La Elite Beginning #2
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Beginning #2

Tal vez tenía las emociones a flor de piel, tal vez la cabeza me daba vueltas, pero en aquel instante estaba convencida de que Nick y su madrastra podían romperme el cuello sin pestañear.

¿Por qué no eliminar allí mismo a una testigo incómoda?

No quería morir.

Y mucho menos así.

Agarré lo primero que encontré a mano —creo que era una lámpara— y se la lancé a Nick con todas mis fuerzas.

Para un jugador de baloncesto fornido como él no fue suficiente para derribarlo, pero sí para dejar una marca en su rostro impecable: una profunda herida en la sien que empezó a sangrar de inmediato.

Aquel golpe me dio unos segundos.

Entre los gritos y las maldiciones de Diana, salí corriendo al pasillo.

Avancé tan deprisa como me permitía mi estado. Tenía que apoyarme en la pared porque todo me daba vueltas.

Llegué a las escaleras sin estar del todo segura de si realmente estaba bajándolas.

Maldita mansión.

Era tan enorme que perderse en ella resultaba facilísimo.

Pero ahora había gente alrededor.

Por primera vez aquella noche, me alegré de ver una multitud. Con tantos testigos cerca, seguramente no se atreverían a hacerme nada.

—Perdón...

Empujé al chico que tenía delante y la cerveza se le derramó encima.

—Lo siento.

—¡Fíjate por dónde vas! —me gritó a la espalda.

La casa se había convertido en un laberinto.

Tardé un rato en orientarme y descubrir por dónde se salía. Pasaba de una habitación llena de gente a otra exactamente igual. En algún momento comprendí que estaba dando vueltas en círculo.

No quería llamar la atención, pero la gente ya empezaba a mirarme.

Tal vez por mi aspecto.

Estaba pálida, empapada en sudor, con el pelo revuelto y pegado al cuello.

Por fin conseguí salir a la calle.

En los pocos minutos que había pasado dentro, la cantidad de gente parecía haberse multiplicado.

O quizá llevaba mucho más tiempo en aquella habitación con Nick del que creía.

El tiempo, como todo lo demás, se había vuelto extraño.

Como un sueño absurdo que no terminaba nunca.

Necesitaba ayuda.

Dima debía de estar divirtiéndose en algún lugar cercano.

Me giré, esperando encontrarlo, pero todas las personas se habían convertido en una masa uniforme y sin rostro.

Saqué el teléfono y, entrecerrando los ojos por culpa de la luz, marqué su número.

Nada.

Los tonos sonaron una eternidad hasta que el contestador terminó de robarme la última esperanza.

—Vaya amigo... —murmuré mientras guardaba el móvil—. No vuelvo a una fiesta en mi vida.

Entonces alguien me agarró con fuerza del codo.

Me giré.

Nick.

Ya había conseguido vestirse y ocultaba la herida bajo una gorra negra.

—¿Pensabas irte sin despedirte?

—Suéltame.

—Vuelve a la casa. Podemos hablar como personas civilizadas.

—¿Civilizadas?

Solté una risa amarga.

—¿No eras tú el que intentó estrangularme hace un momento? Idiota.

Me liberé de su mano y eché a correr.

Hacia la carretera.

Necesitaba encontrar un taxi y volver a casa.

No pensé en un detalle bastante importante: la mansión de los Solyar estaba fuera de la ciudad, rodeada de bosque y junto a un lago.

¿Qué tráfico esperaba encontrar allí?

Aceleré el paso, decidida a llegar hasta la autopista.

Nick no me siguió.

Durante unos segundos me permití relajarme. Creí que había conseguido escapar.

Pero me sentía cada vez peor.

Apenas podía mover las piernas.

Creía estar caminando por el arcén, pero en realidad avanzaba por el centro de la carretera.

No sabía adónde iba.

Ni siquiera sabía dónde estaba.

Tenía sed.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

Una luz intensa me cegó.

Un coche hizo sonar el claxon con un estruendo justo al lado de mi oído.

No tuve tiempo de reaccionar.

Ni siquiera de apartarme.

Me quedé paralizada, como un ciervo atrapado en mitad de la carretera, mirando el parachoques del todoterreno que se abalanzaba sobre mí a toda velocidad.

El impacto.

Salí despedida.

Otro golpe.

No sentí dolor.

Ni miedo.

Era como si mis sentidos se hubieran apagado de golpe. La sangre me corría por la cara, pero mi cuerpo ya no respondía.

Tal vez era el shock.

O aquella descarga brutal de adrenalina.

Solo pude agradecer que mi cuerpo no me obligara a retorcerme de dolor.

Quedé tendida en medio de la carretera, esperando.

El conductor que me había atropellado desapareció.

Después llegó el silencio.

Un silencio sepulcral.

No podía moverme. No podía hablar. La voz me había abandonado.

Al fin, alguien me vio.

Un coche se detuvo a poca distancia y dos personas bajaron.

Hice un esfuerzo sobrehumano por dar alguna señal de vida, pero aquel intento consumió lo último que me quedaba.

Cerré los ojos.

Y ya no pude volver a abrirlos.

—¿Está muerta? —preguntó Diana.

Lo juro: era su voz.

—No lo sé. ¿Quieres que lo compruebe?

Nick se agachó a mi lado.

O quizá solo se inclinó sobre mí.

Daba igual.

Estaba muy cerca.

Sentía su respiración.

Y deseé con todas mis fuerzas que él pudiera notar la mía.

—No. No la toques. Deberíamos irnos antes de que alguien nos vea.

—¿Quieres dejar a Skadovska aquí?

—¿Quieres que nos involucren en esto? Una drogadicta atropellada en la carretera... Que su familia y el conductor distraído carguen con las culpas.

—Tal vez...

—Es lo mejor. Vámonos. ¡Ya!

—De acuerdo.

Las voces se alejaron.

Y volví a quedarme sola.

En mi mente nublada, empecé a contar los minutos que me quedaban de vida.

Qué pena...

Pensé que sería más larga.

Le había prometido a mamá que llegaría lejos.

Y al final ni siquiera viviría para recibir mi diploma.

Todo había vuelto a torcerse.