Capítulo 4 Ya no estamos para estas cosas #2
Y por primera vez no supe si eso me tranquilizaba o me inquietaba. Quizá las dos cosas.
Y quizá eso también era cumplir cincuenta.
Capítulo 4: Ya no estamos para estas cosa s
Hay gente que se levanta con energía. Yo me levanto con estrategia. No es lo mismo.
La energía es para personas que aún confían en el mundo. La estrategia, por el contrario, es para mujeres que han sobrevivido a grupos de WhatsApp de urbanización.
Me senté en el borde de la cama mirando a Thor, que ya había ocupado el 80% del colchón.
—Hoy no estoy para tonterías —le dije. Thor bostezó como si él sí lo estuviera siempre.
Hay mujeres que meditan. Yo me lavo el pelo. No por espiritualidad. Por supervivencia.
El pelo recién lavado es lo más cercano que tengo a la sensación de control en esta vida.
El problema es que ese control dura aproximadamente cuatro horas y media, hasta que el mundo exterior lo interpreta como una sugerencia estética y no como un estado real.
Me miré al espejo del baño. El pelo había aceptado colaborar, la cara no estaba tan mal como para preocupar a la familia y la moral seguía en modo actualización, instalándose al 23 %.
Mientras me maquillaba, llegué a una conclusión: el verdadero secreto nunca había sido la juventud ni la belleza.
Lo importante era el control. La capacidad de gestionar lo que tienes, lo que pierdes y lo que el espejo decide negociar contigo cada mañana para salir de casa en paz contigo misma.
El éxito de mi rutina no dependía de recuperar los treinta años ni de convertirme en una versión mejorada de mí misma.
Dependía de algo mucho más sencillo: mantener una sensación razonable de control sobre el conjunto.
La juventud es un regalo temporal y la belleza una cuestión bastante discutible.
El control, en cambio, era otra cosa. Era la diferencia entre sentir que llevabas las riendas de tu vida o que tu vida te llevaba a ti.
Era que el pelo obedeciera, que los pantalones cerraran y que ninguna crisis familiar estallara antes de las nueve de la mañana.
Bajé a la cocina con el pelo ya en modo “presentable para la sociedad”.
Javi estaba allí, en el mismo sitio en el que lo había dejado la civilización el día anterior.
—Mamá, ¿hay café? —Sí. —¿Está hecho? —No. Hoy he querido que participes activamente en la experiencia. Está en el mismo sitio que ayer. A pocos metros de ti. Confío en que puedas completar el resto de la misión sin supervisión adulta
Javi no captó la ironía.
Nunca la captaba antes de las nueve de la mañana.
Álvaro ya se había ido a correr. Por supuesto.
La gente normal desayuna pero Álvaro…Álvaro entrena la existencia , ha firmado un pacto vitalicio con la disciplina deportiva
Me puse la americana negra : mi armadura diaria.
Debajo, un jersey rojo. Con rayas sutiles. Mis rayas de seguridad.
Como si el universo necesitara un recordatorio visual de que aún no me había rendido del todo.
—Me vooooooy —dije.
—¿A trabajar? —preguntó Javi sin levantar la vista del móvil.
—No, hijo. Me voy a encontrarme a mí misma en un centro comercial de carretera.
Salí de casa.
El trayecto hacia Wild, como ya comenté, es un sistema de transporte diseñado por alguien que odiaba la estabilidad emocional: Coche. Tren. Metro.
Mi triatlón suburbano sin opción a medalla. El coche es donde una descubre cuánto le ha subido el volumen mental a la vida, en la radio alguien hablaba de productividad como si fuera una religión.
Yo iba intentando recordar si había apagado el horno, respondido a Eva y sobrevivido emocionalmente a mi familia antes de las nueve.
Me dispuse a ocupar asiento en el metro que amablemente me había cedido un chico joven latinoamericano, más atentos que el producto nacional patrio. Primer éxito del día: ninguno claro.
El metro es el único lugar donde la gente comparte tristeza sin hablarse. Se sientan juntos pero solos.
Me gusta eso.
Silencio interior.
Me senté. Abrí Instagram.
El mundo estaba en plena guerra emocional: gente haciendo yoga en playas perfectas, influencers llorando con iluminación de estudio y adolescentes explicando cómo “sanar su niño interior” desde un ático en Malasaña. El mundo estaba lleno de gente perfecta sufriendo en alta definición
Yo solo intentaba que mi rodilla no emitiera opiniones.
Entré en los emails: dos reuniones, una de ellas urgente y tres “feedbacks rápidos” que nunca eran rápidos.
Y un mensaje de Eva: “Hoy tenemos cliente importante. Quiero claridad, no ruido. Hoy necesitas estar brillante.”
Sonreí. Eva nunca escribía “urgente”. Escribía “brillante”, que era peor.
Wild apareció en la siguiente estación como siempre: limpio, luminoso, casi indecentemente joven. El tipo de sitio donde nadie huele a coche cerrado.
Entré.
Y en cuanto crucé la puerta, la energía cambió.
—¡Marisaaaaa!
Claudia vino directa hacia mí con un café frío del tamaño de una crisis existencial.
—Hoy es el día grande, ¿eh?
—Todos los días son el día grande cuando tienes facturas —respondí.
Se rió. Eso era lo bueno de ellos; todavía creen que la vida es una metáfora divertida.
Atravesé la oficina con sus pantallas gigantes como MacBooks abiertos como si fueran extensiones del alma.
Alguien grababa un TikTok explicando “cómo sobrevivir a reuniones tóxicas”.
No era irónico. Era el briefing.
Y entonces la vi.
Eva.
Siempre parece que llega antes que la luz.
Con su traje claro y su postura perfecta. Tranquilidad peligrosa. Energía de persona que nunca ha tenido que buscar llaves con prisa.
—Buenos días —dijo.
Y la oficina, sin saberlo, bajó medio tono.
No porque imponga sino porque ordena el aire sin esfuerzo.
—Hoy cliente grande —añadió mirándome a mí.
Eso significaba: “te necesito en modo fino”.
Asentí.
—Estoy en modo fino desde 1998.
Eva sonrió y me besó en las mejillas. Siempre exactamente en el sitio correcto. Ni demasiado cercana, ni demasiado distante.
La reunión empezó a las diez. Cliente: marca de cosmética.
Objetivo: campaña sobre “belleza auténtica”.
Problema: todos los referentes visuales parecían recién salidos de un laboratorio de inteligencia artificial.
En la pantalla:
piel sin poros,
sonrisas sin historia,
ojos con brillo estadísticamente imposible.
Mujeres perfectas fingiendo ser reales, una ironía que nadie parecía detectar en la sala.
Un creativo de veintiséis años hablaba emocionado:
—Queremos transmitir naturalidad, crudeza emocional, verdad sin filtros…
Asentí lentamente.
—Pues entonces quizá habría que empezar por alguien que no parezca hecho en un laboratorio con aire acondicionado emocional ¿Por qué todas parecen muñecas de porcelana en duelo? —pregunté.
—¿No es más lógico que el objetivo sea: “autenticidad”?
Palabra trampa número uno del día.
Silencio. Los jóvenes siempre necesitan tiempo para procesar el sarcasmo analógico.
Eva me miró de reojo sonriendo. Eso significaba: “bien”.
—La gente está cansada de la perfección —continué—. Si quieres vender belleza real, empieza por alguien que haya vivido algo real.
Los jóvenes se removían en sus sillas. Yo veía sus cerebros trabajando a toda velocidad intentando traducir: “experiencia vital” en “contenido”.
Y entonces Eva intervino.
—Marisa tiene razón —dijo suavemente—. La belleza no es ausencia de vida. Es presencia de vida. Lo que Marisa quiere decir es que la gente no quiere perfección. Quiere verdad.
Y cuando Eva lo dice, deja de ser opinión.
Se convierte en dirección creativa.
Boom.
Eso era Eva.
Podía convertir una obviedad en una revelación filosófica con solo bajar un tono la voz.
La reunión siguió un rato más. A media mañana, Eva me hizo un gesto.
Salimos a su despacho. Siempre huele distinto allí.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo.
—Hoy he discutido con una modelo virtual —respondí.
Eva soltó una carcajada elegante.
—Eso cuenta como progreso.
Se sentó frente a mí y me observó detenidamente por unos segundos, sin prisa.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
—Dímelo y luego me lo creo a medias.
Sonrió.
—Que no intentas parecer joven.
Me quedé callada.
Eso no era un cumplido superficial.
Era algo más.
—Las mujeres como nosotras —continuó— desaparecen solo si deciden hacerlo.
Tragué saliva.
Porque había algo incómodo en esa frase.
Y muy verdadero.
Volví a mi mesa con esa sensación extraña de haber sido leída por dentro.
Claudia apareció con comida.
—Hemos montado un piscolabis para celebrar que hoy sobrevivimos a la creatividad —dijo.
—Eso es literalmente todos los días —respondí.
—Hoy con más queso.
Eso siempre ayuda.
Nos reunimos en la cocina.
Risas. Café. Pantallas apagadas por primera vez en horas. Alguien puso música.
Un becario preguntó si esto era “team bonding”.
—No —dije—. Es supervivencia compartida.
Brindamos.
Y mientras miraba a todos esos veinteañeros hiperactivos, pensé algo que me sorprendió incluso a mí.
No quería ser más joven. Eso ya lo había descartado sin duelo y sin Pilates emocional.
Lo que quería era algo bastante más sencillo y, por lo visto, más difícil de conseguir: seguir aquí. Justo aquí. En medio del ruido, del caos, de las prisas ajenas y de las mías, que llegaban siempre un poco más tarde pero con la misma intensidad.
En medio de esta vida que, por alguna razón que rozaba lo absurdo, todavía me quedaba bien. No perfecta, no ligera, no especialmente amable… pero sí suficientemente mía como para no querer cambiármela por la versión de nadie más.
Y con eso, por ahora, bastaba.
Cuando llegué a casa, cerré la puerta sin hacer ruido, como si el silencio también pudiera agotarse si se le exigía demasiado.
La casa estaba en ese punto intermedio entre el orden y el abandono, que es básicamente su estado natural cuando nadie está mirando.
Dejé el bolso en cualquier sitio, como siempre, y durante unos segundos me quedé quieta en mitad del salón, sin propósito inmediato, que a esas horas ya era casi un lujo.
Entré en el dormitorio y comencé a deshacerme del día en capas: primero los zapatos, después la americana, luego ese pequeño ajuste mental que una mantiene en público sin darse cuenta.