Capítulo 30 A nuestra edad #2
—Pilar claramente necesita vivir enamorada.
—Y si es en pareja mejor.
Eso era una verdad tan evidente que no admitía discusión, porque Pilar llevaba toda la vida enamorándose con una intensidad admirable y ligeramente preocupante.
Álvaro se giró hacia mí.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Imagina que nos hubiéramos divorciado.
—Vaya optimismo.
—Es una hipótesis.
Levantó una ceja.
—¿Volverías a casarte?
Me quedé pensando unos segundos.
—Probablemente no.
Álvaro sonrió satisfecho.
—Lo sabía.
—Salvo en un caso.
—¿Ah sí?
—Que encontrara un clon tuyo.
Aquello le arrancó una carcajada.
—Qué romántico.
—Lo digo completamente en serio.
Me acomodé junto a él.
—No. Lo digo de verdad. A estas alturas me daría muchísima pereza empezar desde cero con otra persona.
Álvaro sonrió.
—Gracias. Creo.
—Aprender manías nuevas, historias familiares nuevas, discutir sobre temperaturas del aire acondicionado, descubrir cómo carga el lavavajillas...
—Eso sí que destruye matrimonios.
—Exacto.
Nos estábamos riendo cuando apareció Javi en el salón arrastrando los pies y buscando algo de comer con la determinación de un oso después de la hibernación.
—¿Qué pasa?
—Pilar se casa —dije.
Se quedó inmóvil.
—¿Pilar? ¿La Pilar?
—Hay una sola Pilar.
Javi nos miró alternativamente a los dos.
—¿Pero no tiene como... cincuenta años?
Álvaro señaló a su hijo.
—Gracias por recordarnos nuestra mortalidad.
—No, lo digo en serio. ¿La gente se sigue casando a esa edad?
—Tu madre y yo estamos sentados delante de ti.
—Sí, pero vosotros os casasteis cuando todavía se usaban fax.
Aquello provocó un gemido de indignación simultáneo por nuestra parte.
Javi abrió la nevera.
—No sé. Me parece fascinante.
—¿El qué?
—Que después de sobrevivir a un matrimonio alguien piense: "Voy a intentarlo otra vez".
—Hay gente optimista.
—O con muy mala memoria.
Encontró finalmente algo comestible y se apoyó en la encimera.
—Aunque bien pensado, si es Pilar tiene sentido.
—¿Por qué?
—Porque Pilar se enamora hasta de los camareros que le traen el café con simpatía.
Yo solté una carcajada.
—Eso es injusto.
—Pero exacto.
—En fin. Si organizáis despedida de soltera, por favor no acabéis viralizadas en TikTok.
—Vete a tu cuarto.
—Solo intento proteger el patrimonio digital de la familia.
Álvaro me miró con expresión de sincera preocupación.
—¿En serio, despedida de soltera? ¿A vuestra edad?
—Gracias por el apoyo.
—Lo digo desde el cariño. ¿Qué hacéis exactamente en una despedida de soltera con cincuenta años? ¿Competiciones de tensión arterial?
—Spa.
—Ah.
—Un hotel maravilloso frente al mar.
—Claro.
—Masajes.
—Por supuesto.
—Piscina climatizada.
—Naturalmente.
—Tratamientos faciales.
—Ya decía yo que no podía faltar el ácido hialurónico en esta historia.
Yo seguía enumerando planes mientras él asentía con una seriedad ridícula.
—Yoga al amanecer.
—Eso suena peligrosísimo.
—Catas de vino.
—Ahora empieza a tener sentido.
—Paseos por la playa.
—Perfecto. Una despedida de soltera que podría confundirse fácilmente con una convención de reumatología de lujo.
Aquello me hizo reír.
—Te recuerdo que hace dos semanas te emocionaste porque un hotel tenía almohadas cervicales.
—Porque eran extraordinarias.
En ese momento apareció Javi atraído probablemente por el sonido de una conversación absurda.
—¿Qué pasa ahora?
—Despedida de soltera de Pilar.
Javi se quedó pensativo.
—¿Y qué vais a hacer?
—Un spa junto al mar.
Asintió lentamente.
—O sea, una jubilación anticipada de fin de semana.
—Fuera de mi casa.
Pero ya era tarde. El monstruo había olido sangre.
—Tengo ideas mejores.
Álvaro se incorporó inmediatamente.
—Yo también.
Aquello me preocupó muchísimo.
Los dos se miraron como científicos a punto de realizar un experimento prohibido.
—A ver —dijo Javi—. Escape room. Con pruebas de memoria para encontrar las llaves de la habitación.
—Eso es cruel.
Álvaro levantó un dedo.
—Yo creo que deberían hacer paintball.
—¿Paintball?
—Sí. Mujeres disparándose bolas de pintura después de dos copas de vino. Eso sí sería una despedida de soltera memorable.
—Nos mataríamos.
—Exacto. Pero con elegancia.
Javi ya estaba completamente lanzado.
—Carreras de scooters eléctricos por el paseo marítimo.
—No.
—Paracaidismo.
—Menos todavía.
—Tatuajes grupales.
—¡Javier¡
Él levantó ambas manos.
—Solo intento modernizar el concepto.
—Yo voto por una competición para ver quién tarda más en levantarse de una tumbona sin hacer ruido con las articulaciones, dijo Álvaro.
—Eso sí sería realista.
—Y la ganadora recibe colágeno premium.
—O una resonancia magnética.
Yo los observaba a los dos completamente indignada. O fingiendo estar indignada, porque la verdad era que me estaba riendo tanto que apenas podía mantener mi cara de póker.
Javi abrió finalmente la nevera.
—Lo que está claro es que las despedidas de soltera de vuestra generación son mucho mejores.
—¿Ah sí?
—Sí. Las vuestras incluyen hoteles de lujo, masajes y vino. Las nuestras acabarán siendo en un almacén industrial con música horrible y alguien retransmitiéndolo en TikTok.
Álvaro asintió solemnemente.
—Tiene razón.
—Extrañamente, si —añadí.
Javi cogió una manzana.
—En fin. Cuando os hagáis virales bailando bachata terapéutica en un spa de Marbella, no digáis que no os avisé.
Y desapareció escaleras arriba dejando detrás esa estela de sarcasmo generacional que tan orgullosamente cultivaba.
Álvaro me rodeó los hombros con un brazo mientras veíamos a Javi subir las escaleras.
—Bueno —dijo sonriendo—. Al menos alguien sigue creyendo en el amor.
Y pensé que quizá la felicidad adulta se parecía bastante a eso: una noche cualquiera, una boda inesperada, una despedida de soltera ridícula y dos hombres burlándose cariñosamente de algo que, en el fondo, les alegraba tanto como a mí.
Cuando Javi desapareció escaleras arriba todavía riéndose de nuestras futuras actividades geriátrico-festivas, Álvaro y yo nos quedamos unos segundos en silencio.
—Lo de levantarse de la hamaca a ver a quien le suenan más las articulaciones me ha parecido muy ofensivo, que lo sepas —dije.
—Voy a abrir una botella de vino.
—Ahora sí estamos celebrando algo.
—Pilar se casa. Creo que la ocasión lo merece.
Álvaro asintió solemnemente.
—Totalmente de acuerdo.
Abrí una botella que guardábamos para momentos agradables y serví dos copas mientras él ponía algo de música suave de fondo.
La casa estaba tranquila. Javi encerrado en su cuarto salvando o destruyendo civilizaciones digitales según el día y Thor profundamente dormido sobre su manta como si hubiera trabajado doce horas en una mina.
Acabábamos de sentarnos cuando sonó el móvil. Videollamada de Lucía. Álvaro y yo nos miramos inmediatamente y sonreímos.
Porque desde que se había ido, cada llamada era una mezcla de alivio, curiosidad y la necesidad casi física de comprobar que seguía entera.
Allí estaba ella, nuestra niña. Sudada. Despeinada. Radiante.
Detrás se veía una vegetación tan exageradamente exuberante que parecía generada por inteligencia artificial.
—¡Hola!
—¿Dónde demonios estás ahora? —pregunté.
Lucía giró el teléfono.
Y durante unos segundos vimos piedras antiguas cubiertas por raíces gigantescas, muros medio derrumbados y árboles enormes devorando lentamente lo que en algún momento debió de ser un templo.
—Laos.
—Claro —dijo Álvaro—. La respuesta siempre es Laos.
—Estoy recorriendo unos templos increíbles perdidos en mitad de la selva.
La imagen se movió otra vez mostrando galerías de piedra, esculturas desgastadas y una inmensidad verde que parecía extenderse hasta el infinito.
—Esto tiene más de mil años —dijo Lucía completamente fascinada—. Mil años. ¿Os dais cuenta? Nosotros nos preocupamos por los correos sin responder y estas piedras llevan aquí desde antes de que existiera España tal y como la conocemos.
—Gracias por el baño de humildad histórico.
—De nada.
Volvió a enfocar la cámara sobre ella.
Y entonces vio las copas.
—Un momento.
Entrecerró los ojos.
—¿Estáis bebiendo vino?
—Sí.
—¿Y celebrando qué exactamente?
Álvaro levantó la copa.
—Pilar se casa.
Hubo un segundo de silencio. Y después una explosión de alegría.
—¡¿Qué?!
Lucía se echó a reír.
—No puede ser.
—Puede.
—¿Con Ignacio?
Álvaro y yo nos miramos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Pilar lleva años hablando de Ignacio como si fuera una mezcla entre Paul Newman, Indiana Jones y un premio Nobel. Me encanta.
—¿El qué?
—Todo.
Se acomodó el pelo detrás de la oreja.
—Pilar es exactamente la persona que debería casarse dos veces.
—¿Y eso qué significa?
Lucía se encogió de hombros.
—Que es una believer.
Aquella palabra la pronunció en inglés, como hacía siempre que encontraba una expresión que le gustaba.
—Pilar sigue creyendo en las cosas, en el amor, en la gente y en empezar otra vez.
Se quedó pensativa unos segundos.
—De vuestro grupo de amigas siempre ha sido la más disfrutona. La que más jugo le saca a la vida. Se emociona con un viaje, una cena, una persona nueva o una historia antigua que vuelve a aparecer.
Asentí sonriendo, porque tenía razón.
—Y sinceramente —continuó Lucía—, viendo todo lo que ha pasado últimamente con divorcios, infidelidades, y dramas varios... me parece bonito que alguien siga teniendo ganas de apostar otra vez.
La frase quedó flotando unos segundos.
Y quizá porque venía de una chica sentada en mitad de una selva asiática rodeada de ruinas milenarias, sonó especialmente cierta.
Lucía sonrió mirando la pantalla.
—Además, si después de treinta años reaparece el amor de tu vida y te pide matrimonio... pues chica, te casas.
—Lo simplificas mucho.
—Porque las mejores decisiones suelen ser bastante simples.
Álvaro levantó la copa.
—Brindemos por Pilar entonces.
—Y por Ignacio.
—Y por la gente que todavía cree en las segundas oportunidades.
Lucía levantó una botella de agua desde la pantalla.
Nosotros nuestras copas.
Y durante unos segundos brindamos los tres, separados por miles de kilómetros, una selva tropical y varias décadas de diferencia generacional, pero compartiendo exactamente la misma sonrisa.