CAPÍTULO X
Un mes después, Verónica vivía en un apartamento maravillosamente luminoso.
Había comprado todo cuánto faltaba, limpiado a fondo, porque estaba pintado perfecto y puesto otra habitación para su pequeña Sofia.
Mateo y Damián la ayudaron con todo y una decoradora, le llevó todo cuanto tenía en el apartamento de Alejandro que ella recogió y al nana toda la ropita, pero compró muebles nuevos con la confianza de que se la llevara alguna vez.
Y contrató a una chica para limpiar y hacer lo que hacía Paz en casa de Alejandro.
Tenía una plaza de garaje donde dejó su coche. Y cuando todo se calmó, fue al cementerio y le puso flores a Doña Sofía y allí sí que lloró un poco.
Pero Alejandro no lo hizo, ni la llamaba, solo pasaba al mes la pensión y punto.
Cuando ella salió de su apartamento, no hubo ruido, solo el llanto de su hija.
Mateo y Carlos le dijeron que estaba loco, que empezaba a quererla y la echaba. Que la había humillado devolviéndole el dinero de la inversión de videojuegos.
Y él sí, al principio estaba algo desesperado. O hubiese estado más si no hubiese habido niña y al entrar hubiera encontrado la casa sola y vacía. Pero había un ruido que no soportaba.
Por más que le dijeron, por más que insistieron, él decía que ahora salía los fines de semana y eso era vivir.
Y así pasaron los meses. Damián pasaba por su apartamento pegado al suyo, todas las noches cuándo volvía o las tardes o le decía si necesitaba ayuda los fines de semana.
Y por arte de magia, la niña dejó de llorar a los seis meses, cuando empezaron a darle fruta y comidita.
Y pudieron dormir y ser felices con ella. Jugaba en su parquecito y ella descansó junto con la nana de todos los meses.
La nana decía que no había visto niña igual.
Pero aprendieron a serenarse, a dejar las angustias atrás, a olvidarse de Alejandro. No era un mal recuerdo, pero para él había sido un juego y sexo a mano.
Y eso la destrozaba a veces, hasta que el dolor se fue mitigando.
Salía los fines de semana con Damián por las mañanas con la niña al parque del Oeste, desayunaban y allí le daba de comer y comían ellos y luego volvían a casa.
A veces, le aceptaba un café y otros tenía trabajo.
Otras hablaban de su dinero.
-Tengo que trabajar en cuanto Sofía cumpla un año, Damián.
-¿Quieres montar una empresa o trabajar para una?
-Creo que si me preparo unas oposiciones, tengo 26 años, puedo dedicarle dos años si no apruebo el primero y dar clases en la Universidad. Me gustaría. Y sería un buen horario para la niña.
-Tienes dinero para no trabajar en la vida.
-Pero quiero Damián.
-Lo sé eres de esas.
-Pues entérate cuando son y ve comprando libros y estudiando. La niña ya no llora tanto.
-Sí podría empezar el lunes a buscar.
-¿Sabes algo de Alejandro?- le preguntó él.
-No, ni me interesa ni quiero. Le pasa a su hija y no llama siquiera.
-¿No te enamoraste de él?
-No Damián, yo me lo tomé como el trato, peor siempre pensé que podíamos avanzar, pero cuando murió su abuela, vio la puerta abierta.
La tarde caía suave sobre Madrid. Una de esas tardes tranquilas de Otoño donde el ruido de la ciudad parecía quedarse lejos del apartamento de Verónica.
Sofía dormía por fin.
La pequeña estaba agotada y ellos también. Tomaban café en el salón. Se había puesto al legar unos pantalones cómodos, una camiseta e iba descalza. Terminaba de tomar el café cuando se la quedó mirando.
Cada vez, le costaba más disimular.
Aquella no era la Verónica distante y elegante, era potra mujer distinta en casa. Más serena. Mas real.
El pelo algo despeinado. Las ojeras suaves. Las mangas remangadas. Una madre joven intentando sostener una vida entera sin derrumbarse. Estaba sola.
Y quizá por esa razón, le pareció más hermosa.
-Me gusta estar aquí.
Ella levanto la mirad apenas un segundo.
Lo suficiente.
Había algo distinto entre los dos últimamente.
En los paseos.
En las conversaciones, algunas de madrugada cuando Sofía lloraba y Verónica se despertaba y él iba a su apartamento, o cuando iba a su apartamento con cualquier excusa.
-¿Quieres otro café?
-No.
La forma en que lo dijo hizo que ella se detuviera.
Damián estaba mirándola fijamente.
Sin bromas.
Sin la ligereza habitual.
Con algo mucho más peligroso.
Verónica notó un pequeño nudo en el estómago. Sus ojos azules transparentes la penetraban sin hablar. Coo con la mirada.
-¿Qué pasa?- preguntó casi en voz baja.
Él tardó en responder.
-Nada… que llevo mucho tiempo queriendo hacer esto.
Y se levantó. Ella no retrocedió. Ni siquiera cuando se quedó delante de ella.
Verónica sintió el corazón acelerarse de golpe. Porque sabía lo que iba a pasar. Y aún así, no se retiró.
Damián la besó.
Suave.
Como si todavía le estuviera dando la oportunidad de detenerlo.
Pero Verónica cerró los ojos.
Y le respondió.
El beso fue lento, contenido al principio… hasta que toda la tensión acumulada durante meses terminó rompiéndose entre los dos.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, ella seguía respirando deprisa.
-Damián…
Apoyó la frente en la de ella.
-Lo sé.
Pero no lo sabía nadie realmente.
Ni él.
Ni ella.
Porque en ese instante, mientras Sofía dormía en la habitación cercana ambos comprendieron que acababa de cruzar una línea de la que ya no sería fácil volver.
No había tratos. No había condiciones. Había un deseo de meses.
Y él era un hombre, un hombre seguro que sabía lo que hacía.
Y la desnudó.
Y se desnudó
Y la observó- y ella tuvo vergüenza.
Pero él la besaba, le cogía su mano y la llevaba a su miembro para que lo deseara, duro y grande. La abrazó y ese abrazo siguió con besos desesperados, profundos, lamía sus pezones y los chupaba, los mordía despacito y ella gemía y lo deseaba dentro.
-Shhh- no tengas prisa, pequeña que he esperado mucho tiempo esto.
-Por eso- dijo bajo- y él sonrió.
La tumbó en el sofá y se tumbó encima y la tocaba y ella a él.
Y ese hombre, sereno, tranquilo, paciente. Se convirtió en otro muy diferente en la cama, o en el sofá.
Atrajo sus caderas y la penetró despacio y después hasta lo más profundo y gemía con ella y para ella.
-¡Ah madre mía Damián! Creí que…
-No creas, disfruta conmigo te he deseado tanto… me gustan esos pezones y tu boca. Y tu sexo caliente…
Y cuanto le decía ella se mojaba más. Y ahí comprendió Verónica que eso no era solamente sexo, era algo más profundo, más íntimo, como el orgasmo que tuvieron juntos.
-Verónica…
-Ummm…
-Esto no es una broma, estoy enamorado de ti desde que te vi entrar en mi despacho. Sé que te llevo once años.
-No me importa, estás muy bueno- y él se reía… ¡qué loca eres!
-Sí, creo que esto es la locura mas grande que voy a hacer contigo.
-No, eso es el principio solo.
Y esta vez fue ella la que besándolo se puso encima…
-Lo sabía.
-Qué…
-Que eras así…
Y así empezaron, todas las noches, todos los fines de semana. Él no quería irse a dormir a su casa.
La amaba y una noche ella se lo dijo. Y esa fue la noche más hermosa para Damián.
Eran felices. Él era un padre para la pequeña, de hecho empezó a llamarlo papá cuando habló y él era tan feliz… la vida le había dado un regalo que otro no supo apreciar, pero para él, era su vida entera. Todo giraba en torno a ella.
Le encantaba cuando iba a su sexo duro, cuando lo desarmaba, cuando se corrían juntos, cuando ella lo esperaba medio desnuda o sin nada bajo el camisón de raso.
Cuando lo tocaba desde atrás en la cocina o en el despacho y metía su mano dentro. Y él sonreía y no se aguantaba.
Y a los seis meses cuando ella estudiaba las oposiciones, le propuso vivir juntos, aunque estaban al lado no era lo mismo.
Decidieron quedarse en el piso de ella, y él alquiló el suyo. Si todo salía bien, lo vendería.
Y cuando ella un año después aprobó las oposiciones y tuvo plaza en la complutense. Le regaló un anillo.
Y ella se quedó seria.
-No podemos casarnos por la iglesia, mi amor.
-¿Crees que me importa?
-Sé que no.
-Pues nos casamos. Boda grande o íntima.
-La que tu quieras Damián. No quiero que no tengas lo que deseas.
-A lo grande.
-¡Qué loco estás!
-Pues las primeras vacaciones.
…
Cuando ella daba clases y estaba encantada, Sofía entró al colegio y seguían teniendo a las dos chicas. Ella quiso darle un hijo a Damián. Ya tenía cuarenta años y ella sabia que quería uno propio aunque Sofía fuese suya.
Cuando se lo dijo que estaba embarazada, fue la primera vez que lo vio llorar.
-Pero mi amor… te amo mas que a nadie, quiero un niño.
-Me da igual boba. Te amo tanto…
La única vez que vieron a Alejandro, ella tenía cinco meses de embarazo. Alejandro estaba al tanto de su vida y no quiso a su hija. Iban por la Gran Vía y pararon en una cafetería. Allí estaba con una mujer. Y los miró…
Ella vio que tenía los ojos vacíos. Y en comparación con su marido, brillaban.
No se saludaron. No miró ni a la niña.
-¡Qué pena!, pero Damián la besó y le dio el cola cao. Porque era suya.
Todos eran suyos, Verónica, Sofía y el pequeño Fran, como el padre de Verónica y que aún no había nacido.
-Que no te importe, mi amor- le dijo él.
-No me importa. Te amo tanto…
-Y yo a ti. Siempre y para siempre.
Sin tratos.