Capítulo 30 A nuestra edad
Quedamos un jueves por la noche en una terraza del barrio de Salamanca porque las mujeres de nuestra edad ya no improvisábamos planes; los agendábamos con dos semanas de antelación y luego cancelábamos la mitad por cansancio lumbar o compromisos familiares.
Madrid todavía conservaba ese calor suave de principios de otoño que permite cenar fuera fingiendo que el verano no se ha terminado del todo.
La terraza estaba llena de mesas demasiado juntas, camareros agotados y gente guapa hablando altísimo sobre inversiones, divorcios o retiros espirituales en Formentera.
Nosotras ocupábamos nuestra mesa habitual del fondo.
Rosa había llegado la primera, por supuesto, porque Rosa consideraba personalmente ofensivo hacer esperar a alguien más de siete minutos.
Bea apareció después absolutamente radiante, vestida de blanco roto, cargada de bolsas y con esa cara de felicidad serena que tienen las mujeres cuando llevan toda una tarde comprándose cosas absurdamente caras convenciéndose a sí mismas de que en realidad son inversiones emocionales.
Y Pilar llegó la última con gafas de sol nocturnas, sonrisa sospechosa y energía de persona que claramente trae información.
Mala señal.
—¿Por qué tienes esa cara? —preguntó Bea nada más verla sentarse.
Pilar dejó el bolso sobre la silla con teatralidad innecesaria.
—Porque os tengo que contar una cosa.
Rosa abrió muchísimo los ojos automáticamente. Yo pedí vino.
La experiencia enseña.
Pilar nos miró unos segundos disfrutando claramente del suspense como una villana secundaria de serie de Netflix.
Y entonces soltó el bombazo.
—Me caso.
Hubo exactamente tres segundos de silencio absoluto en la mesa.
Luego Bea pestañeó lentamente.
—¿Perdón?
Rosa se llevó directamente la mano al pecho.
—¿Cómo que te casas?
Yo me quedé mirándola intentando procesar la información mientras el camarero dejaba una cesta de pan completamente ajeno al colapso emocional colectivo que acababa de producirse.
Pilar sonreía radiante.
—Pues eso. Que me caso.
Bea dejó la copa sobre la mesa con una calma peligrosísima.
—Pilar. Hace seis meses estabas llorando porque un dentista de Majadahonda te había dejado en visto.
—La vida cambia muy deprisa.
—¿Con quién te casas exactamente? —pregunté todavía intentando reorganizar mentalmente la situación.
Pilar se echó hacia atrás encantada consigo misma.
—Con Ignacio.
Nos miramos las tres. Silencio otra vez. Rosa fue la primera en reaccionar.
—¿Ignacio Ignacio?
—No conozco otro Ignacio con el que me vaya a casar, Rosa.
Pilar sonrió ya incapaz de contenerse más.
—Con Ignacio.
Nos quedamos mirándola en silencio unos segundos. Y entonces lo entendimos las tres al mismo tiempo.
Bea abrió muchísimo los ojos.
—No puede ser.
Pilar empezó a reírse encantada con nuestro colapso colectivo.
—Sí, Ignacio Ignacio.
Ignacio había sido el gran amor de Pilar cuando éramos muchísimo más jóvenes, antes incluso de casarse ella.
Estuvieron años juntos hasta que él se marchó a Estados Unidos por trabajo y aquella relación terminó rompiéndose bajo esa clase de distancia que en los noventa todavía significaba llamadas caras, cartas y aeropuertos llenos de drama.
Después él se casó allí y Pilar rehízo su vida aquí. Y el tiempo hizo exactamente lo que suele hacer: pasar.
Hasta ahora.
—Pero… ¿cómo? —preguntó Rosa completamente fascinada.
Pilar se recolocó el pelo disfrutando descaradamente del momento.
—Volvió hace unos meses. Se divorció, empezó a contactar con gente antigua… y un día quedamos para tomar un café.
Bea la miraba ya con expresión de juicio penal.
—¿Hace unos meses cuánto exactamente?
Pilar cogió la copa intentando parecer casual.
—Seis.
Hubo un silencio cargado de indignación femenina.
—¿SEIS MESES? —dijimos prácticamente a la vez.
—¡Eres una traidora social! —soltó Bea.
—¡Nos has ocultado un regreso romántico internacional durante medio año! —añadió Rosa llevándose la mano al pecho como si acabara de descubrir una infidelidad.
Yo ya me estaba riendo.
—Perdona, Pilar, pero esto es gravísimo. Hemos estado escuchándote hablar de “planes” y “cosas” durante meses sin saber que literalmente estabas reviviendo tu historia de amor de juventud.
Pilar se defendió entre carcajadas.
—¡Porque no sabía qué iba a pasar!
Bea levantó una ceja.
—Claro. Y el anillo apareció espontáneamente en tu dedo por combustión emocional.
Y sinceramente, mientras veía a Pilar completamente feliz contando cómo se habían reencontrado después de tantos años, pensé que había algo profundamente bonito en todo aquello, como si la vida, después de cierta edad, a veces decidiera devolverte personas que dabas por perdidas solo para demostrarte que todavía quedaban historias inesperadas por vivir. Rosa seguía emocionadísima.
—¿Pero cómo ha sido? ¿Te lo pidió bonito? ¿Hubo anillo? ¿Lloraste? Ay Dios mío, me voy a poner a llorar yo.
—Rosa, por favor, todavía no han traído ni los entrantes —dijo Bea.
Pero Pilar ya estaba completamente lanzada.
A partir de ahí Pilar entró ya en un estado de entusiasmo completamente incontrolable y nos enseñó absolutamente todo con el nivel de detalle de una mujer que llevaba seis meses acumulando información romántica sin poder compartirla.
Sacó el móvil y empezó a enseñarnos fotos de cenas, escapadas y fines de semana que había conseguido ocultarnos milagrosamente mientras nosotras seguíamos haciendo nuestra vida convencidas de que simplemente estaba “muy ocupada”.
Nos enseñó el anillo (precioso, por supuesto, elegante sin resultar ostentoso, exactamente el tipo de joya que una espera de un hombre que ha vivido veinte años entre Nueva York y Boston rodeado de arquitectos millonarios y vino caro) y luego llegaron las fotos del restaurante donde Ignacio le había pedido matrimonio, una terraza espectacular frente al mar iluminada con velas y copas de champagne donde ambos aparecían sonriendo con una felicidad tan poco contenida y tan ridículamente juvenil que resultaba imposible no enternecerse un poco.
Pilar iba pasando imágenes en las que aparecía absolutamente radiante mientras nos daba detalles innecesarios sobre el menú, el vestido que llevaba aquella noche y el momento exacto en que Ignacio se levantó nervioso para pedirle que volviera a casarse con él después de casi treinta años de historias separadas.
Yo la observaba sonriendo mientras hablaba sin parar sobre fincas, flores y posibles vestidos y pensé algo bastante enternecedor: que a nuestra edad una ya no se enamora esperando perfección, ni fuegos artificiales; se enamora buscando tranquilidad, compañía y esa clase de calma íntima que aparece cuando puedes pasar horas con alguien sin sentirte agotada después.
Supongo que, después de ciertas decepciones y demasiados años viviendo deprisa, el amor empieza a parecerse menos a una montaña rusa y más a encontrar a alguien con quien compartir una cena, una conversación o incluso un silencio sin necesidad de interpretar ningún papel.
Quizá por eso aquella noticia resultaba tan extrañamente bonita.
Bea seguía aparentando escepticismo profesional, pero incluso ella terminó sonriendo cuando Pilar anunció:
—Y quiero despedida de soltera.
Aquello ya sí nos hizo reír a todas.
—Pilar, una despedida de soltera a nuestra edad es básicamente reservar un spa y volver a casa antes de las once.
—Habla por ti —contestó Pilar indignadísima—. Yo todavía puedo destruirme físicamente una noche entera.
Bea levantó la copa.
—Sí. Y luego reconstruirte con antiinflamatorios durante cuatro días.
Brindamos entre carcajadas mientras alrededor la terraza seguía llena de conversaciones, copas y gente intentando parecer interesante bajo iluminación favorecedora.
Suspiré y sonreí. Por fin la vida, después de semanas empeñada en enseñarnos todo lo que podía romperse, había decidido de pronto recordarnos también que todavía quedaban motivos para celebrar cosas.
Durante años pensé que cumplir cincuenta significaba empezar a perder cosas.
Ahora sospechaba que también consistía en elegir mejor cuáles merecía la pena conservar.
Aquella noche llegué a casa todavía sonriendo.
No por la boda en sí, sino por el espectáculo, porque pocas cosas resultan tan entretenidas como cuatro mujeres de cincuenta años descubriendo que una de sus amigas les ha ocultado durante seis meses una historia de amor digna de una película romántica de sobremesa.
Encontré a Álvaro en el salón leyendo unos documentos con la misma expresión resignada con la que últimamente parecía enfrentarse a cualquier texto superior a tres páginas.
Dejé el bolso sobre una silla.
—Tengo noticias.
Álvaro levantó la vista inmediatamente.
—Por la cara que traes, alguien ha muerto o alguien se casa.
—Pilar.
Tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Pilar qué?
—Que se casa.
El silencio posterior fue maravilloso.
Álvaro parpadeó.
Luego volvió a parpadear.
Y finalmente dejó las gafas sobre la mesa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Marisa, tiene cincuenta y tres años.
—Cincuenta y dos.
—Eso no mejora la situación.
Me senté a su lado y le conté toda la historia: Ignacio, el antiguo novio, Estados Unidos, el divorcio, el reencuentro y, sobre todo, los seis meses de conspiración romántica que nos había ocultado a todas.
Álvaro escuchaba cada detalle con creciente incredulidad.
—Espera. ¿Seis meses sin deciros nada?
—Seis meses.
—Eso es un récord mundial de autocontrol femenino.
—Exactamente lo que hemos dicho nosotras.
Álvaro negó lentamente con la cabeza.
—La verdad es que tiene mérito.
—¿El qué?
—Encontrar a alguien con quien quieras volver a casarte.
Aquella frase me hizo mirarle.
Porque detrás de la broma había una reflexión bastante seria.
Álvaro se recostó en el sofá.
—Yo es que no lo entiendo.
—¿El amor?
—No. El matrimonio. Otra vez.
Solté una carcajada.
—Habla por ti.
—No, no. En serio. Después de un divorcio, de repartir bienes, abogados, discusiones y dramas familiares... ¿quién ve todo eso y piensa: "¿Sabes qué? Vamos a repetir la experiencia"
—Pilar.