, una figura silenciosa y desolada.

Cuando Príamo regresó, su pequeño grupo de supervivientes había crecido.

Esione lo vio primero, sus ojos se abrieron de sorpresa y luego de orgullo mientras su hermano se acercaba, escoltando a la anciana, los niños y la mujer catatónica.

Orión, a pesar del dolor, levantó la cabeza, una sonrisa débil en sus labios.

«Has hecho bien, Príamo», dijo Esione, mientras ayudaba a la anciana a sentarse y ofrecía a los niños un sorbo de agua. «Estos son los primeros ladrillos de nuestro futuro».

La noche anterior, "ladrillos" había sido una metáfora. Ahora, mirando esas caras cansadas y asustadas, comprendía que eran la realidad. Eran sus primeros ladrillos.

El resto del día se dedicó a buscar un refugio más seguro.

Príamo, con la ayuda de Esione y del hombre herido que había encontrado, cuyo nombre era Dione y que, aunque cojeaba, tenía una fuerza sorprendente, inspeccionó los alrededores.

Se alejaron de la costa, donde el peligro de merodeadores era mayor, y se adentraron en las colinas que rodeaban la llanura troyana.

Allí, divisaron una abertura oscura, una entrada a una serie de cuevas que antaño habían sido utilizadas por los pastores como refugio para el ganado.

Era rudimentaria, húmeda, pero ofrecía resguardo de las inclemencias del tiempo y escondite.

«Este será nuestro refugio», anunció Príamo, su voz resonando en la oscuridad de la cueva. «Por ahora. Debemos hacerlo habitable».

Con renovado vigor, se pusieron a trabajar.

Príamo y Dione utilizaron trozos de madera y piedras para bloquear parcialmente la entrada, dejando solo un estrecho pasaje.

Esione, con la ayuda de la anciana, recogió leña seca para un fuego, mientras los demás supervivientes se acomodaban, tratando de hacer espacio.

La mujer catatónica permaneció en silencio, pero los niños, tranquilizados por la presencia de Príamo y la promesa de un fuego, comenzaron a jugar suavemente con las piedrecitas.

Una vez encendido el fuego, la pequeña comunidad se reunió alrededor de las llamas crepitantes, el calor ahuyentando el frío y la humedad de la cueva.

Príamo distribuyó el resto de la comida y el agua, asegurándose de que todos tuvieran su parte, por pequeña que fuera.

Los ojos de todos estaban fijos en él. Eran personas comunes, no príncipes ni sacerdotes, pero en ese momento, su supervivencia dependía de él.

El peso era inmenso, pero también la sensación de propósito.

«Debemos tomar decisiones», dijo Príamo, mirando el fuego. «Esta cueva es un refugio temporal. No podemos quedarnos aquí para siempre. Debemos encontrar un lugar donde podamos reconstruir, un lugar donde podamos vivir en paz».

Orión, con la fiebre quemándole el rostro, se esforzó por hablar. «Príamo... la voluntad de los dioses ha sido clara. Troya cayó por la hybris de tu padre. Pero no significa que su pueblo deba perecer. Quizás los dioses nos conceden una segunda oportunidad, si aprendemos del error».

«Pero ¿dónde?», preguntó Dione, su tono velado de desesperación. «Las murallas se han derrumbado. Las casas son ceniza. Ya no hay nada en Troya».

«No es cierto», replicó Príamo, levantando la mirada para encontrarse con los ojos de todos.

«Está nuestra gente. Estamos nosotros. Y mientras quede uno de nosotros, Troya nunca estará realmente perdida.

El nombre de Príamo es un juramento. Es el juramento de reconstruir, de proteger, de no olvidar».

Hizo una pausa, su voz resonó en la caverna, llena de una nueva resolución. «Sé que el miedo es grande. Sé que la desesperación es un velo que nos envuelve. Pero debemos mirar más allá. Debemos ser más fuertes que nuestra ruina. Los dioses han castigado a Laomedonte, no a su pueblo inocente».

«Pero ¿qué haremos?», preguntó la anciana, la voz temblorosa. «No tenemos armas, no tenemos suficiente comida, somos pocos y estamos cansados».

«No nos rendiremos», respondió Príamo, su voz ahora imbuida de una determinación férrea.

«Mañana, Dione y yo, y quien tenga fuerzas, iremos a buscar más.

Comida, agua, herramientas. Buscaremos otros supervivientes.

Esione cuidará de Orión y de los niños. Organizaremos centinelas.

Debemos defendernos de cualquier amenaza».

«La reconstrucción no será fácil», añadió Esione, con su sabiduría pragmática. «Requerirá años, quizás generaciones. Pero si tu juramento es este, hermano, entonces estaré a tu lado, como siempre».

Príamo le sonrió, una sonrisa cansada pero sincera.

Su hermana, su roca, comprendía. «Y no debemos olvidar lo que ha sucedido.

Debemos recordar a Laomedonte y su arrogancia, para que nuestros hijos no repitan los mismos errores.

Pero también debemos recordar la grandeza de Troya, su belleza, su arte.

Este es nuestro vínculo con el pasado, el combustible para nuestro futuro».

Por primera vez, la mujer catatónica levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Príamo, y por un instante, un débil atisbo de comprensión cruzó su rostro. No habló, pero su silencio pareció menos opresivo.

Príamo se levantó, caminando hasta la entrada de la cueva.

Se asomó, observando las estrellas que comenzaban a titilar en el cielo nocturno, salpicado aún por el humo de los fuegos lejanos.

Era un cielo diferente al que había conocido.

No había la familiaridad reconfortante de las luces de la ciudad, sino una vastedad fría e indiferente.

Y sin embargo, no estaba solo. Detrás de él, estaba la tenue luz del fuego, las voces apagadas de los supervivientes, la respiración regular de los que dormían. Eran pocos, estaban desesperados, pero estaban allí. Eran Troya. Y él, Príamo, era su rey, el pastor de este rebaño disperso.

El viaje hacia la reconstrucción acababa de comenzar.

Los primeros ladrillos habían sido colocados: la esperanza, la determinación, el sentido de comunidad.

El camino sería largo y arduo, salpicado de dolores y sacrificios, pero Príamo ya no era solo un príncipe asustado que huía de la destrucción.

Era el fundador de un sueño, el custodio de una promesa.

Y en aquella noche estrellada, entre las ruinas de un mundo y el nacimiento de otro, sintió el peso y la gloria de su nueva corona.

La noche terminó, y el mañana trajo consigo los desafíos de un mundo aún sin forma, pero también la promesa de un nuevo comienzo, de un alba aún por escribir.