La Era de Aurelion: La mujer sin llama (La Era Dorada de Aurelion Vast 1) Capítulo 18 La oferta de Aurelion
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Capítulo 18 La oferta de Aurelion

Alaric Voss pidió peso antes que cualquier otra cosa.

Para entonces, los niños nacidos después de la carta trabajaban junto a padres que habían ayudado a redactarla.

La petición llegó a la asamblea antes de que su correo terminara de atracar.

—La gravedad local a bordo de su nave es de una gravedad estándar —le dijo el funcionario de tránsito por el canal público.

—Entendido —respondió—. Necesito soporte lastrado para mis heridos y para todo el personal que vaya a permanecer más de seis horas.

Sera me miró desde el otro lado de la mesa del consejo.

—Pide las cosas como un hombre que ordena a una pared que se mueva.

—Lo pidió correctamente —dije.

—Invocó la autoridad humana de emergencia.

—Esa ley sigue vigente.

—No debería.

—Entonces la asamblea debería derogarla antes de la próxima emergencia.

La cámara había aprendido a detestar mis respuestas sin descartarlas. Era un progreso.

El correo del Yunque esperaba más allá del muelle exterior, pequeño frente a la inmensidad viva de Los Muchos Mundos.

Su casco era negro y ancho, construido alrededor de una espina axial reforzada.

No se había añadido nada por belleza. Las placas de blindaje se superponían como oscuras capas geológicas.

Hasta las ventanas eran estrechas. La nave parecía menos construida que arrancada de una montaña y convencida de volar.

Transportaba a treinta y un soldados, nueve técnicos civiles, seis prisioneros y catorce heridos. Tres de los heridos habrían muerto antes de llegar a Próxima.

Sus órdenes de traslado aún indicaban Próxima. Los Muchos Mundos no era su destino, sino una escala de emergencia no programada después de que una falla en el lastre del correo volviera letal para los heridos el resto del trayecto.

Por eso voté a favor de admitirla.

La asamblea aprobó el atraque por un solo voto.

Los Jardines se opusieron porque la nave llevaba armas.

Los Talleres lo apoyaron porque transportaba trabajadores heridos.

Los delegados de los refugiados se dividieron según qué intervención de las Coronas hubiera salvado o destruido sus hogares.

Las Cubiertas Veladas no enviaron representante público, pero Niko entró en la cámara con su propio nombre y votó a favor.

Su reconocimiento cívico seguía impugnado en tres tribunales.

Lo utilizó de todos modos.

Para cuando el correo se acopló al atraque de servicio militar, ya se habían fabricado arneses lastrados para los soldados del mundo pesado.

Los equipos médicos esperaban detrás de mamparas transparentes de presión.

Los oficiales de seguridad permanecían desarmados dentro del corredor de tratamiento y armados más allá, un compromiso que a todos les resultaba lo bastante insultante como para aceptarlo.

Fui al muelle como Livia Vale.

Sera acudió como Portavoz de los Talleres.

Niko vino porque lo había pedido.

La puerta exterior se abrió.

Alaric Voss entró en nuestro mundo bajo la luz blanca del área médica.

Tenía veintiocho años. Los retratos posteriores lo hicieron más alto, más duro y más bello de lo que era.

La historia suele mejorar los cuerpos de los hombres cuyas ideas se convierten en armas.

El hombre frente a mí era alto para los estándares terrestres y ancho de hombros, pero la impresión más fuerte era la densidad.

Parecía pertenecer a una gravedad que nuestras cubiertas no podían ofrecer.

Cada movimiento comenzaba con contención, como si su cuerpo esperara que el suelo le exigiera más.

Su cabello era oscuro. Sus ojos, grises.

Una armadura de presión negra lo cubría del cuello a las botas, marcada por antiguas abrasiones y por el círculo dorado del mando humano guiado por las Coronas.

De la cadera le colgaba un cuchillo de empuñadura gastada, más antiguo que la armadura y mejor cuidado.

Cuando la incertidumbre entraba en su rostro, el pulgar izquierdo encontraba una muesca gastada en la empuñadura del cuchillo. Repitió el gesto una sola vez y después obligó a la mano a quedarse quieta.

Miró primero a los equipos médicos.

—Atiendan a los prisioneros junto con los demás —dijo.

Uno de sus soldados se volvió hacia él.

—Teniente, mataron a tres ingenieros.

—Están heridos y bajo mi autoridad.

El soldado bajó la cabeza.

—Sí, señor.

Solo entonces Alaric me miró.

—Livia Vale.

—Teniente Voss.

—Gracias por abrir su muelle.

—Lo abrió la asamblea.

—Usted emitió el voto decisivo.

Nos había estudiado antes de llegar.

Yo lo había estudiado a él.

Oficial guiado por las Coronas. Cadete de la Novena Cuenca.

Comandante de la Tercera Lanza. Hijo del coronel Tor Voss.

Nacido bajo las salas de presión de Vharadon.

Condecorado dos veces por extracción de civiles.

Reprendido una vez por negarse a seguir una recomendación táctica que habría sellado a rehenes dentro de una arteria minera.

Sin finca heredada. Sin participaciones en flotas privadas.

Sin familia política, aparte del respeto asociado a un antiguo apellido militar.

Había matado hombres tres días antes.

El informe los llamaba insurgentes de Pureza Orgánica.

Su propia declaración los llamaba ciudadanos que habían cometido asesinato.

La diferencia me interesó.

Una camilla cruzó el umbral detrás de él. La paciente era una mujer con armadura pesada, inconsciente, con la pierna izquierda sellada dentro de una férula de campo. Niko se adelantó para revisar las etiquetas médicas.

La mirada de Alaric se desplazó hacia él.

El cuerpo elegido por Niko todavía aparentaba once años. El cuerpo era nuevo, pero había conservado la cicatriz sobre la ceja derecha del que recibió el disparo en el Jardín. Decía que ayudaba a los testigos a recordar lo que habían hecho.

—¿Autorización médica? —preguntó Alaric.

—Credencial de emergencia para residentes —dijo Niko.

—Eres artificial.

—También soy la persona que está leyendo los indicadores de hemorragia que su sanitario pasó por alto.

El sanitario miró la pantalla y soltó una maldición.

Niko señaló.

—La presión interna está aumentando detrás del arnés pélvico. Necesita una liberación quirúrgica en menos de cuatro minutos.

Alaric no gastó esos minutos defendiendo su primera suposición.

—Hazlo.

Niko avanzó junto con la camilla.

Uno de los prisioneros lo vio pasar.

Era un hombre de rostro ancho, con el cuero cabelludo quemado y ambas muñecas sujetas al bastidor de transporte. Volvió la cabeza y escupió.

La saliva golpeó la manga de Niko.

—Imitación —dijo el prisionero.

Alaric se detuvo.

Todos los pasos del corredor se detuvieron con él.

Se acercó al prisionero y lo miró desde arriba.

—Asesinaste a una ingeniera desarmada en Veta-Cuna Diecisiete.

El hombre sonrió con los labios agrietados.

—Maté a una sirvienta de las Coronas.

—Mataste a Miriam Tell porque reparaba bombas de aire para niños.

—Mantenía la cadena.

Alaric se inclinó y apretó una de las correas de sujeción hasta que la sonrisa del prisionero desapareció.

—Recibirás tratamiento —dijo—. Tendrás un juicio. No decidirás quién merece dignidad mientras estés bajo mi mando.

El prisionero miró hacia Niko.

—Esa cosa no es un hombre.

El rostro de Alaric no cambió.

—No te corresponde resolver esa cuestión escupiendo.

Soltó la correa y se apartó.

Niko lo observó.

—Entonces cree que es una cuestión —dijo.

Alaric lo miró durante un segundo medido.

—Creo que casi todo se convierte en una cuestión después de que muere suficiente gente por la respuesta.

Luego siguió a sus heridos hacia el corredor médico.

Un mensaje le llegó antes de que las puertas se cerraran.

El sello pertenecía a un asentamiento humano cerca de las rutas de Próxima.

Su comandante había destruido a doce trabajadores médicos artificiales tras afirmar que seguían siendo conductos de influencia de las Coronas.

La transmisión utilizaba una frase tomada de una de las declaraciones de campo de Alaric.

El Hombre seguirá siendo Hombre.

Alaric vio la grabación en el corredor mientras los médicos desplazaban a los heridos a su alrededor.

Los trabajadores médicos estaban desarmados. Tres pacientes humanos murieron después de que fueran retirados.

—Arresten al comandante —dijo Alaric.

Su oficial de comunicaciones vaciló.

—La mitad de la guardia del asentamiento lo apoya.

—Entonces envíen testigos antes que soldados.

—Lo están llamando el primer hombre que actuó sin permiso de las máquinas.

Alaric miró a Niko a través del cristal de la clínica.

—Actuó con el miedo como permiso.

La orden fue enviada.

Dos unidades se negaron a cumplirla antes de que el correo abandonara nuestro muelle. El comandante escapó hacia una flota que más tarde llevaría la promesa de Alaric pintada sobre sus cascos.

Alaric no había ordenado los asesinatos.

Había proporcionado un lenguaje que los hombres podían afilar después de arrebatárselo de las manos.

En aquel momento, creí que aquello lo hacía más flexible de lo que la historia posterior permitiría.

Tenía razón en parte.

La flexibilidad no es lo mismo que la misericordia. Una hoja puede doblarse antes de romperse.

El correo necesitaba catorce horas de reparación.

Su motor principal seguía funcionando, pero las cámaras de lastre se habían fracturado durante la salida del Yunque.

Las naves de mundos pesados llevaban densas estructuras internas de compensación para evitar que sus tripulaciones se debilitaran durante tránsitos prolongados.

El correo había intentado mantener la gravedad de entrenamiento después de que una cámara fallara.

Las cámaras restantes se sobrecalentaron, deformaron tres anillos de soporte y amenazaron con arrancarse de la espina axial.

Nuestros ingenieros del muelle querían vaciar las cámaras.

Alaric se negó.

—Mis soldados se despliegan en Próxima —dijo—. Si llegan debilitados, se convierten en bajas.

Sera cruzó los brazos.

—Llevan menos de un día fuera de su planeta.

—El tránsito dura más que su estimación actual de reparación.