Epílogo
U n año más tarde
Había preparado una cena romántica. ¡Qué fuerte! Yo, la que hacía un año era la enemiga del amor, acababa de preparar una cena romántica a mi chico.
Adán llegó a casa de trabajar envuelto de sudor, me dio un beso y se sorprendió al ver lo que había organizado.
—¡Guau, cariño! —exclamó—. ¿Qué es todo esto? Has cocinado, has puesto la mesa con manteles de corazoncitos y, aunque huele a quemado, creo que has hecho todo con mucho cariño.
Vale. Lo admito. Se me quemó la lasaña. Era novata en hacer estas cosas, pero la intención era lo que contaba, ¿no?
—He pedido pizzas —señalé—. La cena se ha chamuscado un poco. Así que la opción b fue llamar a la pizzería.
—Voy a ducharme y ahora vemos lo que hacemos, ¿te parece bien? —soltó un tanto esquivo.
—¿No sabes qué día es hoy? —pregunté un tanto preocupada.
¿Cómo se le iba a pasar? ¡Adán era el hombre más romántico que jamás había conocido! ¿Cómo se le iba a olvidar que hoy hacía un año que nos habíamos conocido?
—¿Sábado? —contestó.
—¿Y?
Él se encogió de hombros.
—Lo siento, mi vida —resopló—. Estoy agotado de tanto curro. No tengo ni idea. Dímelo tú.
—No pasa nada. Ve a ducharte y luego nos comemos las pizzas.
Adán fue al cuarto de baño mientras yo me quedaba en el salón dándole vueltas a la cabeza. ¿En serio no se acordaba de nuestro aniversario? ¿Ya se le había pasado el romanticismo? ¿Iba a dejar de ser detallista? Esperaba que no, porque eso me encantaba en él.
Cada vez me fui cabreando más y más. Hasta que no pude más y decidí ir a buscarlo para abroncarlo.
Entré en el baño. Él estaba desnudo duchándose. ¡Uf! Qué sexy era.
—Entra —me dijo.
—No —negué con la cabeza—. Estoy vestida y no pienso desnudarme.
—Pues entra con ropa, ¡es muy morboso!
—¿Estás loco? —espeté—. En realidad he venido para...
Adán me agarró del brazo y me metió debajo de la ducha, pegada a él.
—¡Uf! Cuando la ropa se te pega por el agua e intuyo todo tu cuerpo, ¡me pongo a mil!
—Pues guárdate las ganas de follar porque no venía a eso —solté—. Venía a...
—Echarme la bronca porque pensabas que me había olvidado de nuestro aniversario, ¿no?
—me interrumpió—. Déjame adivinar. Seguro que has estado pensado que cómo me he podido olvidar, que ya no soy detallista y que cómo te podías haber enamorado de un hombre que no se acuerda de una fecha tan importante.
Que quizá te equivocaste al dejar de ser la enemiga del amor y que ahora te dediques junto a Elena y a una psicóloga a ayudar a mujeres a encontrar a su media naranja.
—Lo de mi nuevo negocio no lo había pensado. —Reí confusa.
—Puedes quedarte tranquila, mi amor —dijo antes de besarme—. No me he olvidado. De hecho, en media hora llegará una limusina que he contratado para que nos lleve a un restaurante donde nos esperan nuestros amigos para celebrar que desde un año soy el hombre más feliz del mundo porque te conocí.
¡Joder! ¡Esa era la persona de la que me había enamorado! El que cada día me recordaba que era maravillosa, aunque yo lo supiese ya.
—¿En serio? —pregunté estupefacta.
—Así es. —Sonrió—. ¡Feliz aniversario, mi amor!
—Feliz aniversario.
No besamos con pasión.
—Y yo solo he preparado una lasaña quemada y he encargado dos pizzas —sollocé.
—También me parece romántico.
—¿Sí? —Reí.
—Claro, mi vida. Mientras sea contigo, todo es romántico —aseguró.
—Me encanta cuando te pones cursi —bromeé.
—Lo sé. —Me siguió el juego.
—La limusina llegará en media hora, ¿no?
—Sí —contestó—. ¿Por?
—Porque entonces tenemos tiempo para intimar bajo la ducha, ¿verdad?
—Desde luego. Para eso siempre hay tiempo.
Eso era lo que más me gustaba de nuestra relación: que pasase lo que pasase, siempre teníamos tiempo para nosotros. Para escucharnos, para entendernos, para cuidarnos. Porque siempre seríamos nuestra prioridad.